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Después de presentarnos a modo de avance dos de sus mejores temas hasta la fecha, “Love” y esa “Lust For Life” en la que se deja acompañar por The Weeknd, podría llegar a pensarse que de antemano ya estaba todo el pescado vendido. Pero el nuevo álbum de Lana Del Rey guarda muchas más joyitas. La primera parte bien podría considerarse una continuación de aquel “Born To Die” que la catapultó a la fama, ya que se recrea nuevamente en los claroscuros de la fama y los amores tóxicos que una femme fatale como ella acumula como cromos. “13 Beaches”, sin ir más lejos, tiene esos arreglos de cuerda melodramáticos que tan bien le sientan y, probablemente, uno de sus mejores números vocales; mientras que de los dos temas en los que colabora A$AP Rocky (hay que recordar que el rapero dio la cara en el vídeo de “National Anthem”, pero hasta ahora no había prestado sus rimas) “Groupie Love” acaba sobresaliendo respecto a “Summer Bummer” al tratarse de una canción mucho más redonda y mejor resuelta.

Las sorpresas más llamativas se manifiestan tras esa “Coachella–Woodstock In My Mind” que no pasa de la mera anécdota. Por primera vez en su discografía, aunque sea de forma superficial, Lana se atreve a tratar temas socio-políticos. En varias ocasiones ha declarado estar del todo descontenta con la presidencia de Donald Trump, y esa victoria del republicano le ha servido de excusa a la para sacar su lado más patriótico y feminista (“God Bless America–And All The Beautiful Women In It” no puede ser más explícita) y, ya de paso, lanzar un mensaje de esperanza a sus compatriotas en la preciosa “When The World Was At War We Kept Dancing”. Aunque si dos temas destacan en esta segunda parte mucho más introspectiva que la primera son, precisamente, las dos piezas en las que se deja acompañar de Stevie Nicks (sus voces pastan a la perfección en “Beautiful People Beautiful Problems”) y Sean Ono Lennon (en la folkie “Tomorrow Never Came”).

El tridente final compuesto por “Heroin”, “Change” y, sobre todo, “Get Free”, es el mejor secuenciado de toda su discografía y deja muy buen sabor de boca como desenlace. Pero eso no quita que habiendo reducido el tracklist del álbum hubiese ganado algún punto extra: dieciséis canciones a estas alturas son excesivas, y más cuando la paleta sonora es monocromática por mucho que las temáticas que se tratan sí se hayan diversificado. En definitiva, y a pesar de no tratarse de su disco más icónico, “Lust For Life” consolida como nunca las señas de identidad de Lana y deja la puerta abierta a que, en futuras entregas, la artista se moje todavía más en los asuntos no amorosos que realmente le preocupan.

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