Si hay algo que siempre ha demostrado el Xtrarradio Musicfest es la vigencia del rock de guitarras en el underground y la buena salud de la que goza este, y no estamos ante el año de la de excepción. En esta edición volvían a recuperar el formato de dos días seguidos que habían dejado de lado en 2015, con más grupos que hace dos años y, en consecuencia, una entrada más cara que se dejó notar en la afluencia de público. De nuevo, la entrada gratuita para menores de 20 años no impide que entren ganas de cerrar los ojos y pedir un deseo al ver a alguien menor de 25 en la sala, pero no nos vamos a extender sobre eso ahora.

Big Summer  abrían un primer día redondo, adjetivo que rara vez se puede aplicar con sinceridad a una jornada entera de un festival pero inevitable cuando ni una sola de las bandas baja del notable ni para tomar aire. Los barceloneses atacaron con un gran sonido -algo que sería la tónica a lo largo de todo el festival- y cierto regusto a banda sonora de bar decadente estadounidese por momentos. La tentación es fuerte, pero sería injusto reducirlos a la etiqueta de pop psicodélico/playero tan habitual en los últimos años: en directo -en disco ya es otro cantar- saben introducir la distorsión demasiado bien en esa ecuación, y esquivan el refrito sesentero con buenas dosis de contundencia. Puede que en algún tema las referencias asomen demasiado, pero nada que no solucione un poco más de rodaje.

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The Elwins llegaban con la sospecha encima por ser el infiltrado más indie del cartel (culpen al bigote), pero la despejaban rápido con un directo enérgico y sudoroso, versión antológica del “Hello” de Adele incluida. No voy a negar que da la impresión, situándose a cierta distancia, de que les faltan hits, pero si uno se deja llevar es difícil no mover los pies y borrar la sonrisa durante una hora. Eso sí, a mover los pies es difícil ganar a Los Tiki Phantoms (en la foto). Dieron la enésima lección de cómo debería de ser un directo de rock and roll, impecable sin parecer medido, con personalidad sin resultar forzado. Todos sus tics habituales siguen estando ahí, y diez años después siguen funcionando como el primer día. Dan ganas de lamentar ese techo fabricado con cristal de elitismo con el que parecen haber chocado, porque hoy más que nunca, son una garantía en directo.

Opatov volvieron a demostrar por qué son uno de los nombres imprescindibles a la hora de hablar de la psicodelia más garagera y shoegazera, ya no como promesa sino como realidad indiscutible. Los temas de “Bacán” (Famèlic Records, 15) se entrelazaron con los nuevos en un concierto entregado, con tripas y cabeza, de lo mejor del todo el festival. La traca -y tralla- final la pusieron los belgas Psycho 44, discípulos aventajados de los QOTSA más stoner y punk rockeros con un directo aplastante y temas que alumbran un futuro llenando salas como esta, especialmente si salen de su zona de confort.

El sábado empezaba con Cala Vento, la next big thing catalana por excelencia. Con ese aire despreocupado que envuelve canciones con olor a himno generacional (aunque tengan corazoncito noventero), arrastraban bastante público para ser los primeros en tocar y hacerlo aún más pronto que el día anterior. Un concierto deliciosamente imperfecto, y un ejemplo de pop en su mejor sentido. Acapvlco, por su parte, calificados muchas veces de grunge playero, parecen más bien responder a la pregunta de cómo sería el stoner si hubiera nacido en la Inglaterra de los 90. Tienen carisma, un vocalista que no podría donar sangre a cardiacos y suenan compactos, gracias sobre todo a unas líneas de bajo constantes que llenan el espacio que dejan los punteos en las guitarras. Su problema, más o menos habitual dentro de la psicodelia, es una repetición que debe ser manejada con mucho cuidado, porque lo que idealmente sería un trance puede resultar en un concierto plano, y hubo momentos en que se acercaron peligrosamente a ello.

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Por la misma línea entre el trance y el aburrimiento parecían caminar Nudozurdo en algunos momentos, aunque en su caso contaban con una nómina de fans entregados bastante más amplia que el resto de los grupos, cosa que siempre ayuda. Las (buenas) canciones salvan la puesta en escena, eso no se puede negar, pero esta impide ese empujón extra que siempre debería dar un grupo en directo. Un empujón que sí tienen Perro (en la foto), con una contundencia rítmica -que no se limita a los dos baterías- fuera de lo común y un repertorio sin un solo tropezón. No voy a repetir lo que ya se ha escrito sobre ellos en estás páginas, tan solo confirmarlo: el mejor directo del sábado sin duda. El cierre lo echaron Diola, surgidos con el cadaver de Unicornibot aún reciente, facturando un rock electrónico ideal para el directo y sobrado de tablas.

Es difícil sacar una tacha al Xtrarradio. El compromiso con bandas emergentes y el buen ojo anticipando grupos que más tarde han dado un salto descomunal es innegable. Pero sí resulta necesario dar un tirón de orejas cuando no hay una sola mujer encima del escenario a lo largo de los dos días de festival, un problema que, aún teniendo raíces más profundas, no debería ser invisible a ojos de los programadores.