Mi primer libro de ocultismo
ComicsSteven Rhodes

Mi primer libro de ocultismo

7 / 10
Fran González — 18-04-2026
Empresa — Autsaider Cómics
Fotografía — Archivo

En el universo gráfico de Steven Rhodes, la línea que separa la mueca de la perversidad es muy fina, sirva su más reciente antología de ilustraciones mefistofélicas como ejemplo de ello. Después de ver su santo y seña dispersos durante años en camisetas y merchandising –incluso en juegos de mesa–, Autsaider Cómics se hace eco del labrado historial de este artista australiano y recopila en un precioso volumen de tapa dura parte de su reconocible imaginario, heredero de la iconografía prepúber y del ocultismo pop a partes iguales.

Lo que este nos propone en “Mi primer libro de ocultismo” es un recorrido tan cachondo como desacomplejado por algunas de sus ideas más macabras, simulando entre sus páginas planteamientos que van desde falsos manuales de necromancia y piroquinesis hasta pasatiempos infernales, cancioneros siniestros o fichas de encargo postal y venta por correo. Un paseo triunfal por los recovecos de la memoria de quienes fueron niños en los setenta y ochenta a golpe de grafías retro, píldoras de cinismo con querencia por lo pulp y mala baba de ultratumba.

En efecto, el fetiche decorativo prima por encima de cualquier atisbo narrativo. No le resta ello, sin embargo, ni un ápice de su capacidad para cautivarnos, generando una irrefrenable pulsión lectora en nosotros y obligándonos a devorar del todo el libro a medida que vamos sumergiéndonos poco a poco en sus disparatadas premisas. Y es que Rhodes abre ante nuestros ojos, sin mayor intención ni recorrido que el presente, un amplio compendio de historias imposibles y descabelladas que, por muchas razones, desearíamos que gozasen de más continuidad discursiva (“¿Puedes adivinar quién ha poseído a Johnny?”, “¡Vende tu alma! (Educación Financiera)”, “Cuidados para tu perro del averno”, “Vamos a sacrificar a Toby”…).

Claro que tal vez sea precisamente la inmediatez y el golpetazo efímero de esos demenciales chascarrillos suyos donde resida el encanto del ejemplar. En lo relativo a esa mencionada y lúcida vis cómica, es Ata Lassalle quien firma una soberana labor en la traducción, trayéndose al idioma de Cervantes con impecable tino las sagaces chanzas originales de Rhodes, indisociables cada una de su respectiva ilustración y culpables todas ellas de causarnos la risotada padre (“¡Te pillé, tú la llevas!”, “Tu cuerpo está cambiando”, “Todo el mundo le da caña al baile de la araña”). Lección magistral de economía del gag, donde la brevedad bien tirada nos propicia una impagable y satánica carcajada.

Rhodes saca oro del lado más corrupto de la infancia y reformula esta por el altar de lo absurdo y lo caústico. En su virtud de trampantojo, “Mi primer libro de ocultismo” imita con inquietante fidelidad el lenguaje visual del pasado, ofreciéndonos en su interior un acertado equilibrio entre homenaje y sátira, desactivando de paso la impostada y cansina sacralidad de la nostalgia.

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