El rubio geniecillo angelino que dinamitó las fronteras entre géneros en los noventa y se ganó al público con su desbordante talento está de vuelta con un disco de pop de hoy. En las antípodas del celebrado “Morning Phase” (14), “Colors” (Capitol/Universal, 17) suena a celebración vital, aunque con su inconfundible toque excéntrico o esquivo.

Beck Hansen está en un buen momento. Se nota. No sólo por el tono de la conversación telefónica que mantenemos -largas respuestas en las que pone mucho énfasis en el trabajo que le ha llevado un nuevo disco de engañosa simplicidad- sino sobre todo por las diez canciones nuevas que publica, de un hedonismo juvenil y arrollador casi sorprendente (incluso teniendo en cuenta el existencialismo humorístico presente en las letras de canciones como “Dear Life”). Y digo “casi” porque ya deberíamos estar acostumbrados a los incesantes vaivenes estilísticos de un músico que venía de las brumas melancólicas y tempos reposados del que, para muchos, es su cima discográfica.

El single “Wow” apuntaba en una dirección mucho más dionisíaca. Y es que Hansen quiere seguir siendo relevante en estos tiempos de bulimia musical en los que ni aunque te llames Beck es fácil destacar entre la marea de novedades que se amontonan cada semana. Compuesto e interpretado con su amigo, músico y productor Greg Kurstin (Adele, Sia), “Colors” puede ser visto casi como la incursión en el mainstream del responsable de “Odelay” (96). Sin dejarse la identidad por el camino.

Lo primero que tengo que decir es que este nuevo disco es totalmente diferente de “Morning Phase”. Me pregunto si tu idea era esta, hacer un álbum que fuera lo más distinto posible.
Es interesante porque, en realidad, empecé a trabajar en ambos discos al mismo tiempo. Probablemente podría haber hecho este incluso antes de que saliera “Morning Phase”. Algunas de las canciones de aquel álbum las compuse años antes, alrededor de 2011. ¿Me entiendes? Simplemente son (se lo piensa) mundos completamente distintos. Hice “Morning Phase” por mi cuenta, sin productor. Éste, en cambio, lo hice en colaboración con un viejo amigo, Greg Kurstin. Son mundos muy diferentes. Queríamos crear algo que fuera muy de un show en directo. No sé si has estado en alguno de mis conciertos (la respuesta es afirmativa), pero tratamos de ponerle mucha energía, hacerlo muy dinámico e involucrar al público, que participe. Realmente hemos intentado hacer un disco que tuviera estas cualidades. Como cuando vas a un concierto y quieres moverte o cantar… Fundamentalmente, viene de un sitio muy diferente a “Morning Phase”. No creo ni que ambos discos estén en el mismo planeta.

Me refería a que es un disco totalmente pop y muy directo, aunque siga habiendo elementos raros o personales de tu cosecha. ¿Fue difícil grabarlo?
Lo fue, sí. Hubo mucha búsqueda por nuestra parte. Mira, un disco me lleva dos años de trabajo. De alguna manera es como cuando vas a escribir un libro sobre un tema en particular y tienes que pensar cómo lo vas a hacer. Después podrías escribir otro sobre el mismo tema y te sería mucho más fácil que el primero. Podríamos haber hecho un disco que sonara como “Odelay” porque sé cómo se hace, en su momento invertí miles de horas en ello. Pero al mismo tiempo vivimos en un momento completamente diferente, y por lo tanto, quería grabar un grupo de canciones que fueran de esta era, conservando mis gustos personales o peculiaridades. Las cosas que hacen mi música personal. En cierta manera se trataba de empezar de nuevo. Teníamos que crear un sonido nuevo y eso implica experimentar un montón, escribir muchas canciones que descartamos… es como ponerse a buscar oro, intentar encontrar eso tan valioso. Una vez que lo encontramos, el resto vino fácil. Pero llegar a ese punto fue duro.

Creo que has tocado la gran mayoría de los instrumentos, junto a Greg Kurstin.
Sí, Greg ha tocado un montón de cosas.

Leí que decías que este disco no suena retro. En realidad suena muy de hoy, o incluso futurista. ¿Te fue complicado llegar a ese sonido?
No, para mí es tan fácil como hacer que algo suene “viejo”. Puedo hacer que algo suene como si tuviera cuarenta años, y a continuación hacer algo que suene nuevo. Llevo haciendo esto desde hace mucho tiempo y Greg mezcla docenas de discos cada año, discos de gente completamente diferente… Ambos tenemos un vocabulario muy amplio en cuanto a estilos musicales y cosas que podemos hacer. En este caso, el truco estaba en movernos en tierra de nadie, porque podemos hacer un disco estilo The Beatles muy fácilmente. No me malinterpretes, nos encantan The Beatles, crecimos con ellos, pero no queríamos hacer algo que fuera simplemente nostálgico. La cuestión era: ¿cómo cogemos las influencias del pasado y hacemos algo de ahora? ¿Cómo, sin rechazar necesariamente el pasado, usamos cajas de ritmos y sintetizadores y hacemos algo que suene muy moderno? No hay nada malo en eso (en sonar al pasado), pero la idea era tomar cosas que nos gustaran, de The Clash a Steely Dan, The Beatles, Miles Davis, todos esos elementos tan diferentes, y hacer algo nuevo.

¿Cómo se hace eso manteniendo a la vez cierto espíritu atemporal?
Eso es delicado, porque es muy fácil ser nostálgico y también totalmente moderno. Lo complicado es llegar a otro sitio. Pero, ya sabes, mis grupos favoritos lo hacen. The Beatles, The Rolling Stones… son grupos cuya música tiene cuarenta años pero sigue estando viva. He estado con U2 en las giras del treinta aniversario de “The Joshua Tree” y ¡muchos de sus discos suenan modernos! Los escuchas y parece que oyes un disco de un grupo de rock moderno. Sus discos no suenan viejos, no suenan en absoluto a algo que molaba en los ochenta. Cuando tocan “Where The Streets Have No Name” te vienen a la cabeza docenas de grupos actuales que podrían estar haciendo eso. Así que, ¿cómo haces algo atemporal pero a la vez muy de tu tiempo? Ojo, no digo que lo hagamos hecho, me refiero a que es lo que hemos intentado hacer.

Entiendo. El hecho de que sea un disco corto, con diez canciones y no muy largas, ¿tiene que ver con todo este planteamiento?
Bueno tengo más canciones del tiempo que tengo para sacarlas, ¿sabes? Pero en este caso se trataba de sacar cosas fuera y dejar lo mejor que tuviéramos. Simplificar y hacerlo lo más claro posible. Que alguien escuche diez canciones es mucho pedir hoy. A un montón de gente se le hace difícil hasta escuchar una entera. De modo que tienes que tratar cada canción como si fuera un álbum. Con la esperanza de que haya gente que la escuche completa. Tenía que expresar el mundo del disco en cada una de ellas. Cada tema tiene que llevarte de viaje, sorprenderte. Te tiene que transportar a sitios en el que descubras cosas nuevas la quinta vez que lo oyes. Es un disco muy elaborado en este sentido, muy diferente a otros que he hecho, que eran más espontáneos y experimentales, crudos y ásperos. Este es lo contrario. Es de ese tipo de discos que puedes escuchar una y otra vez… y sinceramente, ese tipo de discos no tienen muchas canciones. Cuando lo hacíamos, pensamos mucho en “Thriller” de Michael Jackson. En su momento era un disco completamente moderno, pero tenía un montón de jazz, por la influencia de Quincy Jones. En él tocan un montón de musicazos de lo mejorcito de los sesenta y setenta, y tiene muchísimas capas. Es un disco icónico, pero tiene sólo ocho o nueve canciones. No necesita más, y pensamos “joder, este disco no es nada largo” (risas). “Colors” tenía originalmente trece. O incluso dieciséis, porque cada seis meses probábamos alguna nueva. Pero al final dije: “mira, vamos a descartar algunas”. Incluso tiramos una en el último minuto.

Antes decías que estamos en una era completamente diferente. Y me interesa saber exactamente a qué te referías, en cuanto a la inspiración.
A muchas cosas, realmente. Desde un punto de vista sonoro, la música es muy diferente. Por ejemplo, el sonido de las baterías es como una moda. Puedes hacer que suene como en los sesenta, setenta, ochenta, noventa o dos mil. Puedes decir lo vieja que es una canción por el sonido de la batería. Es lo que hace a la canción más o menos vieja. La inspiración para este disco no fue necesariamente este momento o un artista en particular, sino el sentimiento que te producen ciertas canciones. Hay un feeling particular con algunas de ellas. De repente, la habitación se hace más luminosa. Algo eléctrico pasa en tu cerebro. Y me da igual si es The Police, The Rolling Stones, Nirvana o Taylor Swift. No importa, es el mismo sentimiento. Puede ser que en el caso de un artista en concreto sólo tenga una canción que haga eso. Pero esto no tiene que ver con que uno sea mejor que otro, es simplemente que hay canciones que tienen ese algo especial. Nosotros hemos intentado encontrar esa electricidad en cada tema, intentar que sucediera. No sé si esto tiene sentido para ti, es un poco raro, pero es lo que hemos tratado de hacer. Con algunas canciones dices: “vale, está muy bien hecha, tiene buena melodía, pero no me hace sentir nada”. En cambio, oigo “Strawberry Fields Forever” o “Smells Like Teen Spirit”, “Rock The Casbah”, “London Calling” o “When Doves Cry” de Prince y digo: “esto tiene algo”. Es como si algo atravesara la pared, como si una obra de arte atravesara el muro entre el artista y el oyente, sea lo que sea ese muro.

El tono de “Morning Phase” era marcadamente melancólico, y sin embargo la acogida y las críticas fueron muy buenas. ¿Sientes algún tipo de presión cuando lanzas un nuevo trabajo, y en concreto con un disco tan diferente como “Colors”?
Sí, sé que no a todo el mundo le puede gustar lo que hago. Un montón de las cosas que me gustan no son populares. Es imposible saber qué es lo que le va a gustar al público. Te sientes bien cuando sucede y se produce esa conexión, pero no estoy seguro de saber cuándo y por qué sucede. Sé que cada disco que hago va a hacer que cierta gente gravite a su alrededor. Aunque suene extraño o poco comercial, todavía va a atraer a cierta gente. Con cada disco nuevo intentas comunicarte, pero sí que me pongo presión porque no quiero que cada uno de ellos sea algo como genérico, otro disco más. Me gusta sentir que lo hice pensándolo a fondo y con mimo. Que soy alguien que está totalmente comprometido con lo que hago.

Como un artista que disfrutó de enorme éxito en los noventa y que a pesar de todo lo que ha pasado sigue vendiendo discos (las ventas de “Morning Phase” fueron excelentes), ¿echas de menos algo de aquellos tiempos? ¿Cómo crees que ha evolucionado este negocio?
¿Sabes qué pasa? Que siempre he sido un outsider en este negocio. Cuando empecé no prestaba ninguna atención a lo que sucedía en él. En el sentido de que jamás me preocupé de saber en qué posición de las listas estaban mis canciones. ¡Nunca! Supongo que ahora lo puedes ver en Internet, mientras que antes tenías que comprar una revista o algo así, pero nunca me importó. De modo que siempre me he sentido como fuera del “bucle”. Eso no significa que no sepa que las cosas han cambiado. El mayor cambio de todos es que mis hijos no compran discos. Se limitan a escuchar música en streaming. Les llevo a tiendas, intento que se enamoren del hábito de comprar discos, pero no les interesa. Cuando pienso en los tiempos en que era un crío y compraba un vinilo y lo ponía en el tocadiscos y me quedaba mirando la portada, sé que aquello te producía un sentimiento especial que ellos no tendrán. Era nuestro ritual. Pero bueno, supongo que ellos tendrán otras cosas. No sé qué es, pero… creo que es importante asumir el tiempo en que vives.

¿Era romántico comprar un disco en la tienda, ponerlo en el plato y escucharlo mirando el arte en lugar del streaming?
Diría que sí. Mucho más romántico, incluso (risas), pero creo que todo en el mundo era más romántico antes. Hace cincuenta años, si querías escribir una carta, tenías que pensar en ella y luego mandarla y esperar a que llegara a su destinatario. A veces no veías a tus seres queridos en años. El mundo era un sitio mucho más grande. Hoy vivimos en tiempos de abundancia. Y cuando vives en tiempos de abundancia, tiendes a no valorar las cosas. Si te estás muriendo de hambre y comes algo, esa comida te va a saber mejor que nunca. Pero si tienes más comida de la que jamás podrás comer, y de la mejor, pues empiezas a darla por sentado (risas). Ese es precisamente el mayor reto al que se enfrentan los músicos. Ya puedes ser el mejor del mundo, que hay tantas cosas que no vas a atraer la atención de mucha gente como sí sucedía hace años, pero al mismo tiempo hay muchísima gente que tiene la oportunidad de entrar en esto y hacer oír su voz. Si empezara hoy, podría grabar el disco, subirlo a Internet y ya está. Pierdes cosas y ganas otras, así es como yo lo veo.

Antes decías que con estas canciones buscabas esa electricidad especial del directo. ¿Planeas hacer algún tour especial en este caso?
Sí, la idea es tocar todas las canciones. Normalmente, cuando hago un nuevo disco probamos cuatro o cinco y una o dos acaban entrando en los conciertos, pero con este creo que lo vamos a tocar entero. Trabajamos un montón en él. Greg es un viejo amigo. Conoció a Sia en mi casa hace unos años, e iniciaron una alianza artística estupenda. Creo que hicieron tres discos en este tiempo. Parcialmente, porque ella es muy prolífica, mientras que yo necesito trabajar las canciones durante más tiempo. Lo que quiero decir es: he hecho un montón de música y con este disco llegó el momento de ser despiadado con el material. Es como si cada año que trabajamos en él hubiéramos escogido las tres mejores canciones que tuviéramos. De alguna manera es como un grandes éxitos de todo mi trabajo en estos últimos años. Creo que ha sido muy adecuado para los tiempos que vivimos, porque se publican tantísimos discos y hay tantos artistas que hay que ir a lo esencial. No se le puede pedir tanta atención a la gente al mismo tiempo. Quería hacer algo que, de alguna manera, contara.

Lo preguntaba -y concluyo- porque durante la mayor parte de tu carrera has permanecido al margen del esquema habitual disco-gira con proyectos tan especiales como “Songbook” (libro con partituras de canciones que posteriormente interpretaron él y otros muchos artistas).
Lo he intentado, pero es difícil por la manera en que está construido el negocio de la música. Haces un disco, pasas dos o tres años promocionándolo, y luego haces otro, y después lo mismo. Yo he intentado que todo sucediera al mismo tiempo. Es más complicado últimamente, pero en la mayor parte de estos últimos cinco años he estado haciéndolo así. En plan: un fin de semana en la carretera y el siguiente en el estudio. Y luego, un mes tocando y de vuelta al estudio durante cinco días. Me gusta tener esa sensación de ida y vuelta. Llevar la inspiración que tienes sobre el escenario al estudio.