Sin remordimientos
Cine - Series / Stefano Sollima

Sin remordimientos

5 / 10
JC Peña — 18-05-2021
Empresa — Amazon Prime Video
Fotógrafo — Archivo

En la lejana era del videoclub, junto a los estrenos que habían pasado por las salas de cine, las distribuidoras imponían abundantes títulos de serie B, que llegaban con el estigma de no haber sido estrenados en pantalla grande. Era de sobra conocido que, salvo raras excepciones, eran puro relleno. Por eso las major metían todas las películas en paquetes indivisibles.

En la era de las plataformas, Amazon, HBO y Netflix compiten contratando talento a golpe de talonario para los estrenos exclusivos que publicitan a todo trapo, con los que pretenden atraer espectadores y mantener a sus fieles; una estrategia que, como demuestra esta floja “Sin remordimientos”, da pie a una catarata de cintas prescindibles de las que nadie se acordará en pocas semanas. Se trata de engordar la maquinaria y hacerlo rápido, con las consecuencias previsibles que hemos visto una y otra vez en estos últimos años. En realidad, son serie B con un envoltorio lujoso. Relleno.

“Sin remordimientos” resucita el de por sí discreto sello del novelista de best sellers Tom Clancy, habitual del Hollywood de los noventa, con sus intrigas de geopolítica, agentes de la CIA metidos en barullos serios, peliagudas operaciones encubiertas en los rincones más turbios y peligrosos del planeta, traiciones y dobleces, soldados modélicos bajo los caprichos y ocurrencias de mandos corruptos. La película se basa en una de sus novelas, aunque los fans del escritor (que los hay) aseguran que cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia. En la trama fílmica reconocemos los nobles elementos de la saga “Bourne”, “Misión imposible” o “Homeland”, ingredientes que anticipó Clancy, pero el guion es tan previsible, sus personajes tan insustanciales, los trucos tan pobres, todo está tan visto, que a su lado los protagonistas de la famosa serie de espionaje de Showtime tienen la entidad de los de Shakespeare. Digamos que hay un complot urdido desde las altas esferas y un Navy Seal implacable al que, como peón de un juego global, le joden bien la vida. La acción nos lleva de Siria a suelo norteamericano para culminar en la remota Murmansk (Rusia). Obviamente, los rusos están de por medio.

Y no es que haya que renegar del noble cine de acción o aventuras, todo lo contrario. Aquella reciente y divertida “Tyler Rake” de Netflix mostraba que la acción visceral sin tonterías sigue teniendo su gracia, cuando se hace sin mayores pretensiones. Lo desconcertante en lo que se refiere a esta inane, por momentos ridícula, historia de venganza, es que detrás de ella está el solvente tándem de la apreciable “Sicario: el día del soldado”: el excelente director romano Stefano Sollima (uno de los responsables de la magnífica serie “ZeroZeroZero”) y el guionista (y también solvente realizador) Taylor Sheridan. Sollima hace lo que puede con un guion indigno del autor de “Comanchería”, que se limita a cubrir el expediente con un material ajeno que no le entusiasma.

El italiano es muy buen director de escenas de acción y la elegante limpieza de su puesta en escena es la mayor virtud de la cinta, pero la música grandilocuente del islandés Jónsi (sí, el de Sigur Rós), flashbacks que no pueden ser más tópicos y algunas escenas de épica ridícula (ni a Chuck Norris se le perdonaría que se líe a tirar granadas desde un octavo y acierte en cada coche), restan. Nada que objetar en el apartado técnico: si en la era del videoclub, los títulos de serie B solían ser cutrecillos, en la era de las plataformas los medios sobran. En la escena del avión derribado o el tiroteo en Murmansk no se escatima un dólar. El problema es que ningún lifting de CGI puede resucitar un guion que nace cadáver.

El reparto se limita a cumplir el expediente, con un Michael B. Jordan mazado y hermético, un Guy Pierce hierático y un Jamie Bell con mala cara constante. Luego tenemos, faltaría más, las concesiones de esta era en la que todo se fuerza para seguir la corriente de moda, al precio de cualquier verosimilitud: poner a una pétrea Navy Seal (Jodie Tuner-Smith) al mando, actuando exactamente igual que el maromo con más testosterona, nos muestra lo que se ha avanzado desde los tiempos de la teniente O’Neil.

Postdata: Amazon, que se ha acostumbrado a dar una de cal (“ZeroZeroZero”) y unas cuantas de arena (ese “Cid” macarrilla…) acaba de incorporar a su catálogo un aluvión de clásicos inmortales. Cuidado, porque comparar este producto de sobremesa sin alma con (por poner un par de ejemplos de directores europeos que trabajaron en Estados Unidos) joyas como “Perversidad” o “Almas desnudas”, es tan doloroso como educativo.

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