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Ni en sus pensamientos húmedos más íntimos Adolf Hitler hubiera siquiera pensado que podía llegar a ser indie; pero si años más tarde hubiera visto cómo ilustres figuras de la cultura pop universal como David Bowie o géneros enteros como el hardcore, la música industrial o el punk se apropiaron de parte de sus axiomas estéticos y su simbología para dinamitar la cultura pop y, desde las cenizas, levantar insondables edificios, igual habría cogido una guitarra.

Buceando en la histórica relación entre totalitarismo ultraderechista y pop, el periodista y escritor Jaime Gonzalo publica “Mercancía del horror: fascismo y nazismo en la cultura pop”, un pormenorizado análisis de la contracultura de derechas, auténtica dinamita para los correctos pollos de la política de izquierdas, editado por Libros Crudos. Penetrando casi como un médium alquímico en el hermético pensamiento de que el pop sólo es de izquierdas o no es, el plumilla bilbaíno pone en común cuestiones como la parafilia nazinematográfica, la literatura judeomasoquista o el ocultismo ario, entre otras “sobredosis simbólicas” enfrascadas en más de doscientas páginas de auténtica disección, rastreo y puesta en común del impacto que el fascismo ha tenido en la literatura, la moda, el arte, el cine, la religión, la magia o, sí, el rock, a través de la cual el bigotillo hitleriano encontró una puesta en escena que viajó desde los Sex Pistols hasta Lou Reed, Lemmy Kilmister, Ian Curtis, Serge Gainsbourg u homólogos patrios como Ilegales, Esplendor Geométrico, Coses o Los Nikis. Tu estribillo favorito viste bigote.

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