La Ruta Destroy generó en los noventa un circuito masivo de creyentes en Valencia. Las salas, sus templos; los DJs, sus dioses. Si la ‘religión techno’ hubiese sido monoteísta, Chimo Bayo hubiese sido su altísimo: un dios hu-há, dicharachero… Y, ahora, escritor. Bayo presenta junto a Emma Zafón “No iba a salir y me lié”.

“Señoras y señores, bienvenidos al espacio exterior”, abre juego Chimo Bayo (Valencia, 1961), mientras los hielos de un vaquerito de whisky –como se llama en Valencia a la preparación de este destilado– campanean en un vasito de cortado. Mantener una conversación hilada con el dios del Bacalao es complicado: las anécdotas le brotan. A pares. Emma Zafón (Llucena, 1987), periodista y ex directora de Matarraña Radio, lo sabe bien: ha tenido que reconducir su memoria y desparpajo “desde una perspectiva periodística, aunque mano a mano” durante año y medio para llegar a “No iba a salir y me lié” (Roca Editorial, 2016). Meses de batalla con el recuerdo; un recuerdo salpimentado por toda la química del mundo. Por mucho que haga 25 años del “Así me gusta a mí”, el coco de Bayo, va a mil.

“No es una novela histórica, pero sí una ficción que no quiere pasar por alto nada: Valencia, drogas, y música”, comenta la extraña pareja sobre el neonato, que explica la historia de dos cuarentones que quieren revivir la Ruta Destroy. Algo que ellos, tajantemente, ven imposible. “No se podrá repetir. Pero sí se puede revertir la campaña mediática negativa del momento”. Chimo y Emma atribuyen dicha campaña al miedo del poder a la diversión desenfrenada, al hedonismo colectivo –así lo definieron los ruteros en su día– que fomentaban aquellos findes eternos. “En aquel momento había empatía. ¿Por qué estábamos tan estigmatizados? ¿Daba miedo el buen rollo?”, reflexiona Bayo.

Chimo Bayo vivió aquel júbilo en primera persona, y no de cualquier forma. Hace unos días Ángel Molina, que también celebra 25 años tras los platos, confesaba a Javier Blánquez que “un DJ no debe ser un frontman”. No todo el mundo es de la misma opinión: “Hay que hacer las cosas diferentes, disfrazarse si hace falta. La gente estaba preparada para cualquier cosa en los noventa”. Chimo recuerda, en otra muestra de su frenesí memorístico, como Carlos Simó –DJ de la discoteca Barraca– incluso rompía los discos en pleno live cuando ya los había puesto demasiado.

El peso específico de su obra o su desfachatez –quién sabe– han hecho que el legado de Bayo llegue hasta nuestro días. Él cree que hay algo más: “Confío mucho en la gente joven”. Mientras se quita sus gafas lacadas, azul cielo, remarca que por ello se ha acercado a Emma o ha trabajado con los Beauty Brain; con los traperos ha grabado un tema que saldrá en unas semanas, antes verá la luz su nuevo single, “Diablo”.

Bayo vive en La Plata, barrio en tierra de nadie de Valencia. Allí llegó con cuatro años y se marchó a los 25. Aquí está cerca de su novia y su hija, la también DJ, Tanya Bayo. Sigue actuando en ciertas fiestas privadas y se escapa a algunas salas y festivales; sin ir más lejos, en el pasado Arenal Sound fue Trending Topic. Tanto él como Emma tienen esperanzas en la novela; funcione o no, siempre habrá algo que celebrar. “Antes de iros, ¿os quedáis a tomar una, no? ¡Va…! Por cierto, ¿tienes gafas?”, suelta Bayo, ya de noche, antes de terminar con la conversación y mientras se cierra un largo batín que le llega a los zapatos negros, de punta. “Yo es que no veo nada. Hay veces que no veo; no veo el momento de marcharme a casa cuando estoy de fiesta. ¡Hu-há!”.