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Crepúsculo

Cada vez que me levanto por la mañana, rezo y doy gracias a un Dios pagano por la existencia de Joe Crepúsculo. El de Sant Joan Despí no solo tiene una de las discografías y una de las baterías de hits más alucinantes del pop en castellano –sus conciertos son ya celebraciones dionisíacas-, sino que el tío también es prolífico cual Billy Childish del pop con maquinitas. Y eso es algo a celebrar, porque el Crepus siempre acierta. Hace poco menos de un año se descolgó con “Disco duro”, uno de sus mejores álbumes, y ahora entrega una colección de nanas que, sin verlo venir, recupera al Joël Iriarte de Escuela de zebras” y “Supercrepus”, dos obras magnas en las que el catalán se presentaba en sociedad como un diamante en bruto.

En Las nanas Crepúsculo retuerce, como no podía ser de otro modo, eso de las canciones de cuna para niños, y entrega doce miniaturas (el disco dura dieciséis minutos) donde la inocencia y lo tenebroso van de la mano. El traje que se pone aquí Crepus es el que se hubiera puesto Will More si le hubieran pedido una banda sonora para una producción imaginaria y oscura de Walt Disney. Y es que canciones como “Pesadilla” y su historia sobre un hospital con enfermos bajo de la cama, la psicodelia con ecos de spaghetti western de “El monstruo de la cueva”, la inmediatez pop de la lisérgica “Soñando” o ese réquiem venido del más allá que es “No temas la oscuridad” (al H.P. Lovecraft niño le hubiera encantado), son bonitas sí, pero también inquietantes.

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