El esperado segundo álbum de La Casa Azul ya está aquí: “La revolución sexual” (Elefant Records) es, en el mejor sentido, más de lo mismo. Un collage pop donde las referencias se multiplican casi hasta el infinito, con premeditada artificialidad, pero sin perder la frescura, y con un resultado en el que las canciones continúan su particular camino de perfección.

El nuevo disco de La Casa Azul, “La revolución sexual”, ha empezado con buen pie, metiendo la cabeza en el Top 30 de las listas de ventas estatales, aunque los ficticios integrantes de la banda permanezcan en otra dimensión y Guille Milkyway (creador, ideólogo, compositor, productor, arreglista e intérprete) vea las cosas con calma y cierto distanciamiento desde su papel de demiurgo pop, poniendo cerco a un sonido cada vez más propio dentro del artificio que se le supone.

“En la historia del pop, me gusta ese punto de choque entre la desgracia y la felicidad absoluta”

“Con el primer disco sí seguía siendo una amalgama de estilos según la canción, pero ahora creo que poco a poco se va redondeando, dando forma a algo más personal, que tiene que ver con la utilización de muchos elementos distintos y que al final hacen que el resultado sea diferente, manteniendo además otros que son muy propios de La Casa Azul, como la contraposición de las cosas y la euforia que se sucede. A nivel sonoro cada vez me siento más cómodo y seguro”. Esta sensación sirve como punto de partida en un álbum que es exactamente como se imaginaba, aunque con más variedad e incluso complejidad que en “Tan simple como el amor”.

“Lo más importante siempre va a ser la canción, es lo realmente poderoso dentro de la música pop “

“Por lo que se refiere a producción y sonido quizá sí, pero en composición no tanto. A lo mejor sí es más extremo en el sentido de que he querido buscar una sonoridad más artificial, más plástica. Hay más detalles, más cambios, más efectos, más trabajo de producción y sobre todo de edición, que para mí es muy importante. Pero en lo temático es un poco lo de siempre, aunque cuando compuse y grabé los temas estaba en una época de introspección y me ha costado más trabajar para que el resultado fuera lo que desde el principio he buscado en La Casa Azul, que es una contraposición entre los momentos emocionalmente más bajos y la euforia de la música que está sonando. En la historia del pop, me gusta ese punto de choque entre la desgracia y la felicidad absoluta, de modo que en el fondo todo parezca un poco irreal. Es como lo que hacían los típicos grupos de chicas de los sesenta, que hablaban de que les dejaba el novio y poco menos que se iban a suicidar, y eso en una canción aparentemente feliz”. Ese mundo de mentira, en el que conviven Brian Wilson, Jeff Lyne, el europop, California, Japón y los dibujos animados de Hannah Barbera, entre otras muchas referencias, es el que sigue presente aquí, aunque también con un costumbrismo en el que difícilmente podrían habitar los cinco personajes que ponen cara a este proyecto, hablando de la cerveza sin alcohol (“no está mal, pero requiere empeño” se puede escuchar en “Esta noche sólo cantan para mí”) o de las proezas del portugués Deco frente al Chelsea de Mourinho (“El momento más feliz”). No es la primera vez que el Barça surge en sus canciones (lo hacía también en “Como un fan”), pero ahora todo parece más cercano y el jogo bonito triunfa sin complicaciones ni atascos. “Antes hablaba más del amor y el desamor y aquí el abanico es más amplio, pero sigue habiendo elementos muy repetitivos, como la ansiedad, además de cosas más personales, como la hipocondría”. También da forma a la canción protesta en versión La Casa Azul (“No más Myolastan” o “La gran mentira”) y continúa ampliando su santoral pop: empieza con Yma Sumac (una exótica cantante peruana) y reserva casi para el final una impecable colección de mujeres (Blossom Dearie, Nina Simone, Kirsty McColl, Dusty Springfield, Karen Carpenter y Astrud Gilberto), ideal como banda sonora en complejas maniobras de escapismo. “La Casa Azul siempre ha sido un grupo con un importante enfoque femenino, y cuando he buscado un momento de refugio me he sentido identificado con cantantes como éstas, aunque es algo bastante sutil; también podría haber hablado de grupos de soft pop”. Uno de los riesgos que corre Guille Milkyway es que las ramas al final no dejen ver el bosque. O, de otra manera, que uno confunda la parte con el todo. “Es el típico riesgo que existe, pero es un precio que desde el principio he estado dispuesto a pagar, y no me preocupa porque tengo muy claro que lo más importante siempre va a ser la canción, porque es lo realmente poderoso dentro de la música pop. El resto es accesorio y puede servir como elemento potenciador, o simplemente para llevar las cosas a un plano estético que me hace sentir bien y con el que me identifico, pero la canción es el centro de todo, por mucho barroquismo que pueda haber en un momento dado”. Y de un riesgo a un empeño inagotable: ¿la canción perfecta? “Es algo que nos persigue de forma casi maligna a quienes hemos estado obsesionados por el tema del redondeo y los estribillos, aunque cada vez menos. Al final piensas que está todo hecho y que es una búsqueda inacabable. Es algo que está ahí, como la ansiedad o los miedos, pero si uno consigue controlarlo no pasa nada”. En este sentido asegura también que se toma las cosas con tranquilidad, consciente de que maneja un proyecto a largo plazo. “Una cosa que me relaja es que no tengo prisa y que hay mucho tiempo para ir haciendo cosas que se acerquen a lo que tengo en mente. Situarse en ese plano un tanto irreal te permite planificarlo mejor, porque sabes que es flexible y lo puedes moldear a tu manera. A nivel estético y visual lo tengo claro: va hacia un universo más histriónico, aunque no sé si es una buena palabra; más artificial”. Un recorrido que empezó hace una década, con “Cerca de Shibuya” como primer gran hit, y que desde entonces no se ha prodigado en exceso (apenas un Ep, dos álbumes y una compilación), aunque con una capacidad para permanecer en la memoria que hace que en realidad parezca que no haya pasado tanto tiempo desde que aparecieran las primeras sensaciones pop, comandando un movimiento que acaparó tantas críticas como alabanzas, con la mayor parte de los grupos perdidos ya en el limbo. “El hecho de que hayan pasado los años y siga adelante creo que me ha dado más credibilidad, porque en aquel momento sí resultaba cansado tener que justificarte todo el tiempo. Yo quizá lo hice demasiado, y la verdad es que no merecía la pena. El problema es la mala utilización de los clichés, aunque la sensación es que poco a poco van desapareciendo los prejuicios, como pasa en cualquier forma de expresión artística”. No podemos pasar por alto bajo ningún concepto que, por el camino, Guille Milkyway también se ha convertido en compositor de encargo, desde la sintonía de cabecera del Club Disney hasta el “Amo a Laura” manoseado hasta la extenuación hace un par de años, pasando por las canciones de la serie de televisión “Gominolas”. Aunque no se acaba ahí la cosa. Para el futuro cercano, más proyectos: el debut en largo de Milkyway (una aventura de aire más retro) y también la intención de salir de ese premeditado segundo plano en el que hasta ahora ha permanecido al frente de La Casa Azul y enfrentarse a las cosas a cara descubierta. “Siempre me ha costado el contacto directo con la gente, todo el tema de las fotografías y demás, también porque me desagrada la utilización de la imagen de un grupo como algo en sí mismo, pero ha llegado un momento en que estaba creándome una pose por permanecer detrás de forma exagerada, y por eso quiero empezar a aparecer de forma relajada, natural e incluso divertida”. Así que ya lo saben: La Casa Azul es Guille Milkyway, pero sobre todo sus canciones. Eso sí, de sus ‘músicos’, ya nos habla él mismo en el apartado anexo.