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bejo

Hay bandas que se ven más que se escuchan. Desde la edad dorada del videoclip, en los ochenta, dirán. Puede, pero en la última década, Youtube ha sido caldo de cultivo de una serie de grupos cuyo contenido audiovisual ha tenido tanto o más peso que el musical. Indisoluble. Café y cigarro. Mucha gente ha visto a OK Go, ¿cuántos les han escuchado al margen de sus clips?

De primeras, algo similar se podría pensar de Bejo, cuyo universo artístico ha ido siempre de la mano de las ideas locas de Cachi Richi. Una canción, un vídeo: la fórmula del millón (de reproducciones). Al menos hasta ahora, que Bejito se ha sacado ya de la manga, de su esponjosa mata de pelo, “Hipi hapa vacilanduki”, un largo que resume mucho de lo que el canario había compartido en streaming pero que suma otros tantos ejercicios de rima surrealista, juegos con el lenguaje y flow disparatado. Un disco al fin, tras “FundaMental” y “Pírdula”, de un par de años atrás (toda una vida en Internet).

Y como ya pasaba en directo con el miembro de Locoplaya, sin las imágenes que acompañan usualmente sus canciones, sus ritmos y rimas aguantan de sobras el tirón. Con más solvencia que la mayoría de sus compañeros de generación. Bejo es un rapero de los noventa que se expresa como alguien de los dos mil (pero sin apabullar con moduladores de voz), con dejes a Sólo Los Solo, pero también a muchos otros nombres clásicos, además de otros experimentos caribeños, funk o jazz. Con autoparodia, sí (por lo de los dosmiles y la posmodernidad y tal), pero su música va muy enserio… En breve, se comercializará en un USB en forma de pene.

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