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La delgada línea que separa la genialidad y el patetismo es más pequeña de lo que pueda parecer, y Mykki Blanco la bordea como nadie. Nacido Michael Quattlebaum Jr., comenzó su carrera en el mundo del arte contemporáneo hasta que decidió crearse un personaje a la medida de sus aspiraciones. Galerías y tugurios de Nueva York le sirvieron de escenario hasta que, poco a poco el alter-ego acabó por comerse al sujeto y convertirse en un identidad artística de pleno derecho.

En su primer disco para el sello !K7, Mykki Blanco brilla tanto por su radical lirismo como por su heterogéneo collage sonoro. 45 minutos en los que, con la ayuda de los productores Jeremiah Meece y Woodkid, mezcla sin complejos trap, footwork, grime, vaporwave o dancehall, siempre con una agresiva sensibilidad pop. “Mykki” (Popstock, 16), no sólo se aparta de la naturaleza dispersa de sus mixtapes previas, en las que parecía tener más interés en generar ruido que en cosechar credibilidad, sino que consigue disipar de un plumazo los convencionalismos del hip-hop. Como en el caso de Le1f o Zebra Katz, su identidad explícitamente queer le aparta, por desgracia, de los corrientes mainstream del rap. Pero es su vocación experimental la que convierte a Blanco en un auténtico outsider.

El primer corte, “I’m In A Mood”, con su cálidas texturas de sintetizador ahogadas en una niebla narcótica, ya da pistas de por donde quiere llevarnos. Líricamente, Mykki opera en un espacio entre la auto-reflexión compungida y el orgullo herido. A través de sus rimas afiladas y jadeos hilarantes se mete el piel de multitud de personajes protagonistas de historias, reales o imaginarias, sobre soledad, melancolía y deseo. Pero no lo hace de forma superflua. Detrás de cada máscara se aprecia un trasfondo de sentimiento verdadero. Canciones como “Loner” o “Hideaway”, con sus melancólicos coros, bien podrían encerrar crípticos mensajes sobre su propia condición de portador de VIH. Pero en “Mykki” el melodrama da paso al humor negro con una facilidad extraordinaria.“High School Never Ends” satiriza algunos comportamientos propios de las redes sociales con un lenguaje inteligente y la voz entrecortada de Woodkid repitiendo Why don’t you just delate me?”. En la delirante “My Nene” (pronunciado “nini”) o “The Plug Won’t” agita su tendencia más trap hasta acercarse al la música de club. Su vena más diva explota del todo en “You Don’t Know Me”, mientras que en esa oda al hedonismo que es “For The Cunts” llega a acercarse a Die Antwoord, tanto en sonido como en actitud (esas risitas desquiciadas). En definitiva, un debut que da muestras sobradas, sino del talento al menos si de la confianza creativa de Mykki Blanco. Guste o no, ha nacido una estrella.

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