El escándalo (Bombshell)
Cine - Series / Jay Roach

El escándalo (Bombshell)

7 / 10
J. Picatoste Verdejo — hace 3 semanas

En un curioso caso de bipolaridad fílmica, la carrera de Jay Roach se ha desarrollado hasta el momento por dos vías diferentes, circunscritas a medios distintos: por una parte, una tendencia a la comedia disparatada en cintas como “Austin Powers 2: La espía que me achuchó” o “Los padres de ella”, por otra, un interés por el telefilme histórico-político con títulos como “El recuento” o “Game Change”, crónicas excelentes de los entresijos de la política norteamericana no exentas de punzante sentido del humor. Con su penúltimo largometraje, “Trumbo”, ya apuntaba a la redención: olvidaba las chocarrerías de su obra cinematográfica anterior para su correcto y pulcro acercamiento a la caza de brujas de Hollywod. Ahora, con “El escándalo (Bombshell)”, reincide en el cine basado en hechos reales. Se trata de una cinta en que el hecho investigado no tiene a periodistas como detectives heroicos sino como víctimas en la sociedad del #MeToo: las acusaciones por parte de varias reporteras de abusos perpetrados por Roger Ailes, fundador del canal de noticias conservador Fox News.

Frente al estilo clásico –diríase periodístico– que enarbolaban cintas como “Todos los hombres del presidente”, “Spotlight”, “Los archivos del Pentágono” o incluso la reciente “Richard Jewell”, se está imponiendo en estos tiempos, en los que el entretenimiento ha sustituido a la información en los medios de comunicación, una manera heterodoxa de abordar la reconstrucción de hechos reales que incide en el punto de vista de quien narra. En este sentido, la figura de Adam McKay se erige como fundamental e influyente en el último lustro. Mckay, proveniente como Roach de la comedia de carcajada con filmes como “Hermanos por pelotas” o “Los amos de la noticia”, realizó en 2015 –el mismo año que “Spotlight”“La gran apuesta”, su particular visión de la crisis económica del 2008. Este viraje profesional le proporcionó un Oscar como coguionista (junto a –quédense con el nombre– Charles Randolph) de aquella cinta con montaje dinámico, interpelación al espectador y humor cínico e incisivo que evidenciaba sin ambages la subjetividad del análisis emprendido. McKay –sin Randolph– insistía con mayor vehemencia en “El vicio del poder”biopic de acoso y derribo de la figura de Dick Cheney– dando la espalda a cualquier asomo de imparcialidad, un reconocimiento de que en el periodismo (y el mundo) actual no caben miradas asépticas. Como todo estilo o tendencia, existen también los manierismos que pervierten la idea original. Así Steven Soderbergh, que había dignificado el telefilme basado en hechos reales en la cinematográfica “Erin Brockovich”, recientemente nos ha ofrecido la mediocre “Laundromat”, sobre los papeles de Pánama, acogiéndose a la fórmula McKay.

En “El escándalo”, Randolph, coinventor de aquella gran apuesta fundacional, firma en solitario el guión y hace evolucionar el cine de Roach aportando mayor dinamismo que el que mostraba “Trumbo”. Sin llegar a los extremos de McKay, “El escándalo” apela directamente al espectador y se sirve del montaje para intrincar las experiencias de tres personajes que representan el pasado, el presente y el futuro de una cuestión general –el acoso/abuso a empleadas–: Nicole Kidman en la piel de una veterana periodista degradada en la parrilla de la cadena por Ailes, Charlize Theron como estrella del canal y Margot Robbie en un personaje ficticio de joven periodista que simboliza la esperanza del cambio, el grito de la revuelta.

El filme evita la tentación del posicionamiento arrebatado y se muestra sabio en la progresión de la información manejando el tempo cinematográfico a través de la atmósfera viciada, las insinuaciones, los sobreentendidos y, finalmente, las revelaciones. Sin ser equívoca ni indulgente con Ailes, la cinta rehúye el tratamiento maniqueo y se sirve de esa nebulosa compuesta de ambiciones e ilusiones, de secretos y rumores y de afectos y confusiones, para ahondar en las emociones de las protagonistas –amén de sus dudas y contradicciones–, lo que les da mayor volumen y las aleja del esquematismo.

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