El huevo del dinosaurio (Öndög)
Cine - Series / Wang Quan’an

El huevo del dinosaurio (Öndög)

7 / 10
J. Picatoste Verdejo — hace 2 semanas

Una película de Mongolia sin niños. No nos llegan excesivas cintas de aquel país (o ambientadas en él), pero si lo hacen suelen estar encabezadas por la simpática imagen de infantes sonrientes que descubren el mundo por las estepas, acostumbradamente con animales de por medio, como la china “Ping Pong Mongol” (2004) de Hao Ning, “El perro mongol” (2005) de Byambasuren Davaa o “La cazadora de águilas” (2016) de Otto Bell. Wang Quan’an, que recibió la Espiga de Oro en el Festival de Valladolid por esta película y hace más de una década el Oso de Oro en Berlín por “La boda de Tuya”, evita este fácil reclamo para el público occidental y ofrece una sugerente, a veces fascinante, panorámica de la abúlica cotidianidad en aquel paisaje, tan plano como agreste. Lo hace partiendo de un particular Macguffin que, como tal, al director le importa poco: el descubrimiento de un cadáver. Es la excusa para sumergir al espectador en los rigores de un entorno duro y limitado que provoca que el cuerpo quede a la intemperie vigilado por un joven policía, a la espera de refuerzos, para que los lobos no le hinquen el diente a manjar tan apetitoso. A su vez el chico recibirá la protección de una cazadora solitaria y experimentada que lo resguardará no solo de los animales sino también del frío de la noche.

Quan’an apela al realismo para sus objetivos. No hay más música que la del viento, con la cómica excepción de las canciones que el aburrido guardián escucha por el móvil, un anacrónico “Love Me Tender” por ejemplo. El director obra como lo hace Kiarostami: deja hablar al paisaje y al modo en que los protagonistas se desplazan por él. El cielo invade la pantalla en más de dos tercios, su color cambiante nos hechiza y los cuerpos desaparecen entre las hierbas de la mullida estepa. Quan’an planifica así en tomas largas fijas por las que se mueven los personajes. La noción de tiempo en Mongolia ha de ser diferente a la nuestra y el cineasta nos empapa de ella. Por eso es una pequeña decepción que en plena inmersión el director rompa sus propias normas formales –si bien es cierto que las conculca solamente en momentos muy concretos– e incurra en evidencias de la manipulación cinematográfica como la cámara lenta o el desenfoque premeditado.

Dividida oficiosamente en dos partes, que podrían titularse “Muerte” la primera –la más sorprendente– y “Vida” la segunda, la cinta combate a través del personaje de la cazadora las sensaciones poco halagüeñas que parecen condenar al lugar. Emerge, por tanto, la figura femenina como fuente de esperanza.

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