Dios es mujer y se llama Petrunya
Cine - Series / Teona Strugar Mitevska

Dios es mujer y se llama Petrunya

6 / 10
J. Picatoste Verdejo — hace 1 mes

En su quinta película, la directora de origen yugoslavo (nació en la actual Macedonia del Norte) Teona Strugar Mitevska parte de un hecho real acaecido en Stip, una ciudad normacedonia que practica una tradición habitual en países ortodoxos, el zambullido de hombres jóvenes, a principios de año, en las aguas gélidas de un río con el objetivo de encontrar una cruz de madera, arrojada previamente por un sacerdote local. Pese a ser una costumbre solo reservada a la comunidad masculina, en 2015 una mujer se lanzó sin previo aviso a la vez que ellos y consiguió el preciado objeto antes de que lo atrapara ningún hombre. El hito iconoclasta de aquella intrépida no fue debidamente valorado por las autoridades ni por la prensa, más bien todo lo contrario, ya que ella fue criticada y se le pidió que devolviera la cruz. De ahí que Mitevska convierta su filme en una suerte de agitador manifiesto feminista. Así, hace de su heroína –eficazmente interpretada por la novel Zorica Nusheva, proveniente del teatro local y ganadora del premio la mejor actriz en el pasado Festival de Sevilla– una joven treintañera, oronda y en paro, frustrada por la falta de oportunidades y el hastío de su entorno, cuyo acto de rebeldía le hará tomar conciencia de su poder de acción. La descripción, no sin humor, del paisaje inhóspito y descorazonador así como de los personajes que lo pueblan proporciona buenos momentos a la película.

Por otro lado el filme tiene su mejor baza en la premisa y da visibilidad a las injusticias de una tradición arraigada, expone internacionalmente a una cultura frente a sus taras, abre debate y tiene poder de cambio, o, al menos, lo intenta. Hay en esa base, por lo tanto, algo que hace única a la cinta. Sin embargo la realizadora se obnubila con sus intenciones reivindicativas y desatiende lo puramente cinematográfico en una segunda parte en la que, varados los protagonistas en una comisaría rodeada por la horda rabiosa y cenutria de nadadores que reclaman lo que consideran suyo, Mitevska estanca también la narración. Le falta ahí la mordiente de un Azcona o el ritmo de un Wilder a cuya “El gran carnaval” la obra parece citar: una periodista se interesará por el caso no únicamente debido a la causa feminista sino también en beneficio propio. Por ello lleva a equívoco el uso en el tráiler de un pasaje frenético del “Peer Gynt” de Grieg, ya que promete un dinamismo que la película no acaba de explorar. Tampoco ayuda el acabado formal del filme, oscuro pero sin matices, dotado una iluminación plana y tosca en una puesta de escena funcional y deslavazada.

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