Ir hasta Getafe cada mes de julio se está convirtiendo en tradición. Cabe, eso sí, la duda de hacia qué lugar exactamente, pues el festival Cultura Inquieta ha ido trasladándose cada verano y probando los distintos recintos de la ciudad madrileña en un crecimiento modélico y progresivo, desplegando allá donde va su personalidad y carácter familiar, aglutinador de artes y géneros musicales.

En esta ocasión la base de operaciones se instalaba en el Polideportivo San Isidro, al sur de Getafe. Desde la puerta hasta el escenario uno se cruza con un futbolín, con una mesa de manualidades para los más pequeños o con una barra especializada en gin tonics… ¡Que no nos falte de nada! Aunque, claro está, si por algo se ha definido el festival es por la arriesgada oferta musical, especialmente en todo lo que tiene que ver con la música negra. Esa noche el menú traía soul exquisito de carácter asalvajado, con un segundo plato de blues oscuro y digestión larga. Es decir, Julián Maeso y Guadalupe Plata.

En esas, el toledano y su banda carburaban ya sobre el escenario con “Leave It In Time”, uno de esos temas perfectos para tantear y empezar a presumir de habilidades. Se trataba de una ocasión imperdible, pues Maeso se presentaba en sexteto, con la oportunidad de contar con coristas y con el imprescindible Pere Mallén a la guitarra. Espectacular al órgano, el músico se colgaba también la guitarra eléctrica para ir desgranando las canciones de sus dos discos en solitario hasta la fecha. “It’s Been A Hard Day”, “Little By Little” o un espectacular “One Way Ticket To Saturn”.

Con Guadalupe Plata siempre es otra historia, respecto a los demás e incluso respecto a ellos mismos. Ante la oportunidad de extenderse sin las limitaciones propias de los festivales de cartel amplio, los de Úbeda optaron curiosamente por la concreción, dando un buen repaso a una discografía que en realidad sirve únicamente de base para desplegar sus inquietudes, en general oscuras. Con ellos, cada noche es distinta. Temas como “Milana” o “Calle 24” pueden parecer imprescindibles, y no dejan de protagonizar grandes momentos cada noche, pero no son clave en un directo cuya valía reside en su conjunto. Bajo unas permanentes luces rojas (enemigas del fotógrafo), Pedro de Dios liberaba su ingenio con solos arrastrados y distorsión, a rebufo Paco Luis Martos (bajo) y Carlos Jimena (batería) marcando el ritmo con el diablo del blues y del jazz en el cuerpo. Sonaban temas recientes como “Huela a rata” o “Serpientes Negras”, también versiones lejanas a las originales, caso de “Gatito” y “Lorena”. Daba tiempo incluso a un bis, con Paco dedicando “Habichuelas del Oeste” a su novia. Una noche más en esa gira interminable que nunca ha sido gira. Ellos viven ahí, sobre el escenario.