Entrevistamos a la directora Lucía Alemany con motivo del estreno de “La innocència”
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Entrevistamos a la directora Lucía Alemany con motivo del estreno de “La innocència”

J. Picatoste Verdejo — hace 1 semana
Fotógrafo — Sophie Koehle

La adolescencia es el gran tema de la, por el momento, breve carrera de la directora Lucía Alemany, tortosina de nacimiento. Debuta en el largometraje con “La innocència” (La inocencia), ambientado en un pueblo castellonense y protagonizado por la también novel Carmen Arrufat en la piel de una quinceañera que se queda embarazada. Se trata de un filme que desprende autenticidad, es un pedazo de la vida de su creadora, y se estrena el 10 de enero.

Antes de “La inocencia” habías dirigido el corto “14 anys i un dia” sobre la dificil relación entre una hija y su madre. Ambos abordan el tema de la adolescencia. ¿Por qué te interesa tanto?
Es una edad que me queda lo suficentemente lejos como para poder mirarla en perspectiva desde un punto de vista más maduro y suficientemente cerca como para que todavia me sienta de alguna manera en ella. Hay algo que me atrae; hablamos el mismo lenguaje. Por otro lado es una época muy especial porque tendría que ser como de las mejores épocas de tu vida, el momento en que empiezas a descubrir cosas, pero es también muy dura porque dejas atrás la espontaneidad del niño, que vive solo el presente y se dedica a jugar, para pasar a otro punto, la edad adulta, que te han contado lo que es. En esta época los adolescentes necesitan mucho amor, saber que están integrados en un lugar, buscar quienes son, crear su personalidad y empezar a definirse. Este batiburrillo es hipercomplicado y siento que ni desde la institución familiar ni desde la educación ni la sociedad se trata con la delicadeza suficiente. Siento que los adultos somos unidireccionales: “tienes que hacer esto, tienes que hacer lo otro”, “esto está bien, esto está mal”… Y ahí creo que los destrozamos. Por eso me he centrado en esa época. De hecho, ahora he realizado “69 raons”, un programade sexo y adolescentes para À Punt que lo he planteado de manera que son los adolescentes los que hablan de sexo. Podemos aprender de ellos. Son nuestras nuevas generaciones. Lo que yo he intentado contar tanto en el corto como en el largo es que estas dos figuras adolescentes se tienen que liberar de unos patrones que están imponiendo los adultos. Y ellos están ahí picando piedra para poder hacer su vida sin esa carga. ¡Dejemos de ponerles carga, por Dios!

“El embarazo no deseado lo que hace es impulsar un conflicto: si yo, como adolescente menor, no tengo el ambiente de suficiente confianza en mi casa para pedirles a mis padres el permiso para abortar, ¿qué hago?”.

Las dos obras tienen una fuerte base autobiográfica. ¿A partir de ahora hacia dónde irá tu carrera como directora?
Siempre que haga algo lo haré desde mí, desde mis entrañas, mi corazón y desde algo que me sea muy profundo. Si no, no le dedicaría tanto tiempo. ¡Cuatro años para “La innocència”! Sobre todo porque siento la responsabilidad que tenemos los que hacemos cine. Seamos conscientes que gozamos de un altavoz que llega a mucha gente y que hay una transmisión de valores y una responsabilidad muy grande que se debe asumir. Así yo he de tener claro cuáles son mis valores. No voy a hacer una peli de tiroteos y violencia o un thriller de ladrones. Me parece muy bien el cine como espéctaculo pero no es lo que a mí me interesa. Por lo tanto siempre iré a buscar dentro de mí. Sé que quiero probar nuevas maneras de hacer. En el corto y en el largo mi objetivo principal era el realismo. Que los actores estuvieran naturales y que no vieras ni al actor ni a la actriz sino al personaje. Podemos decir que lo he conseguido, check. De cara a lo siguiente lo que quiero es que la narrativa visual, la estructura, toda la poética de mi cine cambie. Probar un nuevo lenguaje. No sé, tener de referencia a David Lynch o “El club de la lucha”, cosas así, radicalmente diferentes. Más cercano al thriller psicologico pero siempre hablará de mí: o de algo que yo he vivido o de algo en lo que creo firmemente.

La película aborda el tema del aborto y por ahí también pasa la carga autobiográfica. En el Festival de San Sebastián reconociste que habías abortado con diecisiete años. (La protagonista tiene quince).
Sí, pero lo importante no es eso. Yo entiendo al periodismo y que si a mí me preguntan en San Sebastián si el filme es autobiográfico y digo que sí pues eso es un titular que mola. Ok, ningun problema pero no siento que sea una película que reflexione sobre el aborto. Creo que es una peli que habla de una relacion paternofilial. El embarazo no deseado lo que hace es impulsar un conflicto: si yo, como adolescente menor, no tengo el ambiente de suficiente confianza en mi casa para pedirles a mis padres el permiso para abortar, ¿qué hago?, ¿me escondo?, ¿intento hacerlo por otra vía?… Y dejando de lado el aborto, ¿qué pasa en estas relaciones que no existe la confianza de poder ir y explicar el problema? A partir de ahí, la reflexión es de cada uno, de cómo actuaría cada cual.

En ese sentido hay un personaje delicioso, la vecina a la que llaman Remedios Naturales, interpretada por Sonia Almarcha y que aconseja a la protagonista. Imagino que a través de ella vehiculas tus reflexiones sobre tu experiencia personal.
Creo que está claro que el personaje de Remedios Naturales es el que lleva la voz de moralidad cuando le dice que “esto no es como quitarse una muela, llevas una vida dentro y tú has decidido cortarla”. Que está bien –tú la creas, tú la cortas–, pero seamos conscientes de lo que estamos haciendo. Es el personaje que me tomo más en serio porque estoy harta de que los reikis y otras cosas similares se traten desde la risa. Quería una “Remedios Naturales” de verdad, que no es solo terapeuta sino que tiene un punto místico y al principio hicimos mucho casting a gente así porque me daba mucho miedo rozar la caricatura y hacer ‘una hierbas’. Al final se optó por una actriz, Sonia Almarcha, que es la bomba, y que fue una propuesta de la directora de casting, Déborah Borque.

Precisamente una de las cosas más bonitas de la película es el perfil de los personajes, que no son de una pieza. Por ejemplo la madre, encarnada por Laia Marull, que está entre la inocencia y el rigor que a su vez han implantado en ella las generaciones anteriores.
Cuando vino Sergi López, le dije abiertamente que Carmen Arrufat hacía de mí y él de mi padre: “Si quieres ir, ve y habla con él un rato”. El de Laia Marull es más complejo. Había momentos en que ella me decía que era tan contradictorio que no sabía lo que estaba haciendo. Y estaba bien porque su personaje era una ingenua, a la vez que infantil e inocente, a la vez que histérica y agresiva. Se tenía que pensar más que el resto. Desde ahí, había que construirlo, jugar con lo emocional y dejarse llevar, que es lo que hacía Laia. Me decía: “Me estoy dejando llevar y no sé lo que estoy haciendo”. “Tranqui, tranqui, confía”, le respondía. El personaje de Sergi era más fácil. Lo que necesitabamos de él era que fuera carismático. Tenía claro que no quería al tipico labrador de panza peluda de pueblo. No quería ese estereotipo. Quería un canalla, atractivo, que tal vez en su juventud también se drogaba. Pero al final se ha hecho más estereotipado de lo que yo quería.

Seguramente es el personaje más unidimensional.
Sí, sí. Totalmente. No tiene profundidad, es plano y roza el estereotipo. Lo de la falta de profundidad lo aceptaba, lo del estereotipo… Pero, bueno, cosas que pasan, ha habido poco tiempo de montaje… Da igual (ríe).

Otro personaje interesante tal como está planteado, incluso se podría decir que arriesgado, es el del novio que tiene un punto agresivo,pero al que también le aportas una ternura que va más allá del estereotipo.
Sí, retomando lo de antes, yo quería tratar al padre como al novio. También es una convicción mía el hecho de que no creo nos beneficie que el malo siempre sea el malo. Las personas tenemos nuestra profundidad y tenemos nuestro corazón. Incluso Hannibal Lecter (ríe). Los estereotipos en el cine me repatean y estaba bastante cansada de victimizar a la mujer haciendo que ella sea la que quiere tener el hijo y que el hombre, el malote, es el que no quiere. Pues no. No siempre es así en la realidad. Por eso nos centramos en crear un personaje humano, que sintiese, que tuviera esa profundidad, e incluso que puedieras llegar a empatizar con él. Sí, es un quinqui y está claro que desde el minuto en que ella se queda embarazada sabes que este tío no le conviene. O sea que si esta niña decide tener un hijo con él acabará como su madre. Una vez contado eso, el tío es también otras cosas. Sufre y está enamorado de ella.

Otro tema de la película es la vida en el pueblo. Está rodada en el lugar en el que te criaste Traiguera, en Castellón. Pero el retrato que haces del pueblo no es muy complaciente: machismo, miedo al qué dirán, la tradición del toro embolado…
Mi intención era mostrar lo que hay. El carácter valenciano sabe reirse de sí mismo. Siempre tienes la inquietud de si molestarás a a alguien pero sabía que haría un retrato del pueblo y que cuando la gente se viera se reiría, y dirían “sí, soy así”.

Hay momentos en que parece que está anclado en el pasado.
Es adrede. De hecho entiendes que es el presente porque llevan móviles. Si no, pensarías que sucede en el pasado. Había una escena en el guión que lo decía de manera clara: “es un pueblo que está anclado que algo ya no está de moda”. El ritmo de la urbe y el del pueblo son diferentes tanto en referencia a la modernidad como en lo personal. Es bueno y es malo, no lo critico. El ambiente que hay en el pueblo es más humano que el estrés que tenemos aquí. Pero la música discotequera de Valencia todavía existe. Vas a L’Hospitalet de l’Infant (Tarragona) y te das cuenta que tiene la estética de los noventa del Alfa o el Pont Aeri. Hay sitios muy concretos que se han mantenido. La discoteca Masia (Segorbe) existe todavía. Y en las verbenas, una discomóvil con “Flying Free”. El Smile es tipiquisimo en Valencia. Hay algo ahí de esa epoca discotequera y de esa nostalgia que hace que todavía ahora suene, obviamente entre trap y trap. Lo que yo quería contar es qué pasa cuando choca lo viejo y lo nuevo, cuando vienen unas nuevas generaciones adolescentes que no querrían ese anclaje sino otras cosas que están pasando fuera. La protagonista quiere irse a estudiar circo, no quedarse viendo toros.

Hablando de música, no hay ni un solo segundo de música extradiegetica, añadida. ¿Tiene que ver con tu obsesión por el realismo?
Totalmente. Era lo que iba buscando. Mi referente máximo era “Fish Tank”, de Andrea Arnold. El dire de foto, Joan Bordera, me decía “Lucia, para ya, no quiero volver a oír hablar de ‘Fish Tank’”. Claro, si te metes en el realismo pues te metes. Si pongo una musica extradiegetica ya no hay ese realismo puro que yo iba buscando. Como te he dicho, de cara a la próxima me quiero soltar pero aquí sí quería experimentar eso, poder meterte en un personaje en un sitio concreto y casi casi rozar el documental.

La ironía es que os han nominado a mejor canción (“Allí en la arena”, de Toni M. Mir) en los Goya. Se oye en la verbena y en los créditos finales.
¡Sí! Es una copla. He crecido escuchando copla. En esa zona, todas las tierras del Ebro, hay mucho folklore. Escuchas bolero, Julio Iglesias y hoy día las cuatro primeras horas de la verbena son folklore, rancheras… Al entender el cine como documento que te cuenta la realidad de una historia, quería hacer un retrato de este mundo. Ahí entraba el folklore, el pasodoble y el contraste de esa musica medionoventera anclada en el pasado con el trap. Si te fijas, cuando las chicas están solas en la habitación escuchan trap. La música nos está explicando de qué va esto, el contraste entre lo viejo y lo nuevo y esta sociedad que parece que no acaba de dar el salto a la modernidad. Si visitas mi pueblo te das cuenta de que es así.

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