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Cuando David Rodríguez publicó su primer álbum en solitario muchos medios no lo tomamos del todo en serio. Aún no había arrancado su etapa como productor de grupos indies de éxito, y aunque Beef nunca llegaron a publicar un mal disco, sí producían cierta sensación de agotamiento. Conclusión: miramos hacia otro lado. Con la perspectiva que da el tiempo aquel disco tuvo algo de fundacional, de fuerza inspiradora a una serie de bandas como Tarántula, Manos De Topo o La Bien Querida, de la que precisamente ha terminado formando parte. Y así, el punto de vista con el que nos enfrentamos al juicio de este largamente esperado (cuatro años) retorno es otro muy distinto, y no precisamente porque la paleta de colores se haya reducido. Es cierto que, como de costumbre, los ambientes “clusterianos” marca de la casa tienen protagonismo (el instrumental “La gran fiesta de la democracia parte 1” es un ejemplo de kosmische de manual), pero también que David se postula como cantante melódico (interpreta a Julio Iglesias en “La carretera”), rockea que da gusto en “El blues del autobús” o “El más romano del mundo” (Nacho Vegas vs Robe Iniesta en clave lo-fi) y que junto su compadre Joe Crepúsculo patenta la rumba ácida. A su manera, con su expresiva incapacidad como vocalista a cuestas, pretende emular a los grandes de la canción melódica. Y aunque el resultado final más que con Adamo tiene que ver con un Albert Pla ebrio de romanticismo, nadie puede ignorar declaraciones de amor tan bonitas como “Cuando te deje”, “Decathlon” o “Un último esfuerzo”.

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