La portada del número de febrero de MondoSonoro a punto estuvo de generar una cruenta guerra civil dentro de la revista. Convencidos como estábamos todos de que “In Ghost Colours” se había convertido en apenas tres años en un clásico contemporáneo, las diferencias llegaban a la hora de valorar “Zonoscope”, un disco que precisamente por esperado a muchos nos resultó decepcionante. Así las cosas, a Cut Copy se les esperaba en directo con muchísimas ganas, con la intención de que la banda australiana nos despejara incógnitas antes de empezar a pasearse por festivales, donde a menudo la prueba del algodón resulta más difusa, menos concluyente.
Sin teloneros y con una Heineken que se quedó muy pequeña (el cartel de “no hay entradas” se colgó hace semanas) el cuarteto salió al escenario en tromba y con los roles bien definidos: Dan Whitford en su papel de bailongo icono gay, como un Morrissey del siglo XXI. La base rítmica sobria, concentrados en su labor de apoyos a las voces. Y el guitarrista Tim Hoey desatado desde el minuto uno: ahora me encaramo a lo alto de la batería y a continuación sufro una serie de convulsiones para terminar maltratando la guitarra con la cabeza incrustada en la caja del bombo. Un showman que hizo todo lo necesario para que aquello se convirtiese en lo que tenía que ser, una celebración. Porque el concierto de Cut Copy de ayer se asemejaba a un tráiler de varias toneladas en lo alto de una montaña: si bien es cierto que al principio hay que hacer un esfuerzo importante para desplazarlo unos centímetros, una vez que rampa abajo aquello coge velocidad ya no hay quien lo pare.
Ayudó que el público tenía ganas de fiesta -una vez más se demostró que, cuanto menos en Madrid, los conciertos que realmente triunfan son aquellos que consiguen poner a todo dios a bailar- y también que los australianos demostraron su inteligencia completando un set que repartía equilibrios entre su segundo y tercer álbum (del primero sólo cayó “Saturdays”), que mostró las múltiples caras de la banda, todas ellas ejecutadas con precisión y contundencia. En ocasiones dándole una oportunidad a la reinvención -en la primera parte sonaron más orgánicos, más rock, para ceder protagonismo a lo electrónico en la recta final- y propulsadas las más de las veces por un inédito impulso rítmico, encontrando el apoyo puntual de un quinto componente a los tambores, un nerd encantador al que se le iba la vida en cada redoble y que terminó siendo jaleado cada vez que aparecía en escena. La interpretación de “Sun God” que cerró el concierto, llevando su tecnopop afilado a los terrenos del kraut y con Hoey maltratando la guitarra con las baquetas poseído por el espíritu de Thurston Moore se convirtió en el mejor ejemplo de lo que ofrece en directo una banda completamente imprevisible, con muchas más lecturas de las que se le suponen al dichoso “Zonoscope”. Aunque la imagen que mejor refleja lo que ayer se vivió en la sala Heineken no fue tanto esa como la que tuvo lugar en los bises, cuando tras el amago de invasión de escenario en “Need You Now” Hoey literalmente se lanzó a bailar “Out There On The Ice” con una platea ya entonces en pleno éxtasis. En comunión plena.