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La mayoría de los que lean esta reseña, inclusive su propio autor, jamás habrá vivido el racismo en carne propia. No habrá sentido el fuego trepando por la garganta tras una –injusta– detención por perfil étnico; las más absurdas discriminaciones por los orígenes; y, en consecuencia, tampoco la fraternidad provocada por tan tediosas situaciones. “Hermano” es una magnífica excusa para empatizar: relaciones entre semejantes, calle, músicas. Todo ello es gasolina del día a día cuando la rutina está lastrada por la raza y la clase. La obra huele a plástico fundido, se sitúa en plena época del scratch, y suena a hip hop noventas. 

La segunda novela de David Chariandy, hijo de inmigrantes caribeños y cuyo debut literario se produjo hace más de diez años (“Soucouyant”, 07), aborda la vida de dos hermanos, de ascendencia trinitense, en un barrio de mala muerte de Canadá. Los protagonistas, polos opuestos, sirven al autor para desmenuzar tragedia, aspiraciones y camaradería en edad post-púber. Michael y sus inseguridades, Francis y su arrojo. De ambos intuimos pasado y presente, la excusa literaria perfecta para hacerles evolucionar y crear un espejo entre sus historias. 

Siendo un texto de ficción, hay mucho de Chariandy y su vida en las peripecias de Michael y Francis. Todo huele a verdad. Y a presente. La trama se sitúa en 1991 pero podría ser actual. Podría estar fechada de anteayer y estar ubicada en las periferias de cualquier ciudad global. “Hermano”, un libro cortito y al pie, es una toma de conciencia sin cortapisas.

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