Tras la excelente acogida de su debut, Klaus & Kinski repiten en “Tierra, trágalos” esa fórmula ecléctica de escribir canciones con ingredientes propios y ajenos. La partitura de Alex Martínez absorbe como una esponja tags de la música popular al tiempo que los encaja en un colage finamente confeccionado.

El dúo de Murcia aborda este segundo largo desde un prisma muy parecido al de su anterior trabajo. Si algo está bien por qué cambiar las cosas de orden, es más, para Alex y Marina la aceptación de su propuesta no hace sino darles más confianza para seguir cortando el patrón de estas nuevas canciones con la misma tijera. “Conservamos la libertad de recrearnos en el género que nos apetezca en ese momento, aunque también podamos reincidir en registros con los que nos sentimos cómodos e identificados. Pensamos que al ser un segundo disco y la gente sabe de qué vamos ya no les tiene por qué sorprender que, a veces, nos vayamos por los cerros de Úbeda”. Salvo las cuerdas y la orquestación del disco, que siempre ocupan bastante espacio en los créditos, el resto del trabajo vuelve a recaer sobre los hombros de Alex. Una producción primorosa aunque con una firma muy definida. “El trabajo se ha planteado con la misma filosofía con que nació este proyecto, es una producción mía. No sé si eso será bueno o malo, pero supongo que es la esencia de esto”. Las canciones de “Tierra, trágalos” deambulan por ese espacio de luces y sombras que describe la voz particular de Marina y que igual te hace bailar que te detiene a reflexionar. Klaus & Kinski subrayan un sonido personal en el que ya son familiares las guitarras con efectos (“Luego vendrán los madremías”), los sintetizadores ochenteros (“Brilla como una estrella”, “Eres un sinvergüenza”), el country prestado (“Mama no quiero ir al colegio”), pero también introducen elementos inéditos. “Habrá algunas canciones que continuarán líneas ya exploradas, pero, como no es un concurso de descubrimientos sino un divertimento formal, supongo que a veces mostraremos nuestras querencias. En este, como cosa  nueva, hay algo de swing, copla, funk, por decir algo que parezca que suene novedoso porque en realidad todo es música popular, que es lo que en realidad significa música pop”. Otra vocación que ya introdujeron en el anterior trabajo es la de reivindicar la palabra folk como género universal y no propio de la cultura norteamericana, al igual que hicieron con el bolero en “Mengele y el amor” ahora se acercan a la copla y el pasodoble en “El rey del mambo y la reina de Saba”. “Lo que mal llamamos ‘folk’ remite a una música popular anglosajona, tan localizable y concreta como la jota aragonesa. Cosas de la colonización cultural. De hecho podríamos considerar a todo el pop como folklore, es la música popular de nuestro tiempo, los tiempos de los medios de comunicación de masas. Así que no vemos por qué hay que usar sólo referentes anglosajones. De hecho demasiado esclavos de la influencia anglosajona somos, y nosotros los primerísimos”. Es cierto, el imaginario musical de este disco es amplísimo y por supuesto abundan los guiños a estilos made in USA, además de su ya conocida debilidad por los sonidos country rock, aparece el swing e incluso la música disco ortodoxa con falsetes a lo Bee Gees o Mika. Una selección que se agradece en una escena, la pop, acostumbrada a etiquetas inmóviles. “No es nada tan extraño. Ya hay muchos discos lineales y cohesionados formalmente, lo cual está bien, pero también hay discos ‘dispersos’ que nos entusiasman. Siempre ponemos el ejemplo de The Beatles, grupo bastante ecléctico. Y precisamente por eso, porque son los Beatles. Si los dinosaurios del pop-rock se permitían ir de flor en flor, quizá algo legitimada esté la variedad”. Una colección de texturas que, pese a su exigencia instrumental, al final suena como un sólo registro, un hilo conductor único tanto en estudio como en directo, que es otro cantar. “Hemos fichado a una violinista y habrá mucho sampling de sonidos que serán tocados con teclados midi a través de software. Pero lo que realmente importa se puede hacer silbando”. Y es que la química de Klaus & Kinski es mucho más sencilla de lo que parece. Después de todo lo dicho, después de veintiocho canciones y dos discos, están en disposición de ironizar sobre ellos mismos. “¿A qué sonaría una canción  nuestra…? A ‘wachu wachu’ con voz flojita de chica. Es lo que pensaría mi padre si no supiera que somos nosotros”.