La música popular lleva décadas funcionando como cronista y termómetro del momento. El de ahora, mal que nos pese, está marcado por una sensación colectiva de hastío perpetuo y desencanto juvenil, donde incluso la balada más idealista termina llevando algo de incendiario en su métrica. Es el signo de nuestros tiempos, funcionando en “¿Dónde está la ONU cuando más la necesitas?” como el resorte de un cancionero que amansa la desafección existencial con arrebato y saña como último gesto subversivo.
Tampoco podemos decir que el nuevo trabajo de Niña Polaca sea un disco canónicamente político (a la fórmula le faltaría todavía mucha más mala baba para ganarse semejante etiqueta), pero sin duda sí se trata de su repertorio más autoconsciente y (perdón por el cliché) maduro. “Ahora pienso mucho más en el futuro”, cantan a coro en los últimos estertores de “Suena ABBA cuando enciendes el motor”, casi como manifiesto teórico y sentimental del imperativo que gravita sobre su obra. Porque sí, “emosido engañado” y estamos, generacionalmente, hasta los mismísimos.
Pero la cosa va más allá de la pataleta veinteañera. Surma y los suyos se lanzan a la piscina para evidenciar que les duele la Terreta (de donde son naturales), poniendo el foco en algunos de los capítulos más negros de su historia reciente (“Hacer que dimita Carlos Mazón, que la sangre no se va con alcohol”, claman en “CSI Alicante (mi generación)”) o dejando en el aire un subtexto de desarraigo que, con los años, parece hacerse cada vez más latente (El quiosquero de Doctor Gadea, las sobremesas en San Juan o las vistas desde el parque de La Ereta como easter eggs localistas en el último tramo del elepé).
A su prosa encabronada (“¿Qué ha pasado con mi mente? La han echao' de la ciudad como a todos últimamente”, concluyen en el último corte del álbum entre guiños a la estaca de Lluis Llach) también se suma una palpable coherencia en la dirección estética y sonora del retoño, achacada, tal vez, a que en esta ocasión sí sea Guille Mostaza el responsable pleno de la producción y mezcla. Esta homogeneidad hace de la armonía de salón, las respuestas a coro o las escalas de piano la espina dorsal de una propuesta que deposita sus mejores golpes en el rock castizo (“Policía-Hachís”), en los himnos de estadio (“William Wallace en Lancaster”), en la ternura sabinera (“Contigo”), en la canción protesta reimaginada (“La codicia y capital de las fuerzas extranjeras”) o en esa psicodelia sinfónica emparentada con Cometa o Los Estanques (“La Platería”). Mención especial para el momento solista de Claudia Zuazo en “Sería Perfecto”, anticipándonos con dulzura rota ese apéndice con nombre propio que sabemos que se está gestando y que llevamos esperando desde que Muro María cerraran sesión.
No aspiran a hablar por nadie, pero irremediablemente vemos detrás de cada una de sus canciones un dedo índice apuntando descarada y conscientemente a esa generación precaria que refrena el fin de mes con pluriempleo y sertralina. Lo que en otros tiempos habría sido un repertorio de pura insolencia eléctrica y canallismo malasañero de postín, ahora se convierte en una llamada a la insurgencia doméstica en la que el amor contestatario nos hace a todos responsables de que la última palabra no sea de los de arriba.
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