Veinte años de “XO”, la consagración de Elliott Smith
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Veinte años de “XO”, la consagración de Elliott Smith

Carlos Pérez de Ziriza — 18-09-2018
Fotógrafo — Archivo

Fue en otoño de 1998. Fue entonces cuando Elliott Smith empezó a estar en boca de los principales medios de nuestro país y cuando fermentó una sólida base de fans que se extendió hasta aquí. El 25 de agosto de aquel año se publicaba su cuarto álbum, el primero al abrigo de una multinacional. Pero la onda expansiva de su arrebatador argumentario iría abriéndose paso poco a poco, desde ese mismo día hasta bien entrado un mes de diciembre en el que quienes listaban lo más granado de la producción discográfica del ejercicio lo tuvieron bien presente a la hora de destacarlo.

Entonces no podíamos ni imaginar que se quitaría la vida tan solo cinco años después, porque su primer intento serio de suicidio – lanzándose desde lo alto de un acantilado en Carolina del Norte, y dando con sus huesos en la copa de un árbol: apenas un inoportuno parte de lesiones – no trascendió hasta mucho tiempo después. El uso de internet no estaba generalizado, y las redes sociales aún eran ciencia ficción. Aquello ocurrió a finales de 1997, justo cuando estaba grabando las canciones del memorable “XO” (Dreamworks, 1998), cuya salida al mercado acaba de cumplir veinte años. Un álbum que, pese a pugnar desde entonces y para siempre jamás con su precedente – “Either/Or” (Kill Rock Stars, 1997) – por copar las preferencias de sus seguidores en enconado debate, no hizo precisamente muy feliz a su propio autor. En realidad, su permanente desdicha contrastaba con la cegadora belleza (no precisamente alegre en sus textos, pero sí radiante en sus quebradizas melodías) de sus composiciones.

Un intruso en la liga de las estrellas
“XO” despachó más de 400.000 copias, y pasó a la historia como el álbum de Elliott Smith más vendido en toda su carrera. Certificó su extraña inmersión en los mentideros del mainstream, ya que con su filiación mutinacional coronaba un 1998 que también nos lo había mostrado – unos meses antes – actuando en vivo en la ceremonia de los Oscar de Hollywood. Su canción “Miss Misery”, incluida en la banda sonora de “El Indomable Will Hunting” (Gus Van Sant, 1997), fue nominada a mejor composición original. Era difícil competir con el almibarado “My Heart Will Go On”, de Céline Dion. Aunque aquel no fuera precisamente su objetivo, claro. Las alfombras rojas no eran – obviamente – lo suyo: se le vio incómodo en la enormidad del Shrine Auditorium de Los Angeles, enfundado en un traje blanco anti natura y con esa sempiterna media melena alérgica al champú, armado con la única compañía de su guitarra acústica. Curiosamente, la única media sonrisa que esbozó Madonna cuando listó a los nominados, antes de hacer entrega del premio, fue cuando pronunció su nombre. La Ciccone difundiría años más tarde – en algún acto público o a través de su propio twitter – su rendida versión de “Between The Bars”, a pelo y en acústico, descrita por ella misma como una de sus canciones favoritas de todos los tiempos.

La sombra de un disco irrepetible
Si uno echa un vistazo a las bandas y los solistas que causaron sensación durante aquel 1998, se topará con nombres cuyos contornos se han ido emborronando por el paso del tiempo. Con fugaces hypes de temporada y con destellos que entonces vaticinaban carreras rutilantes, pero apenas fueron prometedores pistoletazos de salida a trayectos huérfanos de reivindicación. Nada de eso ocurre con Elliott Smith, cuya sombra se ha agigantado en los últimos veinte años. Jurassic 5, Leila, Babybird, Gomez… incluso Lauryn Hill: ninguno de ellos logró que su repercusión perdurase en el tiempo. Ni siquiera los Quasi, la banda que le acompañaba entonces en directo (y que editó el estimable “Featuring Birds”) a la hora de presentar “XO”, otra de las revelaciones de aquella temporada, y en la que militaban Sam Coomes – compañero suyo en Heatmiser – y Janet Weiss – batería de Sleater-Kinney y ex mujer de Coomes – . Elliott Smith irrumpió para quedarse. Como ocurre con la gran mayoría de talentos torturados, atrapados entre la angustia y el desorden emocional, expedía una combinación de esperanza y amargura en sus composiciones. Una cualidad agridulce avivada por el contraste que marcaban sus giros melódicos, concretados en insospechadas implosiones. Y aunque soslayar la mitificación súbita que se derivó de su muerte sería un absurdo, lo cierto es que sus canciones – a diferencia de muchas de las que generaban hondos suspiros durante aquel año – siguen gozando del aura de los grandes clásicos del pop. Es lo que tiene filtrar de forma tan sublime y genuina los espectros de los Beatles, Big Star, Nick Drake o incluso Lou Barlow. El pasaporte a la posteridad a través de melodías frágiles y delicadas, producto de otra sensibilidad prodigiosa que se ocultaba bajo un grueso manto de introversión e inseguridad. Fue el gran cantautor alternativo de unos años noventa que nacieron torturados, bajo la sombra del grunge (los Heatmiser en donde se curtió no eran ajenos a ese autofustigamiento), aunque su obra lo tenía todo para trascender cualquier retícula temporal.

Abriendo el diafragma sonoro
El método compositivo del de Nebraska siguió siendo básicamente el mismo durante la grabación de su cuarto álbum. Ni siquiera el ingreso en una major le obligó a cambiar de productor: repitió con el leal Rob Schnapff, especialista en crujientes trabajos de baja fidelidad (Beck, Guided By Voices). Pero diversificó su rango de tonalidades, afinó su puntería melódica y – sobre todo – contó por vez primera con una instrumentación acorde con los ornamentos que requerían sus canciones, hasta entonces ceñidas a un austerísimo canon acústico: piano, vientos, cuerdas y voces dobladas. El primero – el piano – es quien comanda la espléndida “Baby Britain”, su composición más comercial hasta aquel momento y no por casualidad uno de los singles que se extrajeron de él, junto al entrecortado ritmo de vals de “Waltz #2 (XO)”, que sugiere un soterrado hilo argumental junto a la delicadísima “Waltz #1”, que emerge casi un cuarto de hora después sin atender a su número ordinal. El inédito policromatismo de “XO” se extiende prácticamente desde el primer al último de sus catorce cortes: se aprecia en arrebatos de furia como el de “Amity”, en ambrosías acústicas apuntaladas al piano como “Pitseleh”, en medios tiempos sinuosos como “Independende Day”, en el eterno eco beatle de “Everybody Cares, Everybody Understands”, en estallidos de pop radiante como “Bled White” o en esa letanía en la que reverbera la espiritualidad pagana de Brian Wilson que es “I Didn’t Understand”. El eco de este álbum, en el que participa una nómina de músicos con un currículo de aúpa (entre ellos Joey Waronker a la batería y Jon Brion al teclado eléctrico) es de los que no se apagan, por muchos años que pasen.

Conexiones e influjos a largo plazo
La sombra de Elliott Smith y de “XO” se ha proyectado en las últimas décadas sobre infinidad de músicos foráneos y de nuestro país. Incluso sobre algunos que apenas andaban estrenando su uso de razón cuando el de Nebraska aún vivía. Es el caso de Julien Baker o de Katie Crutchfield (Waxahatchee), quienes tan solo tenían ocho y once años – respectivamente – cuando este acabó con su vida asestándose dos puñaladas en el pecho. Ambas formaron parte de “Say Yes! A Tribute To Elliott Smith” (American Laundromat, 2016), tributo colectivo en el que también participaron Tanya Donelly, J Mascis, Juliana Hatfield, Yuck, Lou Barlow o Jesu/Sun Kil Moon. Para entonces, la barcelonesa sala Sidecar ya había acogido un concierto a beneficio del Elliott Smith Memorial Fund (contra el abuso infantil) en el que Joan Colomo, Dani Vega, Anímic, Inspira o Espaldamaceta abordaban sus canciones, en octubre de 2013. “Heaven Adores You” (2014), el documental que dirigió Nickolas Rossi (y al que miembros de su familia, amigos y músicos como Jon Brion o Rob Schnapff aportan sus testimonios), trató de arrojar algo de luz sobre el personaje, tan refractario al éxito como Kurt Cobain, aunque bastante más taciturno y reservado. Descifrar la inescrutable deriva vital que le condujo a tan nefasto final se antoja una tarea titánica, por cuanto ni sus declaraciones ni las letras de sus canciones tuvieron carácter profético. La rumorología en torno a las causas reales de su muerte también irrumpió, como siempre que alguna mediana celebridad muere en esas circunstancias. Aunque nadie de su entorno duda de que fue él quien acabó voluntariamente con su vida. Y menos si se tienen en cuenta los precedentes.

XO y Elliott Smith, visto por nuestros músicos
“Desde que descubrí a Elliott Smith ha sido una de mis mayores influencias”: lo dice Fino Oyonarte, uno de los músicos españoles a quienes hemos consultado en un breve barrido que seguramente sería ampliable a muchos otros nombres de nuestra escena. El bajista de Los Enemigos asume que canciones como “Everybody cares, everybody understands” tienen “esa estructura de canción que explota a la mitad con la batería y los arreglos de cuerda, algo a lo que quise acercarme en mi canción ‘Atrapado’”. Se refiere a una de las que integran el excepcional “Sueños y tormentas” (Buenaventura, 2018), el primer álbum que firma solo a su nombre. Tampoco se decanta de forma tajante por “XO” (1998) en detrimento de “Either/Or” (1997): el primero es “más luminoso y elegante”, y le transmite “mucha energía”, mientras que el segundo, más desnudo, le toca más “la fibra”. No obstante, reconoce que “XO” es “una obra maestra”, y se decanta por “Bled White” y “A Question Mark” como las canciones que “ahora mismo” destacaría, si bien en otro momento podrían ser otras. “Me pregunto qué clase de discos estaría haciendo ahora”, concluye.

Evidentemente, el descubrimiento siempre condiciona. Nos resulta más fácil reservar lugar preferente en nuestro corazoncito a aquellos discos iniciáticos, los que nos abrieron las puertas a un músico a quien veneramos, que a cualquiera de sus secuelas o antecedentes. Es por eso que el valenciano Òscar Briz, quien con frecuencia ha tocado en directo “Waltz # 2 (XO)”, confiesa que se quedaría, sin duda, con el disco que ahora cumple veinte años, “por historia personal y porque fue el primero para mi”. Lo descubrió gracias a la recomendación de Bek-Jean Stewart, una amiga y cantante australiana “que adoraba el disco”, y eso le invitó a pasar “toda la siguiente década escuchándolo”. Le gustan todas las canciones. “Desde la primera a la última”. La influencia de Elliott Smith en tierras valencianas también se extiende – no olvidemos nunca a Siwel, quizá quien más y mejor se acercó nunca a su canon en todo el país – a Ona Nua, el proyecto personal de Josep Pérez, quien destaca los dos temas con nombre de vals entre sus predilectos, así como aquella “A Question Mark” que le recuerda un poco al “estilo de rock bailable de Blind Melon, o aquella “Amity” en la que metía “una melodía fuera de tono varios compases hasta que aterriza en una armonía más inteligible, muy grunge”. Ambas sustentaban la faceta más enérgica de su música, también presente en aquel versátil trabajo, en el que estaban resumidas todas sus potencialidades. Aunque si ha de quedarse con una, es con “I Didn’t Understand” y sus “coros, voces y letras descarnadas”.

Tampoco Ramón Rodríguez, quien está a punto de editar un nuevo álbum de The New Raemon, niega la influencia que Elliott Smith ejerció durante años en sus canciones: “Mi forma de tocar la guitarra acústica le debe mucho a él, ya sea interpretando o afinándola en tonos distintos”, concede. También llegó a él cuando llevaba ya unos cuantos elepés en la calle, como el 99,9% de la gente de este país. En su caso, fue cuando Artur Estrada (Aina y Nueva Vulcano) le prestó sus primeros discos una noche, en que estuvieron en su casa tomando unas copas hasta altas horas de la madrugada. Dice que desde entonces no ha dejado de volver a sus discos, una y otra vez. Preguntarle por algún momento cumbre, esa canción de “XO” que se le quedó grabada por siempre en la cabeza, es ponerle en un brete, porque “no hay ni una sola canción” que no le guste. Y aunque también le resulta difícil decidirse entre este cuarto álbum y su precedente (“ambos son obras maestras”), reconoce que “XO” tiene “una producción más interesante”, que redunda además en un disco “particularmente redondo”.

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