Jerusalén
Libros / Alan Moore

Jerusalén

7 / 10
José Martínez Ros — hace 2 meses
Empresa — Minotauro

No creo que el británico Alan Moore (1953) requiera una presentación demasiado larga. El guionista de “V de Vendetta”, “La broma asesina”, “Watchmen”, “From Hell” o “La Liga de los caballeros extraordinarios” es una leyenda viva del cómic y, sin duda, uno de los autores más influyentes y respetados de la segunda mitad del siglo XX y los comienzos del nuevo milenio, más allá de las distinciones entre artes literarias. De ahí que la noticia de que su siguiente obra sería una titánica novela de 1.300 páginas, a cuya escritura había dedicado prácticamente una década, fue acogida con expectación y dudas. Si bien no se trata de la primera incursión en la novela de Moore, en este caso se anunciaba como su magnum opus, la obra más ambiciosa que ha creado hasta la fecha, por lo que podíamos preguntarnos: ¿hasta qué punto su indudable genialidad como guionista sobreviviría a su paso a la literatura, por así decirlo, “convencional”? “Jerusalén” se publicó finalmente en 2016; tres años más tarde, una vez completada la tarea igualmente colosal de trasladarla al castellano por parte de su traductor, José Torralba, llega a nuestras librerías. Es el momento de juzgarlo por nosotros mismos.

“Jerusalén” contiene un enorme número de personajes, entre los que sobresale una pareja de hermanos, Alma y Michael Warren, los últimos descendientes de una estirpe de visionarios, chalados y artistas. No obstante, si hay algún protagonista en este libro es la ciudad natal de Moore, Northampton, y sobre todo el modesto barrio en el que nació, Burrough. James Joyce comentó en cierta ocasión que su objetivo al escribir “Ulises” era realizar una descripción de Dublín tan exhaustiva que, si alguna vez era borrada de la faz de la tierra, pudiera reconstruirse desde cero a partir de su libro. La ambición de Moore es aún más desmesurada, y su visión de Northampton se extiende a lo largo de algo más de un milenio y trasciende las barreras entre las dimensiones físicas y espirituales. El libro nos guía por los callejones y viviendas de la ciudad desde que era una diminuta villa medieval al presente (e incluso nos ofrece algunos atisbos gloriosamente imaginativos del futuro), pero no se conforma con eso: además, nos conduce “sobre” Northampton, a un espacio invisible que habita un sardónico Lucifer y por el que vagabundean pandillas de fantasmas adolescentes. “Jerusalén” es un inmenso mosaico de historias –de monjes, antiguos esclavos, poetas, ancianos, prostitutas, actores y mendigos–, un abrumador montaje de vidas reunidas en un sólo lugar a lo largo del tiempo (aunque la novela de Moore es una explícita negación del tiempo: todo transcurre a la vez, todas se influyen entre sí y adquieren un sentido por su interacción). Por si esto fuera poco –y aquí de nuevo percibimos la influencia joyceniana–, Moore salta entre distintas técnicas literarias, y así junto a páginas de un realismo dickensiano encontramos un episodio en verso, otro con una estructura teatral (y que nos remite directamente al capítulo número quince de “Ulises”) y el monólogo desestructurado de Lucia Joyce, la hija esquizofrénica de James, que pasó sus últimos años recluida en un sanatorio en las cercanías de Northampton, en un obvio homenaje a la Anna Livia Plurabelle de “Finnegans Wake”.

“Jerusalén” es, en ese sentido, una muestra de esa vertiente de la narrativa postmoderna, en la estela del propio Joyce, de la que serían ejemplos eximios obras como “Ada o el ardor”, “El arco iris de la gravedad”, “El tambor de hojalata”, “Cien años de soledad”, “La broma infinita”, “2666” o “Solenoide”; gigantescos descendientes de “Ulises”, cuyos autores toman el papel de demiurgos y, partiendo de una realidad más o menos reconocible, crean universos autónomos, con sus cielos e infiernos, sus evangelios y cosmologías. La riquísima, exuberante prosa de Moore se enfrenta, pues, a toda clase de retos en este empeño, y lo justo es reconocer que no siempre sale bien librado. Los dibujantes que han tenido la oportunidad de trabajar con Moore se han referido a menudo a sus larguísimos y detalladísimos guiones, que apenas les dejaban margen para su inventiva personal. No deja de ser irónico que, en buena parte, los problemas de “Jerusalén” proceden del interés de Moore porque “veamos” todo aquello que nos describe, lo que le obliga al lector ha enfrentarse a ciclópeas descripciones que parecerían agotadoras hasta al mismo Zola. Hay fragmentos maravillosos –estoy pensando, por ejemplo, en el largo viaje al otro de la muerte de Michael Warren, que supera a cualquier cosa que haya publicado el especialista en el género fantástico, y discípulo de Moore, Neil Gaiman, o en muchas de las viñetas ambientadas en distintas épocas del pasado de Northampton–, pero en otras ocasiones tenemos la impresión de que Moore ha sido en exceso indulgente consigo mismo, como cuando inserta en la trama mal disimulados ensayos sobre los temas más variopintos, de la física cuántica a la historia económica del Reino Unido, pasado por la siempre controvertida figura de Lady Di. No porque lo que nos cuente no sea interesante, que casi siempre lo es, pero no nos convence de que muchas, demasiadas páginas de “Jerusalén” resulten imprescindibles (aunque no se puede descartar que lo sean en el plan de Moore, puesto que es una obra plagada de hilos narrativos ocultos y entrecruzados) o que no se podrían haber incluido de una forma más amable con el lector. Quizás el auténtico iceberg de la novela sea el capítulo narrado desde la locura de Lucia Joyce, que es bastante asombroso en su concepción, pero que se prolonga más de lo deseable para su propio bien.

¿Con qué nos quedamos al final de la lectura de “Jerusalén”? ¿Se trata de una obra maestra casi fallida, de un libro alternativamente genial e insoportable, del “Chinese Democracy” o el “SMILE” de Alan Moore? Lo que se puede asegurar es que aventurarse en él es una experiencia única (a veces para bien, otras no tanto). Y por lo tanto es un texto extremadamente recomendable para el sector de los lectores que no teme los retos difíciles, y algo más problemático para el resto. Para los devotos de Moore, desde luego, es algo más que imprescindible: “Jerusalén” es, directamente, su Biblia. Una inabarcable representación de una de las grandes mentes de nuestro tiempo.

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