Muchos cambios en la vida y en la carrera artista de Cécile Schott (aka Colleen) desde que en 2007 publicara su último disco “Les Ondes Silencieuses”: cambio de residencia (de París a San Sebastián), cambio de sello (de Leaf a Second Language) y cambios también en la forma en que afronta este “The Weighing Of The Heart”, en el que por vez primera la escuchamos cantar.

Tu cuarto disco, este “The weighing of the heart”, ha llegado casi por sorpresa, después de un silencio casi absoluto. No sólo porque hayan pasado seis años desde “Les ondes silencieuses”, sino también porque en realidad tu último concierto fue en 2009. ¿Qué ha pasado desde entonces?

Diría que tuve una crisis terrible. En primer término, puramente creativa. Digamos que tengo tendencia a funcionar por ciclos y con el último disco, que estaba muy basado en una sonoridad barroca, para mí era un sueño tocar esos instrumentos; una vez que lo cumplí, me quedé sin una idea definida de lo que quería hacer, mientras que antes siempre había tenido muy claro lo que vendría luego. También tenía el sentimiento de estar ante una trilogía de álbumes que se cerraba, y a la vez estaba un poco quemada con todo lo de girar y en general con todo lo que rodea a la profesión de músico. No sé, hay días que recibes muchos correos electrónicos y tienes que contestarlos, porque ese también forma parte de tu trabajo; son cosas prácticas que hay que solucionar, o pelearse a nivel administrativo con tu sello para recuperar el dinero que te deben. Sabía que podía ser un mundo un poco duro, pero el hecho de vivirlo día a día durante años te acaba desgastando. Es un cansancio psicológico y también físico. Y a tercer nivel, más personal, diría también que estaba un poco acelerada, algo agotada de este tipo de vida, y tenía ganas de algo más tranquilo, con más tiempo para mí misma y también para los demás. Me había hecho la promesa de que el día en que empezara a ver esto más como un trabajo que como una pasión, tendría que parar; no definitivamente, pero sí una pausa, porque me parece que es un deber conmigo misma y también con los que me escuchan, sean muchos o pocos; lo contrario es demasiado triste. Necesitaba tiempo, así que corté con todo, porque creo que es más fácil así, hasta que hubo un momento en que recuperé las ganas de escuchar y hacer música.


La novedad más evidente es que, por primera vez, la voz se convierte en un instrumento más. Y no de forma puntual, sino con un peso muy importante en el conjunto del disco. ¿Ese era uno de los puntos de partida?


Sí, eso es lo primero que tuve verdaderamente claro. Y como se me había metido en la cabeza cantar, necesitaba bastante tiempo para conseguir hacerlo como yo quería, al margen de que también supone un cambio en el proceso creativo.

Recuerdo haber leído en una entrevista de la época de “The golden morning breaks” (2005) que tu mayor proyecto era intentar crear la música que podías escuchar en tu cabeza. ¿Ese presupuesto sigue siendo válido ahora? ¿La voz estaba en tu cabeza?

Son momentos distintos, pero lo cierto es que después de haber hecho esta pausa ha sido como empezar de nuevo. En realidad se puede decir que yo vengo del pop, e incluso canté un poco cuando tenía 16 años, en el baño de casa de mis padres, cuando estaba sola. Hacía versiones de David Bowie, sobre todo del “Ziggy Stardust”, que era un álbum que me encantaba; no eran canciones propias, porque entonces no era capaz de escribir. Después me fui enamorando de la guitarra, así que lo dejé aparcado. He sido muy feliz sin cantar durante años, no lo echaba de menos, pero al volver sí sentí esa necesidad, porque ofrece muchas posibilidades, tanto como instrumento como a la hora de escribir o para trabajar las armonías.

Sin embargo, no creo que se pueda hablar de ruptura, sino más bien de integración.
Ese ha sido el reto. Quizá haya quien esperase, al ver que me ponía a cantar, que me convirtiera en una cantautora o en alguien más cerca de Joanna Newsom, cuya propuesta me parece muy ambiciosa a la hora de abordar la construcción de las canciones. Pero quería mantener lo mío, guardar la esencia, no convertirme de repente en una cantante pop. Y no lo digo por hacer de menos ese tipo de música, porque es un género que valoro mucho, sino que mi idea era que fuese algo natural.


En general, en tu música siempre hay un intenso trabajo previo, un proceso de aprendizaje que luego se traslada al resultado final. En “Les ondes silencieuses” fue con el piano y el clarinete, aquí con las percusiones y también con una nueva forma de tocar la viola de gamba. ¿Hasta qué punto ese proceso marca el rumbo de las canciones?

Digamos que el ritmo y la percusión ya me interesaban antes, pero estaba convencida, como con la voz, de que no tenía el talento para eso. Creo que en la creación artística en general, en el producto final hay un 60 por ciento de trabajo puro, un 35 de confianza en uno mismo y yo diría que un 5 por ciento de talento. La mezcla de confianza y trabajo es definitiva. Por otra parte, todo esto coincidió con un momento en que estaba absolutamente enamorada de la música de Moondog, y especialmente de su percusión, que es muy melódica. Lo escuchaba y me jodía porque no entendía cómo podía hacerlo. Yo quería algo así. “Les ondes silencieuses” era un disco un poco oscuro, muy quieto, con muchos silencios, porque era lo que necesitaba en aquella época. Pero en el momento en que he logrado tranquilizar mi propia vida, he querido justo lo contrario. Y puede parecer un cliché, pero después de mudarme a España [Cécile Schott vive desde hace un tiempo en San Sebastián] me veía más yendo hacia el sol, la luz, los colores… quería reflejar esa sensación, y en ese sentido la percusión era el camino ideal para salir de lo que había hecho, que era más tranquilo y un poco plano. Esta música es más luminosa, con más movimiento. Cuando ya tuve claro este punto me compré para practicar un kit de percusión infantil en el Lidl, por 12 euros; luego pasé a un tambor del norte de África. Todo lo que tocaba sonaba diferente a lo que había hecho antes. En cuanto a la pequeña viola de gamba, la había recuperado en 2009 después de tenerla abandonada durante un tiempo. Puede sonar como un charango y también como un instrumento de Asia, pero era demasiado agudo para mi gusto. En un momento dado comencé a distender las cuerdas, hasta que vi que en realidad podía tocarla como una guitarra. A partir de entonces lo tuve mucho más claro.


Hablabas antes de ese “cliché” que podía ser el cambio de ciudad, instalarte en España y en general una nueva relación con el entorno. Lo cierto es que musicalmente, y sobre todo en los textos, la naturaleza juega un papel fundamental. ¿Es otro tópico o responde a una necesidad?

Es complicado decirlo. Las letras no me salían como quería, me costó mucho tiempo. Entre tanto, fui leyendo mucha poesía, sobre todo obras de Emily dickinson, y me di cuenta de que me emocionaban cosas aparentemente simples. Un pájaro, una mirada, las olas… En la naturaleza encontraba las emociones de cada día, así que decidí explorar ese camino, y después de mucho trabajo me comenzaron a encajar las palabras con las melodías vocales que ya tenía.

Es un contraste llamativo, porque en la música hay instrumentos que se desdoblan, cambios, ritmos que se quiebran… Hay una cierta complejidad que no se corresponde con la sencillez que en espíritu muestran temas como “Ursa major find”, “Raven”, “Humming fields” o “Moonlit sky”.

Bueno, digamos que en ese sentido no he tenido miedo de la repetición. En el segundo disco de Moondog para Columbia, en el que los temas son como madrigales, la mayoría de las letras tienen dos, tres, cuatro palabras como máximo. Eso es más que suficiente para lo que querían expresar. Y algo así es lo que yo buscaba en este álbum.

Decía antes que en sentido abstracto no tenía una sensación de ruptura, pero a la vez es cierto que no es fácil encontrar demasiados elementos en común con tu anterior trabajo. No sé si te pasa algo parecido…

Igual soy la peor persona para decirlo, porque quizá necesite tomar algo de distancia… No es que reniegue de “Les ondes silencieuses”, porque es el disco que quería hacer en 2006, pero ahora mismo me siento muy lejos de él.

¿Has tenido la tentación de volver atrás, de reescribir alguna de esas canciones, de cantar sobre ellas?


No, pero es curioso porque sí hay un tema del último disco, “Sun against my eyes”, en el que hay algo de eso y que sigue siendo uno de mis favoritos de ese álbum. El clarinete en realidad era una melodía que había cantado, pero en aquella época no me atrevía, ni me lo planteaba siquiera. De alguna forma fue interesante pensar en lo que podría haber hecho si hubiese cambiado el clarinete por la voz.

“The weighing of the heart” viene precedido, como decías, de una época de crisis, de agotamiento. Has hablado de los antecedentes, ¿pero cuál es el momento presente de este cuarto disco?

Va a sonar muy ‘new age’, pero yo diría que casi de renacimiento. Dejé de ser profesora de inglés para dedicarme a la música por completo, y justo después de eso llegó la falta de inspiración. No se trataba sólo de una cuestión económica, sino que la música es una parte muy importante de lo que soy. A nivel profesional, y también personal, sentía una pérdida muy profunda, no tenía ganas de hacer mi trabajo. Quería descansar, y lo necesitaba de verdad, pero a la vez pensaba: ‘y ahora qué hago’. Fue un alivio recuperar las ganas de escuchar música y componer. Ha sido duro, porque cada disco para mí es una mezcla de placer con la dificultad de trasladar las ideas a un resultado que me convenza. A esto hay que sumar que el disco lo he grabado completamente sola, en condiciones difíciles, porque en el espacio de que disponía había mucho ruido durante el día, así que tuve que hacerlo por la noche. También ha coincidido con que este invierno ha sido muy duro, con muchísimos días de lluvia… lo recuerdo como algo un tanto épico en ese sentido, pero es una verdadera alegría saber que he podido recuperarme del cansancio y también del miedo que tenía a meterme otra vez en una gira. Además, estoy con un nuevo sello. Es como empezar de nuevo.


Lo que no va a cambiar, al menos en esencia, es el formato de tus actuaciones. ¿No llegaste a tener la sensación de estar demasiado sola sobre el escenario?

No estoy segura. Sí que hay conciertos que no disfruté como esperaba, pero no creo que fuese una cuestión de estar más o menos sola, sino de ese agotamiento del que hablaba. Esa soledad no va a cambiar ahora, pero sí que creo que es el disco que más voy a poder tocar como quiero. Voy a ir con la viola de gamba, una guitarra clásica y un par de pequeños instrumentos de percusión, porque con las limitaciones de los aviones es bastante difícil llevar muchas cosas, además de los pedales de sampling y eco. Habrá momentos más electrónicos, que es algo en lo que antes no pensaba. Y también lo de cantar es una incógnita, porque no sé cómo va a reaccionar la gente que me conoce como esa chica que ha hecho música instrumental durante varios años.