Invasores del espacio exterior
Entrevistas / Tool

Invasores del espacio exterior

David Sabaté — hace 14 años
Fotógrafo — Archivo

El creciente protagonismo de A Perfect Circle y el que “Lateralus” no suscitara la misma fascinación que “Aenima” no han mermado la expectación ante el nuevo disco de Tool. “10.000 Days” (Sony/BMG) profundiza en las raíces setenteras y los desarrollos libres impresos en el ADN de esta formación de culto, apostando por un sonido orgánico y una menor complejidad.

Tool parecen de otra galaxia. Por su música, en primer lugar, pero también por su aspecto. Su excéntrico y reservado cantante Maynard James Keenan viste una gabardina de cuero negro, unas botas y un sombrero blanco de cowboy. Nos observa en silencio y con los ojos bien abiertos. Nos encontramos en un extraño y lujoso club en el epicentro del Red Light District de Amsterdam, lugar escogido por la banda y su discográfica para la premiere europea del nuevo material de Tool en cinco años. Al lado de Keenan, el batería Danny Carey parece aún más gigante. Le saca casi dos cabezas al menudo vocalista y lleva un peto tejano que podría generar dos pares de cazadoras y pantalones de talla media. Parecen dos secundarios sacados de una cinta de Lynch o Altman ambientada en la América profunda. Un poco más lejos, el bajista Justin Chancellor responde atentamente a las preguntas esporádicas de periodistas y profesionales de la industria. El guitarrista Adam Jones, técnico de efectos especiales en sus ratos libres y responsable de todo el artwork de la banda, se ha quedado en Estados Unidos trabajando en los nuevos videoclips y en la portada del álbum.

“Instrumentalmente y vocalmente hemos intentado desafiarnos y probar cosas que nunca habíamos hecho antes”

Son las once de la noche y estamos ansiosos por enfrentarnos a “10.000 Days”. Nos reparten unos auriculares inalámbricos para disfrutar de todos y cada uno de los detalles de sus nuevas composiciones. Maynard agradece nuestra presencia y pulsa el play. Antes que nada, debo avanzar que sacar conclusiones a partir de una sola escucha de un disco de Tool es, como muchos ya sabéis, prácticamente imposible. Por lo menos si pretendes formular algún tipo de sentencia que sobreviva a la siguiente escucha. Sus temas proporcionan diferentes lecturas y envuelven los sentidos generando distintas percepciones a cada sesión. Su nuevo trabajo no es una excepción. De entrada, sin embargo, se aprecian algunos cambios. El más evidente corresponde al sonido, más orgánico, fibrado, con cuerpo. “Hemos grabado la mayoría de baterías de un modo analógico pero también hemos utilizado Pro Tools, especialmente para las guitarras y las voces”, explica Justin. “Todas las tomas originales de batería se han grabado en vivo en cintas y esto creo que ha contribuido al carácter más orgánico del conjunto. Siempre hemos participado en la producción, pero esta vez lo hemos querido simplificar.

“La idea detrás de nuestra imagen misteriosa es distraer a la gente de nuestros egos para que focalicen su atención en la música y el arte”

Joe (Bariesi, productor habitual -ndr.) ha tenido ideas muy creativas durante la grabación y ha intervenido de una manera crucial en la captación del sonido que queríamos, pero ha sido un trabajo más conjunto que otras veces. A menudo es difícil hacer las cosas de una manera nueva o distinta a la que estás acostumbrado, porque, cuando una cosa funciona, es más fácil mantenerla así. Pero nosotros hemos cambiado nuestro modo de trabajo. Estamos orgullosos del sonido pero también de las canciones en sí, porque instrumentalmente y vocalmente hemos intentado desafiarnos y probar cosas que nunca habíamos hecho antes”. Otra diferencia palpable es el carácter más progresivo del conjunto. La lisergia expansiva de algunos temas sitúa más que nunca a Tool como los herederos directos de bandas como Yes, King Crimson o los primeros Pink Floyd convenientemente filtrados por un tamiz metálico. “Creo que es fruto de lo que sentimos en el momento concreto en el que estamos tocando. No hubo una intención consciente de sonar de una manera u otra. Si tiene partes más progresivas es porque la grabación ha sido una experiencia más disfrutable en la que todo ha surgido de una manera más natural. Esta vez todo ha fluido mejor que en el anterior disco, que fue más complicado y supuso un mayor esfuerzo por parte de todos”. ¿Alguna influencia consciente de los setenta? “Amamos todo el material clásico de esa década: Led Zeppelin, Jimi Hendrix… A todos nos gustan cosas distintas pero hay algunos grupos en los que coincidimos plenamente, y por supuesto Pink Floyd es uno de ellos”. Su deconstrucción de las estructuras rock convencionales y la dilatación de las composiciones les emparenta, aún salvando las distancias, con bandas como Opeth o The Mars Volta. “Conozco a ambas bandas, sobre todo a Mars Volta, a quienes pude ver en concierto hace unos meses en Los Ángeles. Me gustaron mucho, tienen un directo muy bueno y una actitud abierta a probar cosas nuevas que desarrollan improvisando en vivo”. La última de las diferencias apreciables a primera escucha es el tono de la apertura del disco, mucho más al grano que el inicio de “Lateralus”. Aunque sólo sea momentáneamente, los primeros minutos de “10.000 Days” carecen de fragmentos introductorios para resaltar las guitarras, gruesas pero definidas. Tanto la primera canción, una mezcla de psicodelia y rock alternativo noventero, como la segunda, contrastan con la parte central del disco, especialmente con los temas tres y cuatro. En ellos nos adentramos en una laguna densa y oscura donde la quietud casi onírica y el clímax que no llega consiguen impacientar e hipnotizar a partes iguales. “Hemos grabado todas las canciones individualmente. A la hora de juntarlas hemos buscado y probado muchas secuencias distintas: las canciones más largas o intensas al final, al principio… Lo hemos probado todo pero el orden definitivo es el que nos parece más natural”. Mayor naturalidad y mayor margen de maniobra en el estudio, al que han acudido con los temas más abiertos que de costumbre. “Esta vez hemos pasado un poco más de tiempo en el estudio. Empezamos a probar cosas nuevas y no nos preocupamos por cómo tocaríamos después todo el material en directo. Simplemente dejamos fluir nuestras ideas. Antes ensayábamos muchísimo antes de grabar y nos reprimíamos un poco para facilitar la interpretación de las canciones en directo. Esta vez no nos ha importado ir un poco más lejos en el estudio”. En esa discursiva fluidez tienen cabida algunas partes más o menos inquietantes, más o menos ilustrativas, que parecen sacadas de una banda sonora de terror o misterio: desde una tensa conversación en lo que parece ser un hospital hasta una tormenta cada vez más cercana pasando por una voz diabólica al final del disco. “10.000 Days” no es, sin embargo, el típico álbum conceptual con mensaje o historia de fondo. Según Chancellor, dichos insertos sonoros obedecen más a una cuestión estética que de significado. “No es un álbum conceptual. La única conexión entre las partes es que están en el mismo disco. Esos fragmentos surgieron de una manera inconsciente e instintiva. Nos gustaba cómo sonaban independientemente. Que cada uno los interprete a su manera”. Ese contraste entre reposo y agitación, entre inmediatez y planificación, se convierte en una constante de “10.000 Days”. A pesar del lustro transcurrido nuevamente entre dos de sus álbumes, la lealtad de sus seguidores, que han contado las horas y minutos restantes para la salida del disco, sigue intacta. ¿Son los fans de Tool los más pacientes del planeta? “En primer lugar quiero decirles: ¡Felicidades por seguir ahí! (risas). “También es esperanzador ver a chavales y a gente joven entre tu público. Es fantástico que disfruten con nuestra música. Creo que en cierta manera es difícil ser fan de Tool por el gran espacio de tiempo entre disco y disco, pero sólo sabemos hacerlo de esta manera”. En cualquier caso, no hay motivos para preocuparse. El álbum mantendrá sin duda al grupo en ese olimpo privilegiado de ban

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