Hace años, a los primos apenas les veías. Si acaso, cuando ibais toda la familia a Lloret de Mar, de vacaciones, y parabais un rato en Barcelona. Unos bikinis en la Bodega d’en Rafel, unas patadas al balón en el parque de Joan Reventós y hasta el verano que viene. Afortunadamente, los primos se han hecho mayores y, cuando quieren y se les quiere, acuden a Madrid. Cada vez con más frecuencia. Apenas cinco meses después de la última visita, Tomavistas Ciudad, en su primera convocatoria de la temporada, quiso invitarles a su casa. Las dudas de si serían recibidos por toda la familia quedaban disipadas mucho antes de que sonaran los primeros ritmos de “Les cosines”. La sala llena, todo el papel vendido y los sobrinos del tío abuelo, esos a los que no veías desde alguna remota comunión, en la calle sin poder entrar.

Arnau, Roger, Martí y Guillem, que tardaron algo más de lo deseable en subir al escenario, abren, cada vez que actúan en Madrid y de manera involuntaria, el ya agotado debate. En la noche del Tomavistas, volvió a surgir: “¿Cómo pueden triunfar fuera de Cataluña si cantan en catalán?”. De nuevo esta pregunta se escuchaba entre algunos de los congregados. ¿Estrechez de miras? Tal vez. Si hiciéramos esa misma pregunta cambiando catalán por inglés y Cataluña por Inglaterra, nos mirarían, cuando menos, raro. La ‘canción viaje’ en forma de “BBVA”, la intimidad de “Desapareixíem lentament”, el miedo a crecer que aflora en “Cançó del dubte” y, prácticamente, todo el cancionero de los barceloneses, apenas necesitan traducción: en las letras de Manel se atisba una huida de la razón, ajenas ellas a una lógica imperante.

En “Jo competeixo” (Discmedi 2016), su cuarto trabajo, con toda seguridad, el más ecléctico, los Manel parecieron querer continuar con la ruptura que supuso “Atletes, baixin de l’escenari” (2013). Las máquinas de “Temptacions de Collserola” o “M’hi vaig llançar” así lo atestiguan. Pero, en general, un grupo no se destruye sino que se transforma, y, por ello, la esencia permanece. En el caso de Manel, algo de agradecer, porque, entre los temas de baile, es todo un privilegio escuchar “Boomerang”, la mediterránea “Ai, Dolors”, o poder despedirse, antes de los bises, con “Benvolgut”, tras el ratito kumbayá de “La serotonina”, esa canción en la que te das cuenta de que te irías de fiesta con el primo Guillem hasta el fin del mundo, a pesar de no perder el semblante serio en ningún momento: “¡Este tío es mucho más cachondo de lo que aparenta!”.

Tras casi una hora y media, la familia congregada empieza a torcer el gesto. Los primos han de volver, que el camino es largo y pronto se hace de noche. Comienzan a recoger, pero antes de cerrar las maletas nos dejan unos regalos: una “Jo competeixo” aún más extendida que en el disco; todo el amor de “Teresa Rampell” y, finalmente, “Sabotatge”, con Paul Simon sacando brillo a las bolas de la discoteca. Eso sí: queridos primos, llamad al llegar, dad recuerdos a los tíos y, ya sabéis, volved, de nuevo, cuando queráis, que siempre habrá un Madrid que os sabrá acoger.