Escena del crimen: desaparición en el Cecil Hotel
Cine - Series / Joe Berlinger

Escena del crimen: desaparición en el Cecil Hotel

6 / 10
Daniel Grandes — 27-02-2021
Empresa — Netflix

A la generación que espera impaciente su invitación a Clubhouse le gustan los true crimes por el mismo motivo por el que a la generación de los Lumiere le hipnotizaba ver un tren entrando en una estación. Ambos productos audiovisuales, cada uno en su contexto, recuerdan al espectador que el cine abraza lo real como ninguna otra disciplina artística ha sido capaz de hacerlo. Nos hacen sentir espectadores de una realidad que podríamos llegar a protagonizar, como si la pantalla fuese una neblina policromática que un buen relato podría llegar a convertir en una ventana capaz de ser atravesada. Esa capacidad voyeurista tan hitchcockiana de formar parte de la acción sin ser observado por los implicados en esta es tan propia de Twitter como de la última miniserie documental de Netflix, “Escena del crimen: desaparición en el Cecil Hotel”. Y es que no podemos hablar de uno sin el otro.

Este true crime basado en el famoso caso de la desaparición de la joven Elisa Lam en el misterioso hotel Cecil de Los Ángeles traslada al contexto televisivo ese morbo ontológico tan propio de la cultura del creepypasta cuya inauguración en el mainstream podría situarse con el coreografiado estreno de “El proyecto de la bruja de Blair” (99). Porque pocas cosas hay más estimulantes que un relato que deambula entre lo ficticio y lo real, un limbo que las redes generan de forma casi innata. ¿Acaso hemos olvidado ya el hilo de Manuel Bartual? ¿O todo lo que pasó con Marina Joyce?

La cultura pop contemporánea está marcada por estas reescrituras digitales de las cajas Brillo de Warhol, por lo que no es de extrañar que los formatos televisivos tradicionales (resulta distópico tener que llamar ya tradicional a Netflix) quieran un trozo del pastel. Querer centrar una miniserie en desvelar todos los secretos que esconde el perturbador video viral del ascensor del hotel Cecil parece una idea atractiva a priori, pero traiciona la propia naturaleza del fenómeno mediático que originó.

“Escena del crimen: desaparición en el Cecil Hotel” busca dar respuestas a una pregunta que resulta sugerente justamente porque es abierta. Después de una introducción que nos recuerda a una especie de “Psicosis” (60) construida desde el acelerado montaje publicitario, el documental se convierte en un ensayo visual sobre el contexto social, histórico y político que envuelve el caso. Algo que puede llegar a resultar informativo, incluso interesante por momentos, es también esencialmente anodino. Es contraproducente centrar un producto en otorgar contexto a una pieza audiovisual cuya razón de ser reside justamente en esa falta de contexto. Casi como ese meme que pierde la gracia justo en el momento en el que conocemos su origen. Querer racionalizar el vídeo del hotel Cecil es querer racionalizar un mito contemporáneo, aquellos tan necesarios para nosotros, la generación del desencanto.

La miniserie parece obsesionarse por anular la inquietante naturaleza fantástica que la historia de origen presenta. Se hace referencia a todas esas casualidades que rodean el caso de Elisa Lam que parecen demasiado calculadas como para ser aleatorias, pero siempre para ser racionalizadas al instante. Tests de tuberculosis realizados en el hotel llamados LAM-SARA, cantantes de death metal hospedados en el Cecil que cantan sobre una chica muriendo en el agua, incluso la existencia de la película “Dark Waters” (02), que describe un caso extremadamente parecido al de la joven aún haberse estrenado años antes de lo sucedido. Siendo las casualidades que parecen causales nuestro fetiche narrativo por excelencia, me sorprende lo reacio que es el documental a echar más leña a ese fuego.

Realmente no me sorprende tanto, puesto que en su recta final parece desvelar sus motivos, adoptando una vertiente mucho más crítica sobre todo lo que hemos estado comentando. El documental juzga esta tendencia de las redes por romantizar el dolor ajeno solamente por ser anónimo, por parecer una ficción que poder objetivar. Twitter parece gamificar esta serie de eventos en muchas ocasiones, haciendo sentir a los usuarios como jugadores de una experiencia cuyo lugar en lo real suele ser olvidado, algo que ya contaban otros productos del estilo como “Don’t F**k With Cats” (19). Ficcionar puede llegar a ser una forma de banalizar, de convertir a personas en personajes y a sus traumas en arcos argumentales. Pero en este saco podemos meter tanto a la gente de Twitter como a los guionistas de este documental, quienes de alguna forma repiten los errores que señalan.

Decir que el hotel y sus alrededores están embrujados es más fácil que asimilar que la realidad socioeconómica de su barrio, el Skid Row, es un problema real sobre el que la ciudad de Los Ángeles parece hacer oídos sordos. Decir que Elisa Lam estaba poseída por ese ascensor es mucho más poético que digerir el hecho de que la joven sufría bipolaridad. La serie parece hablarnos de cómo este tipo de ficciones virales no dejan de ser figuras retóricas que no pueden desvincularse de un debate ético. Quizás por eso el documental no permite hablar desde el prisma de lo fantástico. ¿Puede ser el Overlook ya algo más que una metáfora?

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