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Teoría General de la Basura

Tanto se ha escrito en los últimos meses a propósito del apropiacionismo cultural tras el éxito transnacional de Rosalía, y con un trazo tan grueso, que el último ensayo de Fernández Mallo –editado a finales del último ejercicio, pero fruto de un trabajo de ocho años– se antoja una lectura obligatoria para todo aquel que trate de entender, en toda su complejidad, una controversia que es más vieja que el propio rock and roll –si nos ceñimos a la música popular, que es lo que interesa en esta publicación–, pero adquiere una especificidad muy propia en un presente continuo tan complejo e interconectado como el que vivimos. El cuadro de Fantin-Latour que customizó Peter Saville para la portada del “Power, Corruption & Lies” (1983) de New Order, con su gama de Pantone en la esquina superior derecha, es visualmente perfecto (como portada) para adentrarnos en el asunto. Y lo advertimos ya, por si hubiera algún despistado: el autor de esta absorbente cosmovisión de más de cuatrocientas páginas reivindica decididamente el nomadismo cultural como una forma de que, mediante la mezcla de géneros, estos pervivan. Más aún en un tiempo en el que todo lo estamos viviendo en red (no solo digital), en una secuencia más topológica que estrictamente cronológica: imposible no trazar un paralelismo con esa actualidad en la que todos los revivals musicales conviven en armonía, sin oscurecerse unos a otros y ya exentos de vaivenes cíclicos, como si las fronteras temporales se hubieran disuelto a golpe de click.

Sostiene Fernández Mallo que la hibridación de estilos, la apropiación para trasladar géneros creativos a otro contexto, no los conduce ni mucho menos a la desaparición, sino que los refuerza. Y argumenta (de una forma apabullantemente sólida) que a lo largo de ese tránsito permanece el residuo original, la basura, esa parte inmutable de la tradición que es la que preserva su personalidad proteica, y que es la que entra en contacto con nutrientes más novedosos. El apropiacionismo se nutre de pasado y presente, de lo inamovible y lo mudable, y opera tanto de arriba a abajo como de abajo a arriba, comunicando la alta cultura con la cultura popular, haciéndolas casi indistinguibles. No es tanto una cuestión de estar a favor o en contra del fenómeno: tan solo de aceptarlo como parte esencial de nuestra realidad, o seguir negándolo. Por el camino se genera un ruido que es consustacial a la propia creación. Y que cobra especial relevancia en el enmarañado enjambre de nodos, redes y conexiones que pueblan nuestro tiempo post 11-S: leyéndolo, a un servidor se le hacía imposible no acordarse del rol que juega el ruido como factor de distorsión, de una belleza cegadoramente extrema, en discos como el último de Low, toda una radiografía del presente que no por ello niega su pasado.

Con el bagaje de su formación en Ciencias Físicas y armado de un cúmulo de referencias sociológicas, históricas, filosóficas, físicas y culturales del más variado pelaje, el poeta, narrador y ensayista coruñés (afincado en Palma) traza un completísimo y fascinante retrato del estado de la creatividad en un mundo –ya lo dice él– en el que no vale la pena diferenciar entre lo natural y lo artificial, porque hasta la arena de las playas de Normandía está compuesta indistintamente por rescoldos de lo uno y de lo otro, hasta no diferenciarse en nada. Rescata a Heráclito cuando dice que el mundo más bello “es la basura esparcida al azar”, nos recuerda que La Biblia es “el primer gran producto pop de consumo a gran escala de la historia, lo que hoy sería la copia china de un producto de diseño de una prestigiosa marca comercial, ya que es la traducción popularizada de textos sagrados judíos”, y pone en su debido (y complejísimo, tanto como lo es ahora nuestra sociedad) contexto un presente que ha de encontrar respuestas que vayan más allá del postmodernismo (y su puesta en práctica de las teorías estructuralistas) y sus propias limitaciones, expresadas en el agotamiento en sí mismo que puede suponer la novela “La broma infinita” (1996), de David Foster Wallace.

También pone en solfa que vivamos entre estímulos realmente fragmentarios –quizás otra trampa del lenguaje– y abrocha su imponente argumentario con un desbroce de ese concepto museístico de la cultura, el único que no admite residuos ni contaminación alguna de otras normativas: exactamente igual –añade quien esto firma– que ocurre en el mundo de la música pop con las cansinas giras de aniversario de discos históricos (que son reinterpretados de la misma forma que hace treinta o cuarenta años) o incluso con las miméticas bandas tributo que no brindan ni un gramo de ironía o descontextualización a lo ya de sobra conocido. Si esto se tratara de escoger bando (que no lo es, bonita forma de simplificar las cosas tenemos algunos), de debatirse entre una supuesta pureza inmutable y entre la impepinable fricción de discursos teóricamente distantes, nuestra elección estaría muy clara.

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