La enorme expectación desper-tada por los norteamericanos (soporte mediático aparte) fue justificada con creces. Más cercanos de lo que esperaba, Garbage salieron a cumplir todos y cada uno de los ítems apuntados en el guión de los super-profesionales y se toparon con un público que les tocó la fibra. O al menos prefiero pensar eso. Porque las continuas loas, los numerosos agradecimientos y la visible emoción de una Shirley Manson pletórica no pueden, ni deben, ser producto de un estudio de mercado. Ella terminó mostrándonos todo. Su precario castellano, sus tetas, los pocos fallos de su voz, tórrida, seca. El desembolso, esta vez, si mereció la pena. Garbage fueron generosos con el público –más generoso todavía- y durante casi dos horas nos hicieron rebajar calorías («Happy When It Rains», «I Think I’m Paranoid»), ensoñar («Milk», «Medication»), desear («Queer») y también y sobre todo disfrutar («Push It», «Stupid Girl»). La perfección formal de su puesta en escena no ensombreció en ningún momento el principal logro del grupo: hacer canciones que dan envidia. Por eso, y aunque todavía sea muy pronto para decirlo, recordaremos este concierto al finalizar el año. Eso fijo.