Amigo
Cine - Series / Óscar Martín

Amigo

8 / 10
Daniel Grandes — 24-03-2021
Empresa — El Ojo Mecánico
Fotógrafo — Archivo

Una película de terror protagonizada por Javier Botet y David Pareja era la fantasía sexual de muchos (entre los cuales me incluyo). Y es que tenía muchísimas ganas de ver cómo los protagonistas de “Funny Webcam Effects”, uno de mis videos favoritos de todo Internet dirigido por el maravilloso ilustrador Néstor F, transportaban ese ingenio y esa química esencialmente cómica a una historia de género. Pero es que después de ver “Amigo” por tercera vez, aprovechando su llegada a Filmin, es mucho más fácil darse cuenta de que, aunque no lo parezca, pocas cosas diferencian a la nueva película de Óscar Martín de “Funny Webcam Effects”.

“Amigo” es un número de funambulismo cinematográfico, un juego de equilibrio perfecto entre la sobriedad y lo bizarro, donde el horror y el humor se convierten prácticamente en términos homófonos. Al igual que en “Funny Webcam Effects”, la esencia del largometraje reside en cómo la tragedia se impregna de una leve capa de indecencia que provoca esa siempre tan placentera risita culpable. Porque “Amigo” maneja un humor tan oscuro que a veces cuesta incluso encontrarlo. Es en los momentos clave de la película donde aparece para coger, como si de dos mejores amigos se trataran, al terror de la mano.

Lo nuevo de Óscar Martín es un relato sobre la impotencia y la indefensión tanto física como psíquica, una fábula minimalista sobre cómo el trauma y la culpa son invisibles heridas no cicatrizadas que nos hacen frágiles. “Amigo” es una agónica fiesta de disfraces con sólo dos invitados, un juego de apariencias y máscaras del que cada vez es más complicado saber quién es el anfitrión. “Nadie se hace santo sin haber sido diablo”, parece gritarnos a la cara Martín mientras dinamita con una desesperantemente pasiva puesta en escena cualquier atisbo de misericordia. El filme parece saber que cuanto más dilate el tiempo y cuanto más estático resulte el plano, mayor va a ser para el espectador el desasosiego. Un desasosiego que, progresivamente, se convertirá en una opresión taquicárdica.

“Amigo” es un “Amor” de Haneke con (más) mala hostia (aún), un “¿Qué fue de Baby Jane?” para esa España profunda que tiene miedo a abrazarse con otro hombre. Porque también hay algo de viaje en el tiempo aquí, de reivindicación de una cultura audiovisual castiza que ya prefiguraba en “Historias para no dormir” y en “Mortadelo y Filemón” a partes iguales las bases de esta historia. Y es que hablando de icónicos dúos cómicos, es imposible no remarcar el tour de force del descaro que se marcan Botet y Pareja, siguiendo de forma inconsciente los pasos de su coetánea “The Lighthouse”, con la que podemos trazar más de un paralelismo. Es fascinante cómo estos dos amigos parecen alejarse de su zona de confort para encontrar ahí la forma idónea de reivindicar su esencia.

Porque Javier Botet jugando a ponerse filtros graciosos en el rostro mientras consuela a David Pareja por la muerte de un ser querido es “Amigo” antes que “Amigo”. Porque esta revisión retorcida de los perros de Pavlov no podría ser tan paranoicamente convincente sin esa complicidad trabajada desde hace años. Al igual que tampoco lo podría ser sin el excelente trabajo de composición visual de Óscar Martín, capaz de generar tensión con cada mínimo detalle de la puesta en escena remarcando ese sutil pero continuo crescendo que estructura la obra. Estamos sin duda ante una de las joyas del terror español de los últimos años, sobre la muestra perfecta de las consecuencias que el aislamiento puede llegar a tener en la salud mental (te entendemos, Javi).

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