No hay dos Mateo Kingman iguales. El escrutinio severo mantiene al ecuatoriano en firme movimiento. No vive de la tendencia, sólo la capea. Por ello, “Astro” (Aya Records, 19), su segundo largo, suena a electrónica de último cuño mientras propone un viaje de corte trascendental y anacrónico. Ahora se acerca a nuestro país para presentarlo en diversos festivales: 17 septiembre (Fiestas, Aranda de Duero), 19 septiembre (Mercat de Música Viva, Vic), 20 septiembre (Festival Electropical, Bilbao) y 21 septiembre (Festival Boreal, Tenerife).

Renovarse o morir. Esa mierda de frase, utilizada hasta la extenuación para relanzar carreras en el abismo de las cajas de “ocasión” de las tiendas de discos, forma parte de la visión innegociable de Mateo Kingman con respecto a la música. Lo suyo, más que un ejercicio mercadotécnico, es parentesco con los reptiles: la piel que ayer le abrigaba, le ahoga hoy. “Astro”, su segundo álbum, es –según dicta– “una cura para los sanos”. Una autoexploración que no rehuye los vértigos profundos. Nils Frahm, su coetáneo Nicola Cruz e incluso El Guincho de “Pop Negro” (10). “Astro” lo incorpora todo, en once cortes variados: percusiones andinas se entremezclan con electrónica gélida. Y todo en la producción gana en espacio. Mérito.

En el disco suena casi de todo. Y aún así, uno no acaba saturado de información. ¿Cómo se hace eso?
Es la primera vez que estoy involucrado de lleno en la producción. Siento que con Ivis [Ivis Flies, productor de sus dos discos] hicimos una búsqueda minuciosa en el diseño sonoro del disco. Cada elemento está pensado y repensado. Y sí, siento que tiene más aire, para que cada cosa que suena tenga su espacio. Hicimos el disco entre Ivis y yo, sí. Los dos estuvimos involucrados en composición, producción y post producción, de igual a igual.

¿Cuánto tiempo estuvisteis mano a mano?
Nos metimos en su estudio un año entero a explorar mucho con sintetizadores, beats e instrumentos más clásicos, grabados por músicos a los que invitamos. Yo ya tenía los textos, pero en el estudio les dimos formas y colores. Fue un proceso muy distinto al de “Respira” (16), en el cual estábamos explorando por dónde queríamos caminar. En “Astro” ya tenía una idea clara cuando empezamos.

¿No tienes miedo que tanta mezcla acabe pareciendo un pastiche?
¡En realidad sí tengo miedo! [ríe] Pero me gusta mucho ese vértigo de explorar en mundos desconocidos. En este proceso me di cuenta de que realmente quiero hacer música que me guste a mí; espero que al ser honesto pueda resonar con los demás también, sin necesidad de ligarme a una línea definida. Me metí a lo urbano porque estuve escuchando cosas de esos mundos que me gustaron mucho. Me dio ganas de probar cómo funciona un hi hat de trap con una métrica de tres por cuatro o una cadencia de reggaeton, todo en contextos bien orgánicos de arpas andinas. Y así, un largo etcétera. Estoy contento con la libertad que me di en este disco, me hace sentir que no estoy montando un cuento ni una buena historia que vende, sino que de verdad estoy explorando mis necesidades creativas.

Otra cosa que vuela la cabeza es la voz. Las variadas formas de cantar. ¿Qué te permiten?
Siento que la voz es el auténtico hilo conductor del disco. Lo único que entrelaza cada canción son los recursos vocales que uso. La multiplicidad de timbres viene por haber estudiado canto estos últimos cuatro años. Mi mamá cantaba muy lindo y yo no podía seguirle y eso era una frustración, así que me puse a estudiar para poder cantar y en el largo exploro las posibilidades de mi pequeño mundo vocal.

“Siento que la voz es el auténtico hilo conductor del disco. Lo único que entrelaza cada canción son los recursos vocales que uso”

La voz no es el único elemento que actúa como pegamento en el disco. ¿Cómo llegaste a la idea de las constelaciones, del viaje astral?
Tenía muchos textos que había escrito durante una dieta de plantas curativas que duró una semana. Esos textos fueron la base. Cuando llegué a Quito, me di cuenta de que esos escritos correspondían a una secuencia. Cada canción representaba un punto del viaje. Los dibujé y se formó una constelación. En el mundo del curanderismo, la serpiente es un símbolo muy fuerte, así que le puse la constelación de la serpiente. Además es el animal que representa los cambios y este es un disco que habla sobre atravesar portales para un gran cambio de piel.

Imagino que para que el disco funcione debe escucharse del tirón. Eso está jodido en plena época del streaming.
En su momento nos dio un poco de miedo que la gente no pudiera entrar a lo profundo de la propuesta, justamente por lo que tú dices: ya no se hacen muchos discos integrales, que contengan un solo viaje de principio a fin. Pero la reacción de la gente hasta ahora ha sido exactamente la de escuchar todo el disco y comprender que cada canción es parte vital de la anterior y de la siguiente. Es muy lindo leer los mensajes de la gente respecto al viaje.

No tratas temas fáciles, además…
Mientras más adentro busco, más duros son los encuentros y los descubrimientos que hago. Pero hay un lugar, en lo más profundo del ser, donde hay verdades de uno y del gran misterio que me ayudan a vivir mejor. Estoy en esa búsqueda constante; una de presente, alegría, vitalidad e intensidad.

¿La música te facilita la tarea?
La música es lo que me toca. Es mi única tarea y tengo que hacerlo lo mejor posible. Lo que expreso en ella creo que va a transformarse constantemente mientras esa búsqueda interna vaya mutando.

¿Respetarás incluso los interludios de “Astro” para el directo? ¿Para que se conserve esa idea de viaje?
He montado dos ideas distintas de directos. Una es respetando las cadencias de “Astro” tal cual; exacto a lo que escuchas en el disco. Y el otro es una mezcla de algunas cositas viejas, mucho de lo nuevo y algo de lo que todavía no ha salido. Un show más libre.