Cómo dirigir un sello indie
LibrosAlan McGee

Cómo dirigir un sello indie

8 / 10
Raúl Julián — 08-11-2026
Empresa — Liburuak

Alan McGee siempre quiso ser una estrella del rock. O, al menos, vivir según sus cánones. Obviamente no lo consiguió en base a su militancia en H2O y Biff Bang Pow!, pero a cambio fundó Creation Records, a la postre uno de los sellos más determinantes cuando de acoger bajo su ala a grupos míticos se trataba. Bagaje más que suficiente como para, en efecto, meterse de lleno en aquella vorágine que guiaba la escena indie-pop-rock británica de finales de los ochenta y, sobre todo, la agitada década de los noventa.

El excéntrico escocés plasma memorias en un volumen que va directo al grano, con apenas unas páginas situando al lector a modo de previa acontecida antes de que el pelirrojo se meta de lleno en el jardín de la industria. Un trazado que iría desde el undergronund, la filosofía DIY y el punk hasta cotas mucho (muchísimo) mayores. Una secuencia plagada de batallas, contratos discográficos, lanzamientos, conciertos y descubrimientos que asombrarían primero a Inglaterra y luego al mundo entero. McGee lo cuenta todo con la misma naturalidad que una sinceridad del todo determinante en la que sin duda es la apasionante lectura que acompaña a “Cómo dirigir un sello indie”. Un acumulado de casualidades, golpes de fortuna, un olfato fuera de toda duda, y trafullas de todo tipo con las que ir alimentando medios y tabloides.

El relato viene también aderezado con las consecuentes dosis de sexo, drogas (muchas) y rock & roll (como argumento indispensable y constante), en una fórmula materializada con idéntica pasión que la que le llevó a fundar Creation Records y dar salida a títulos hoy míticos (y en su momento poco menos que delirantes) como (entre muchos otros) “Nowhere” (Creation, 90) de Ride, “Screamadelica” (Creation, 91) de Primal Scream, “Loveless” (Creation, 91) de My Bloody Valantine o “Upside Down” (Creation, 84), el que fuera primer single de The Jesus & Mary Chain. Además de, por supuesto, anotarse el tanto del descubrimiento e inmediata firma de unos tales Oasis. Puede que McGee quedara en amago de músico, pero vivió la historia como cualquier otro de sus archiconocidos protagonistas, desde un plano que para nada fue tan secundario.

Sorprende el comedido tamaño del volumen en cuestión (apenas 250 páginas) dado el bagaje amasado por el firmante, si bien se agradece lo concentrado del asunto. Porque, de este modo, “Cómo dirigir un sello indie” se disfruta en su totalidad, libre de paja y focalizado directo al anecdotario de un tipo que estuvo metido en el meollo de todas las jaranas de una década en la que, catalizado por el Britpop y movimientos paralelos, Reino Unido recuperó el trono de la música ¿Y acaso no era precisa y justamente ese salseo sin condicionantes y narrado en primera persona lo que todos buscábamos en este libro?

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