Porque ya no queda tiempo
Libros / Rafa Cervera

Porque ya no queda tiempo

9 / 10
Carlos Pérez de Ziriza — 04-06-2020
Empresa — Jekyll & Jill

Dice Rafa Cervera que escribir sobre música ha acabado por ser el camino para encontrar su propia voz. Tras décadas dedicadas en cuerpo y alma al periodismo musical, haciendo acopio de cientos de críticas, reportajes y entrevistas en algunos de los medios más sólidos – si es que aún lo son, vaya – de nuestro país, su trayecto literario – porque hablamos de literatura, sí, gozosamente sui generis – ha cobrado vuelo con dos novelas que, a tenor de lo que nos cuenta la segunda de ellas, esta Porque ya no queda tiempo, formarán parte de una trilogía enraizada en El Saler, el paraje protegido valenciano, entre la Albufera y el litoral mediterráneo, en el que vive desde hace años. Un paraíso cercano para quienes vivimos en la capital, una bendición desde la que construir otro universo posible, para él. De hecho, también dice que nada es cierto si uno no construye su propio mundo.

El riesgo es aquí mayor que en el más que notable “Lejos de todo” (2017), tanto en el plano formal como en el fondo. Hay mayor nivel de exposición personal, ya que esto no es una novela al uso, con sus personajes ficticios (remota o íntimamente inspirados en lo tangible) y su trama, pero tampoco pretende ser – ni mucho menos – unas memorias al uso, ni una biografía. Sus personajes son reales, pero apenas se citan con su nombre y apellidos, a veces tan solo responden a un alias. A quienes hayan seguido la deliciosa retahíla de entregas que el autor ha publicado cada domingo en el digital Culturplaza durante los últimos años, le resultarán más que familiares.

Las referencias literarias son frecuentes: Fernández Mallo, Cortázar, Kafka, JD Salinger, John Kennedy Toole o Baudelaire salpican el relato. Y su estructura escapa con tal maestría a la lógica temporal, sin explicitar saltos en el tiempo porque este se nos presenta como una masa informe y algo traicionera, que lo que consigue es que la mayor parte de lo que nos cuenta, por mucho que pueda sonarnos tras la lectura de sus columnas dominicales, nos vuelva a enganchar como si nos lo estuviera contando por primera vez. De hecho, si en “Lejos de todo” (2017) era la sombra de David Bowie la que condicionaba la trama, aquí son sus encuentros – conciertos o entrevistas – con Lou Reed los que puntúan el trayecto sin aparente razón cronológica: 1995, 1980 y luego 1998. Es un libro perfilado a modo de álbum de fotos mezcladas. Un hotel aleatorio en el que en cada habitación está sujeta a una conversación, ya sea sobre la infancia, la adolescencia, el amor, el sexo o esa complicada institución nuclear que nunca como aquí nos había mostrado con tanta crudeza: la familia.

En un pasaje del libro, dice el autor – yendo al fondo del asunto – que le ha costado mucho aprender a decir exactamente lo que quiere decir cuando escribe. Y ha valido la pena su esfuerzo, porque este es de esos libros en los que cada frase, cada párrafo, cada construcción, se paladea con detenimiento. Incluso apena llegar al final y verse casi en la obligación de cerrar el círculo consultando de nuevo un prólogo que en realidad es un epitafio. Es la mejor forma, sin duda, de digerir una lectura prácticamente circular, con la que – yendo a lo formal – su autor demuestra que, cuando dice que la necesidad de escribir reside en el modo en que hablamos las cosas, y no en las cosas que hablamos, tiene toda la razón.

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