Las diferentes mutaciones y/o encarnaciones acumuladas por este músico británico a lo largo de su carrera, son todas, cada una a su manera particular, latitudes orbitando alrededor de un mismo eje central, inmutable epicentro que señala hacia una virulenta y cruda representación del rock and roll primigenio. Rutas abisales que, bajo su actual nomenclatura, toman destino hacia un escenario demoníaco donde el azufre sonoro se sostiene sobre un pantanoso pentagrama de efervescente atracción.
Lejos de claudicar ante la simplificación –no exenta de veracidad, pero sí incompleta– que supondría definir este proyecto como una (soberbia) consumación entre las figuras de Little Richard y Screamin' Jay Hawkins, de las que sin duda son legítimas herederas piezas como la jadeante “Goin' Higher” o una arrebatadora “Let U Go”, su hoja de ruta musical se despliega por un mapa mucho más extenso y complejo. Una amplitud de horizontes que, sin desembarazarse nunca de esa túnica de furibundo predicador, incluso visible en el elegante jazz-swing de “Bekolah”, invoca la fiera sensualidad de Jon Spencer Blues Explosion en “Make It Rain” o recita con la garganta cargada de arena, a lo Tom Waits, una atronadora “I'm On Fire”. Incluso sus devaneos en busca del origen de los ritmos afroamericanos, llámense soul o rhythm and blues, son ejercicios que invitan a pensar más en The Dirtbombs o The Sonics que en cualquier aseada representación de dichos géneros, lo que significa que “Luv U” o “Exiled” nacen prendidas a otro tipo de tradición, una adiestrada bajo un colérico libro de instrucciones.
Esta constelación de estrellas, tuteladas por Jim Jones, no pertenece a ningún cielo celeste, su hogar habita en el subsuelo, allí de donde siempre ha brotado la más pura esencia del rock and roll. Tal y como ilustra la portada de este apabullante disco, las canciones contenidas en él son la perfecta y ruidosa banda sonora de una pelea de gatos que entona su propia serenata nocturna, un idioma que para quienes solo aspiren a practicar el sueño placentero representará poco más que unos maullidos estridentes, pero quienes se molesten en traducir su abecedario, hallarán lo más parecido a una profecía bautizada con fuego.
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