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amor de monstruo katherine dunn

Desde que salió a la luz en 1989, el culto alrededor de “Amor de monstruo” no ha dejado de crecer. Será por su excepcional naturaleza o por sus grotescos protagonistas, pero lo cierto es que si de algo se puede jactar Katherine Dunn, la autora, es de haber moldeado un universo propio que, seguramente, haya influido en series como “Carnivale”, y que reluce como una actualización a lo grande de “Freaks”, la obra maestra de Tod Browning. De hecho, no es de extrañar que Tim Burton haya intentado adaptar esta novela a la gran pantalla. La verdad, no se me ocurre ejemplo más elocuente para entender la naturaleza de las casi seiscientas páginas que conforman tan atrayente edición en castellano por parte de Blackie Books.

Enfocada desde la voz de Olympia, una de las hijas de los Binewski, una familia de feriantes, el hilo narrativo se sumerge en la forma de enfocar el amor entre seres apartados de la sociedad por sus diferentes habilidades. Niños con aletas, siamesas y la propia Olympia, albina y con joroba, son el resultado de las experimentaciones de sus padres, Al y Lil, tan amorosos como egoístas con el fruto de sus indagaciones.

En las diferentes conexiones afectivas que pueden surgir dentro de una familia tan insólita es donde se encuentran las claves narrativas que abren la puerta de las contradicciones. Amor bipolar zurcido feria a feria, ciudad a ciudad, dentro de un itinerario vital donde el círculo de relaciones externo a la familia siempre es temporal. Carencias de esa falta de normalidad en el contacto diario que hará de la misión de Al y Lil una aventura diseñada tanto desde la burbuja protectora creada en su entorno como a través de la continua exposición de su extraordinaria naturaleza física.

La habilidad con la que Dunn hila el conjunto de reflexiones contenidas a lo largo del relato proporciona una historia de atracción magnética hacia unos protagonistas donde la empatía apunta a todo ser que alguna vez se haya sentido diferente (o sea, más sensible) que su entorno habitual. Lectura de altos vuelos, amenizada por un brillante trazado de giros estilísticos, con la que hasta Kurt Cobain acabó rendido a sus pies.

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