Solo nos queda bailar (And Then We Danced)
Cine - Series / Levan Akin

Solo nos queda bailar (And Then We Danced)

8 / 10
Rubén Romero Santos — hace 3 semanas

El baile, que no el cine musical, se ha convertido en una curiosa metáfora de los problemas europeos y, por extensión, globales. En el rostro y el cuerpo de sus intérpretes se dibuja el sufrimiento existencial por encontrar una identidad que puede ser política (caso de “Billy Elliot, quiero bailar”) o sexual (la reciente “Girl”). El tercer largometraje del sueco Levan Akin, “Solo nos queda bailar (And Then We Danced)”, entra por derecho propio como pieza destacable de esta segunda categoría.

Viajamos al Este del continente, más concretamente a Tiflis, Georgia. Como en la exitosa “Cold War”, nos sumergimos en los entresijos de una compañía folklórica, sección danza georgiana. ¿Y qué nos encontraremos si buscamos en la guía del mochilero las palabras “danza georgiana”? Pues un ejercicio altamente físico que recuerda a los bailes cosacos y que fue modificado durante la época soviética para dotarlo de más virilidad. Aquí, a diferencia de en la película de Pawlikowski, la acción transcurre en el presente. Merab, interpretado por un carismático debutante como Levan Gelbakhiani, es un imberbe bailarín altamente achuchable, casi tan icónico como el Victor Polser de “Girl”. Bailarín de día, camarero de noche, Merab es todo bonhomía e intenta aportar optimismo, dinero y sentido común a una familia desestructurada. Pero la llegada de otro bailarín de provincia, más hombretón, pondrá su vida (y su ropa interior) patas arriba. Podría parecer una historia de aceptación de la diferencia y autoafirmación clásica, y en buena medida así es. Alrededor de la trama de amor que cuestionar los caducos prejuicios sociales orbitan una subtrama sobre Caín y Abel y otra romántica sobre ingenuas y virginales mariliendres. Sin el virtuosismo –ni el presupuesto– de Pawel Pawlikowski, Akin se las ingenia para ofrecernos momentos de gran belleza. El director juega con algunos tropos habituales del melodrama contemporáneo (un momento musical que recuerda a los habituales de Almodóvar, por ejemplo), y su mayor mérito reside en el baile entre cámara y protagonista en interiores.

Decíamos que la historia puede parecer simple (que no simplista). Tal vez la liberadora escena final, tan “Flashdance” o “Billy Elliot”, sea un poco convencional y en algunos momentos se roce lo melifluo. Pero basta leer la prensa, y enterarse de los ataques homófobos sufridos por el equipo en el Festival de Cine de Tiflis, para entender lo valiente que hay que ser, todavía hoy, en algunos lugares de Europa, para defender el derecho a amar (¡y bailar!) como se quiera.

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