“Oh, Germanes!” (Mésdemil, 2016), el segundo álbum de los valencianos Gener, ha supuesto una portentosa -y algo sorprendente, todo hay que decirlo- demostración de poderío.

Once canciones que, tras pasar por el estudio del infatigable Paco Loco, probaron que en estas latitudes también se podían facturar acercamientos a la psicodelia, guiños preclaros al gospel y explosiones de soul pop que basculan entre tradición y modernidad, y que nada tienen que envidiar a las hechuras de luminarias foráneas como Alabama Shakes, Grizzly Bear o Fleet Foxes. El disco no solo superaba todo lo apuntado en su notable debut, “El Temps del Llop” (Mésdemil, 2014), más escorado a un blues rock árido: también mostraba una exuberancia frondosa y casi apabullante, cimentada en un cuidado diseño conceptual (el tributo a la feminidad como telón de fondo, plasmado en su portada collage) y en los coros de un quinteto de voces femeninas (Las Reinas Magas), que redondeaban un trabajo merecedor de figurar entre lo más granado de la producción estatal de 2016. La banda que capitanea Carles Chiner (y que completan Pasqual Rodrigo, Vicent Todolí, Enric Alepuz y César Castillo) afronta durante los próximos meses su rodaje sobre los escenarios. Y su primera parada es este viernes 20 de enero en La Rambleta (Valencia), con toda la troupe al completo, coro incluido. Hablamos con Chiner, un creador polifácetico, con un discurso siempre lúcido y consecuente.

Impresiona comprobar el salto entre vuestro primer disco, “El Temps del Llop” (2014) y este. A nivel de sonido, de producción, de composición, de concepto… incluso teniendo en cuenta que aquel era un disco de un músico que se hacía acompañar luego por una banda ad hoc, y este es un álbum ya pensado como una banda de cinco miembros. Es inevitable calificarlo con la manida expresión del paso de gigante. ¿Cómo lo véis vosotros desde dentro?
Principalmente tiene que ver con el paso de solista a banda. Cuando hice el primer disco, y no solo por el hecho de que lo hiciera yo solo, ten en cuenta que yo venía del punk, de estar en proyectos más macarras, proyectando la voz de una forma más gritona y espídica. Así que cuando hice “El Temps del Llop” intenté, conscientemente, rebajar muchas cosas. Hacer algo más pop, que no sonase tan duro. Entonces me obligué a que los tempos cambiaran, y a modular mi voz de forma distinta. Pero en este trabajo ha habido más conciencia de eso: porque somos más personas, nos hemos apuntado todos al carro, y porque yo en el anterior disco quería responder a una necesidad personal, pura y dura, y entonces me importaba menos llegar a la gente que hacer aquello que yo quería hacer. No es que ahora hayamos decidido hacer algo que tenga que gustar a la gente, sino que hemos querido aprovechar aquellas cosas que, al juntarnos, tenían que ver con los registros de cada músico. Teníamos muchas ganas de no estar grabando un disco del que ya tuviéramos en la cabeza todas las fases, porque es muy cansado y te puede hacer perder la perspectiva. Con Paco (Loco) era muy fácil, además, porque tan solo has de preocuparte de estar a gusto y puedes confiar en que esa persona va a acabar sacando un sonido que coincide con lo que tenías tú en la cabeza.

“El otro día estaba viendo el documental “The Wrecking Crew”, en el que ves hasta qué punto la música entonces era ingenua, en el sentido de que la gente esperaba que abriese una puerta a otra dimensión, cuando hoy en día ya sabemos que todo es espectáculo”.

¿Teníais referencias de otros músicos que hubieran grabado con él y cuya opinión os influyera?
Sí, pero tampoco nos obsesionaban. Era más una cuestión de metodología de Paco, porque a todos nos interesa el mundo del audio, hemos producido en casa la mayoría de nosotros, y seguíamos mucho su blog, en el que explicaba sus paranoias, y nos gusta mucho su forma de producir porque se basa en lo que se hacía en los años 60 y 70, esa idea de intervenir lo menos posible y respetar mucho el material, hacer los menos overdubs posibles. Algo más parecido a cuando tocas en vivo, que no es todo tan perfecto como en el estudio, pero hay una cosa que en las grabaciones no se consigue a la primera, que es la compenetración de las personas que están implicadas. No queríamos ni utilizar autotune, ni ecualizar baterías, ni ninguna de estas cosas que son tan habituales hoy en día. No por nada, porque son herramientas tan válidas como cualquier otra. Pero ha predominado un tipo de producción en los últimos tiempos muy saturada, como con anabolizantes, que se parece a lo que sería tunear tu coche. Y luego si en el directo no tienes un equipo que sea la ostia, se nota demasiado la diferencia.

De todos modos, teniendo en cuenta la gran cantidad de instrumentos y voces que participan, así como la intensidad de todas y cada una de las canciones que lo componen, que muchas veces se alimenta de la energía del soul y del gospel ¿no teníais un poco de miedo a la sobreabundancia, a apabullar al oyente?
Sí, la verdad. Es algo en lo que he pensado mucho porque trato de luchar contra eso siempre, pero tengo mucha tendencia a la orquestación, a pensar mucho en arreglos, y referentes como los Beatles, en los que los arreglos son muy importantes, contribuyen a eso. Trato de luchar contra eso, de todos modos. Por ejemplo, he tardado muchos años en disfrutar de discos enteros de los Beach Boys. El “Pet Sounds” (1966), que es de mis discos favoritos, he tardado años en disfrutar de su grandeza, porque a la quinta canción era como que ya decías “cuánto caramelo, cuánto azúcar”… así que sí tenía ese miedo. Por eso el hacer las canciones en directo y hacer la menor cantidad posible de overdubs creo que favorece la parte más fresca de muestra música. Es verdad que hay canciones en las que hay mucha chicha, pero antes de entrar en el estudio ya las llevábamos muy ensayadas en el local y nos gustaba cómo salían. Así que queríamos que, si tenía que haber algo de sobreproducción, fuera solo porque las canciones lo pidieran, y no porque fueras luego descubriendo en el estudio cosas que son como caramelos y los quieres añadir.

El propio concepto del disco, que rinde tributo a la figura femenina, se distancia conscientemente de cualquier posicionamiento feminista al uso para incidir en esa visión que asume que todos, sin excepción, tenemos una parte femenina. Es un poco como lo que decía hace poco Pablo Iglesias, de que habría que feminizar la política, ¿no?
Sí, se le echaron un poco al cuello, ¿no? Es muy complicado hablar de estas cosas porque siempre la gente salta, y creo que hay hoy en día una hipersensibilización, especialmente en la izquierda, hacia todas las cosas, que nos puede conducir a una especie de nueva Inquisición en lo social. Tú hace poco compartías un link referente a un artículo sobre Eduardo Inda (N. del R: se refiere a un artículo que cuestiona una petición popular para que le expulsen de un debate televisivo), y ya salió mucha gente diciendo que lo que tienen que hacer es echarle de la tele. Pues no la encendáis. Hay como una manía de negar las posibilidades de las cosas, y de proyectar esa vertiente cívica en los demás. Y al final es una cosa de cada uno. Respecto al concepto del disco, no queríamos elaborar un concepto para reivindicar nada. Simplemente, llegó un momento en el que yo tenía unas cuantas canciones que hablaban de mujeres. Y ahí fue cuando pensé que yo, personalmente, no sería nada sin las mujeres que tengo alrededor. Tanto por mis hermanas como por mi mujer, que me ha ayudado muchísimo a saber quién soy, que me decía que escribía bien y me hacía ver que se me podía dar bien la música. Las mujeres -no siempre, pero sí en gran medida- tienen más noción del largo plazo. La sola posibilidad de ser madres les da una capacidad para el largo plazo y para la gestión emocional que los hombres no tenemos. Esa parte de la feminidad es que la hay que reivindicar para todos.

Puede que sean más pragmáticas…
Sí, más pragmáticas emocionalmente, porque saben llevar las emociones a un terreno desde el que construir algo con eso. Contrariamente, se suele decir que son más emocionales y se suelen dejar llevar más. Yo creo que los hombres tenemos mucho menos control sobre nuestras emociones. Ellas lo llevan mejor. Ahora es cuando se empieza a aceptar que un hombre llore y no se le cosidere un marica.

En alguna entrevista reciente, afirmas escuchar poco material actual, más discos clásicos que recientes. De todos modos, el disco revela un equilibrio muy claro entre influencias clásicas y cosas mucho más actuales, como puedan ser Alabama Shakes, Grizzly Bear o Fleet Foxes.
Tiene que ver, sobre todo, con Enric (Alepuz, también integrante de Tórtel), que creo que es quien más feedback ofrece de cosas que van saliendo, porque escucha mucha música. Mucha electrónica y cosas que no tienen mucho que ver con lo que hacemos nosotros, que pueden tocarnos como influencia pero no estamos sumergidos en esas historias. A través de Enric ha entrado mucha novedad, sobre todo, de texturas, que nos permiten pegar una vuelta a nuestro sonido y recuperar un poco esa ingenuidad emocional de la música de los años 50 o 60 y vestirla con elementos de hoy. Cosas como Tame Impala, Alabama Shakes… sí que escucho música actual, pero soy muy conservador, no porque tenga prejuicios, sino porque soy obsesivo para escuchar música. Me da por escuchar a los Beatles y no los suelto hasta que me aburren y me empiezan a dar asco (risas). Y a los dos años vuelvo a ellos. A Nina Simone, a los Beatles, a Lennon, a Grizzly Bear, a The Who

Hablas de ingenuidad, pero no creo que ni la música ni, sobre todo, los textos de este disco lo sean…
No, no creo que lo sean. Hablaba más en un plano sonoro, sobre cómo con una melodía sencilla, estructurada con palabras sencillas -porque tenemos una tendencia a la profundidad que puede ser empalagosa- puede expresarlo. A mi me cuesta mucho escribir porque me tiro 16 páginas eliminando tics literarios. Me gusta que parezca que cuando cantas una canción le estás contando una historia a una persona. Para eso utilizas expresiones que estén a tu alcance, sin tener que recurrir a la literatura. Cuanto más oral seas, mejor, porque lo fundamental es la música. La letra ha de apuntar a lo que la música ya está evocando de otra forma. Quería decir ingenuo en cuanto a lo melódico, a que lo melódico te lleve a un sitio de ingenuidad emocional, aunque es verdad que hoy en día la música ya no puede ser tan ingenua como lo era en aquellas décadas. Y me da mucha lástima (risas). El otro día estaba viendo el documental “The Wrecking Crew” (Denny Tedesco, 2008), en el que ves hasta qué punto la música entonces era ingenua, en el sentido de que la gente esperaba que abriese una puerta a otra dimensión, cuando hoy en día ya sabemos que todo es espectáculo.

Hace un par de años me comentabas que la escena del pop y el rock cantados en valenciano te parecía demasiado endogámica, a consecuencia de los veinte años de abierto desprecio institucional que sufrió, que concidieron con las mayorías absolutas del Partido Popular en la Comunitat Valenciana. ¿Crees que eso está en vías de solucionarse?
Creo que está en camino, y que se ha producido una explosión de géneros en valenciano que no existían o que estaban invisibilizados. Una puerta que abrieron, básicamente, Senior i el Cor Brutal y Arthur Caravan. Ahora bien, eso no está reflejándose en una industria. Cada uno va a la suya. Creo que el sector de la música en valenciano ha dispuesto de un tejido asociativo muy grande, que ha podido aguantar muchas cosas durante mucho tiempo, pero lo ha hecho -no conscientemente- a costa de poner una barrera entre la música en valenciano y el resto, convirtiendo en género lo que es simplemente un vehículo de expresión. Y eso me parece peligroso. A mi me ha pasado, por ejemplo, estar tocando en la Fnac, y cuando unos chavales de 16 años se han acercado porque les gustaba lo que oían, al cabo de cinco minutos se han ido porque se han dado cuenta de que cantaba en valenciano. Evidentemente, eso es culpa de la ignorancia, pero también de la proyección que se hace desde dentro de la escena. Y de esta cosa de no juntarse con otras escenas, que yo creo que eso es lo fundamental. Compartir carteles con bandas que empleen el castellano o el inglés, sin que eso chirríe.

Crees que os puede limitar el hecho de cantar en valenciano, de forma que vuestra música llegue al ámbito lingüístco común (Catalunya, Baleares) pero difícilmente permee fuera de él, ¿no? Fenómenos como el de Manel son difíciles de reeditar.
Es muy complicado. Sería una tema muy largo de abordar, pero creo que tiene más que ver con esta falsa plurinacionalidad en la que vivimos. En el hecho de que el estado de las autonomías ha sido un apaño para todos, que al final no ha apañado a nadie. Si echamos la vista atrás, en los años 70, 80 e incluso a principios de los 90, creo que había mucha más permeabilidad. La gente en Madrid podía escuchar rock vasco o nova cançó sin prejuicios de ninguna clase. Y eso es algo que estaba en el genoma de los españoles, y paradójicamente ha sido la democracia la que ha acabado con esos tejidos. No sé cómo, pero es así. Ahora cuesta mucho más.

Volviendo a vuestro crecimiento como banda: recuerdo también que hace un par de años decías que la voz era un elemento igual de moldeable que cualquier otro instrumento, como pueda ser un piano o una guitarra. Creo que en este disco lo has demostrado. ¿Ha influido también en eso tu experiencia como actor?
He hecho colaboraciones en teatro, a nivel de escritura y a veces también de interpretación, casi siempre con música de por medio, pero no me considero actor. Pero sí es verdad que conocer a María José Peris, que ha trabajado en este disco, a quien conocí a través de mi hermana Marta, y el colaborar en el montaje “El Mirador”, de Russafa Escénica, que tenía que ver con un falso programa de radio en el que la gente estaba sentada muy cerca, y tenías que comunicar mirando a los ojos, me hizo descubrir cosas que yo no usaba en la música, y que están ahí. Y que tienen que ver con usar la voz para transmitir emociones. No solo para cantar bien o delinear una melodía, sino para buscar a la gente y transmitirles algo más. Y descubrí que la gente lloraba, que cuando la mirabas y cantabas, lloraba, y es algo que no me había pasado nunca. Y te contagiaban. En ese momento, algo hizo clic en mi cabeza. Y podía ocurrir que la voz te fallara, pero había ahí una cosa que es más chula que la técnica. Y eso a nivel vocal es lo que más me interesa. Digamos que la técnica viene después, porque yo no he aprendido técnicamente. Escucho mucho e intento llevarme lo que me interesa al bolsillo, igual que aprendes de Nina Simone, de Jeff Buckley o de John Lennon, pero siempre partiendo de algo que me erice la piel. Si no, por más técnica que pongas, no hay nada que hacer. De hecho, los grandes cantantes de la historia no han sido muy técnicos. Si piensas en Bob Marley o en Mick Jagger, nunca han sido muy técnicos, pero han sabido vehicular una cosa a pesar incluso de no tener técnica.