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No voy a empezar a aburrir con todos los datos que rodean la grabación de este sorprendente trabajo de el Lichis. Los puedes encontrar en cualquier lado. Y sí, cabe reconocer que la nómina de artistas que han participado en el proceso es de las que quita el hipo. En especial la presencia de alguien con el oficio de Marc Ribot, sin desmerecer un ápice al resto. Pero no le quiero dar una notoriedad al elenco que reste valor a las composiciones y, que en el fondo, den una falsa idea de que este disco no se podría haber grabado en Madrid de la mano de músicos menos afamados, pero igual de artesanos. Manos que, por cierto, no solo tiene el omnipresente Carlos Raya, pero esa ya es harina de otro costal. Lo que está claro es que el Lichis ha planteado un álbum que se aproxima mucho al estilo de ilustres españoles como Quique Gonzalez y el poco revindicado Lapido, condensando lo mejor de ambos. Del primero ha captado la sonoridad neoyorquina a la que han contribuido la diaspora yanqui, y del segundo esa forma de escribir entre directa y metafórica. Unas letras en las que el Lichis se desnuda y confiesa que ya no sale a asustar. Menos mal que no se ha olvidado de construir grandes canciones.

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