El Farewell Tour con el que Michael Gira está finiquitando la actual etapa de sus Swans está ya en España. En concreto son cinco últimas ocasiones para ver sobre el escenario en nuestro país a la banda que ahora completan los guitarristas Norman Westberg (único miembro que queda de la primera encarnación de la banda, junto a Gira) y Christoph Hahn, el percusionista Phil Puleo, el bajista Christopher Pravdica y el teclista Paul Wallfisch.

El alma mater de Swans, quien a menudo asume que sus conciertos son toda una experiencia catártica –para él mismo y para el público– y aún disfruta de la excepcional fertilidad y de la cálida acogida que la banda está experimentando desde su resurrección en 2010, nos atiende por skype desde su casa en Nueva York.

Dijiste hace un tiempo que los conciertos de esta última gira te resultaban revitalizantes, pero al mismo tiempo te consumían una gran energía. ¿Es la dificultad para mantener ese nivel de intensidad una de las principales razones para detener el trayecto de Swans en este momento, al menos con la formación actual?
Sí, es correcto, una vez llegas a un cierto punto de intensidad no tiene sentido seguir repitiéndolo. Estamos ahora mismo en el punto más alto al que podríamos llegar, y cualquier cosa que hiciéramos después de esta gira no sería más que un lento descenso. Como bien sabrás, continuaré con Swans, pero no con esta formación.

Esta es la alineación más consistente que has tenido nunca en Swans, no solo en el tiempo sino por la química que teníais, tanto en estudio como sobre el escenario, siempre poniendo en práctica un trabajo muy colaborativo y retroalimentándoos continuamente con nuevas ideas. Supongo que les vas a echar de menos.
Sin duda. Pero igual que echo de menos a mis hijos cuando estoy de gira. No tiene sentido continuar por el mismo camino. Y no tengo ni idea de qué es lo que va a venir después. Bueno, tengo algunas ideas, pero ninguna específicamente musical. Estoy deseando acabar estar gira y luego ya veremos, porque soy completamente inútil e inepto. Me voy a sentir como un chiquillo.

Bueno, eso también puede comportar el desafío de volver a empezar de cero, que es algo que los músicos que solo saben vivir de su pasado no pueden hacer, ¿no?
Es que para mi no hay elección. Eso es lo que tiene que ocurrir. Supongo que no quiero formar parte de una banda de rock (risas). No puedo seguir haciendo música que destruya la realidad, aunque sea por un minuto. No puedes seguir utilizando los mismos métodos continuamente sin caer en la desidia.

Te leí una vez decir que uno de los objetivos que persigues cuando no estás componiendo es no escuchar música en absoluto, ni siquiera de otros creadores. Pero la verdad es que, escuchando vuestros discos, da la impresión de que no prestéis atención a otras cosas ni siquiera cuando estáis componiendo o grabando. Se me ocurren pocas bandas más impermeables en la historia reciente del rock que vosotros. Da la sensación de que nada de lo que ocurre fuera –en términos musicales– os marque.
Hay ciertos sonidos de nuestro anterior álbum que me hacían pensar en que podían suponer una forma de ir hacia adelante. Son ideas que tomo y luego las prolongo. Nuestra música es un proceso orgánico y largo. Puedes ver nuestros últimos tres álbumes como un solo trabajo, en realidad. Cada uno de ellos cría y alimenta al siguiente.

Sí, pero lo que quiero decir es que siempre es una progresión autorreferencial: no os nutrís de influencias externas. Incluso aunque a veces compartáis en vuestras redes sociales algunos de los discos que habéis estado escuchando, como fue el caso –hace unas semanas– de unas recopilaciones de Alice Coltrane, publicadas en Luaka Bop.
Sí, aunque eso es algo que no nos ocurre con la mayoría del jazz, pero Alice Coltrane me gusta incluso más que su padre, John Coltrane. Y es posiblemente porque me suelen interesar más las cosas que te llevan a un estado de trance. Aunque en su caso también hay elementos del gospel, que es algo que encuentro muy interesante. Influencias de Oriente Medio y también del gospel americano. Y creo que es una genialidad por su parte el detectar los nexos entre ambas cosas.

Eso del trance me lleva a preguntarte si estás de acuerdo con esos críticos que te consideran más un medium o un chamán que un simple cantante…
(Risas) No lo sé. Esa clase de descripciones siempre son halagadoras, pero yo no soy más que un humilde trabajador, así que no sabría decirte…

¿Incluye esta gira canciones que no han sido (ni quizá lo sean nunca) registradas en disco?
Sí. Lo primero que hicimos al empezar el tour es una pieza de cincuenta minutos, que está cambiando continuamente, y que grabamos para un CD en vivo que se vende solo a través de la web de Young God, pero no saldrá en ningún disco oficial. Y hay otra pieza nueva que estamos también tocando en vivo. Estamos continuamente desechando material y haciendo cosas nuevas. Hay algunos fragmentos de algunas canciones que han surgido y se han añadido después, cuando esos temas ya estaban editados en disco. En el pasado, cuando se nos ocurrían esas partes nuevas de canciones, lo que hacíamos era descartar por completo la canción antigua para darle cabida a la idea nueva. Pero hoy en día todo nos ocurre de forma más natural.

¿Se podría decir que el escenario es hoy para vosotros un campo de pruebas igual de importante (o más) que el estudio?
Los veo como dos mundos distintos. Una vez que algo entra en el estudio, se plasma la idea básica, digamos que esa es la primera fase. Pero no es más que el inicio. Es un proceso continuo de revisar, editar, una transformación… ahora mismo no veo ninguna de nuestras canciones como algo terminado. Son como una corriente de pensamiento continua. Toda nuestra música de ahora está inacabada.

El sexo y la religión siempre han sido dos temas fundamentales en las letras de Swans. ¿Te resulta sencillo encontrar las palabras exactas para que ese equilibrio entre el asalto sónico de vuestra música y sus textos no quede descompensado, de forma que las letras oscurezcan demasiado el poder del sonido?
No estoy de acuerdo con la palabra “asalto”. No veo nuestra música como algo violento. La veo como algo que te consume por completo, y que ojalá pueda transformar a alguien en un sentido positivo. Pero yendo a lo que comentas, siempre es un desafío encontrar palabras que no hagan que la música quede empequeñecida. Y ahí es donde entra la relación con el gospel, por ejemplo. El gospel requiere una breve frase que es repetida y cantada por la gente una y otra vez, como una especie de mantra cíclico, por mucho que luego haya armonías. Y encontrar esa frase es un desafío enorme para mí, pero suele funcionar. Hay muchas veces, especialmente cuando tenemos material nuevo que estamos desarrollando, en que aún no tengo palabras para una letra, así que voy probando diferentes opciones hasta acertar.

Desde vuestra reunión en 2010, habéis experimentado lo que es actuar en grandes festivales ante enormes audiencias, y también lo que supone contar con una generación de fans más jóvenes, que por edad no pudieron veros en directo antes de 1996. Todo eso se ha desarrollado junto a la aclamación crítica, que ha corrido en paralelo. Supongo que es algo que no os hubierais imaginado hace diez o veinte años. ¿No?
No, en absoluto. Ha sido muy gratificante, especialmente en esta gira, ver al público creciendo constantemente. Y ver a tanta gente joven. La mayoría del público es joven, no estoy diciendo que tengan quince años, claro, pero sí más jóvenes que nosotros. En los años ochenta, cuando hacíamos aquella música tan dura y ruidosa, la mayoría de nuestro público eran hombres. Y eso es siempre algo preocupante, porque convierte los conciertos en una especie de partido de fútbol, algo muy estúpido. Así que ha sido un placer ver en nuestros conciertos cada vez a más mujeres. Y sentir que la música puede llegar a un lugar más profundo dentro de las personas, más allá del idioma, del estilo o del género. Se siente uno muy bien sabiéndolo.

¿Aprecias diferencias en la forma de acogeros entre unos países u otros?
No. Bueno, en los países del este, por alguna razón, la gente es menos cínica. Puede que culturalmente sí que lo sean, pero cuando actuamos allí su entusiasmo es increíble, por algún motivo, sobre todo cuando tocamos en Rusia. Puede que sea por las dificultades que tuvieron muchas bandas para poder tocar allí durante años, y que eso haga que lo aprecien de otra manera. Pero no veo muchas más diferencias. Somos muy específicos en lo que hacemos y la gente que gravita alrededor de nuestra música tiene una inclinación natural a que le guste. No es como ir a ver a una banda cualquiera un viernes noche: nuestra audiencia acude a vivir una experiencia.

Young God, tu sello, dio salida hasta 2010 a trabajos de Devendra Banhart, Calla, Lisa Germano, Windsor For The Derby o Wooden Wand, entre muchos otros. Ahora que tendrás más tiempo, ¿hay posibilidades de que lo reactives para editar de nuevo material de otros músicos?
Dejé de firmar con bandas allá por 2009 o 2010, aunque seguí comprometido con algunos proyectos, pero no más. El modelo financiero ya no funciona tras la caída de la industria del disco. Y además, tras un tiempo en el que me estuve negando a mi mismo mi propia vocación -que es hacer mi propia música- fui perdiendo el interés de forma gradual. No creo que lo reflote nunca más. Hay tanto tiempo y tantas cosas que hacer en este planeta, que prefiero hacer un trabajo lo más poderoso y refinado que pueda, antes de morirme. Así que prefiero concentrarme en eso.

¿Crees que dirigir un sello discográfico durante años puede acabar ahogando la pasión por la música?
Más bien ahoga mi pasión por la música de otros (risas). Me gusta trabajar con otra gente, y he desarrollado algunas habilidades como productor a lo largo de los años, que también me pueden ayudar en ese sentido. Pero después de algún tiempo me di cuenta de que no me compensaba, porque además me quitaba mucho tiempo para hacer lo que debía, que era dedicarme a mi propia música.

Te lo preguntaba también por la experiencia amarga que tuviste en 1989, la única vez en la que Swans formaron parte del catálogo de una multinacional, con The Burning World (1989)…
Aquello fue horrible. Habíamos empezado a recabar atención por parte del llamado mundo indie, y había una fiebre por parte de los grandes sellos en reclutar a bandas alternativas. Reconozco el potencial que supone el tener dinero como para no tener que trabajar en trabajos desagradables, es una perspectiva de futuro atractiva. Pero, mirando hacia atrás, creo que aquello fue un gran error. El resultado fue un disco muy mediocre. Pero, por otro lado, me hizo darme cuenta de que debía montar mi propio sello y tomar el control absoluto sobre todo lo que hiciera. Y esa fue la parte positiva. Desde entonces, he podido tener control sobre todo lo que he hecho. Y así seguirá siendo en un futuro.

El trabajo de producción Bill Laswell en aquel disco, ¿fue elección tuya o de la compañía?
Fue mía. Había una serie de potenciales productores, y Bill era el mejor. Me gusta trabajar con él. Pero hace ya tiempo que creo que no debería tener un productor externo, que debo ser yo quien se encargue de eso. Parte de mi trabajo es la producción. Mi trabajo como artista es también agitar el sonido en el estudio. Tener una persona de fuera no funciona para mi.