No corren buenos tiempos para U2. “Songs Of Innocence” acaba de cumplir un año desde su publicación y se ha consolidado ya, en mi podio personal, como el disco menos inspirado de la carrera de los irlandeses. Podríamos sumarle el revuelo causado por el invasivo lanzamiento del disco en comunión con Apple, la muerte del padre de Larry Mullen Jr, el accidente ciclista de Bono y muchos más palos en las ruedas del “iNNOCENCE & eXPERIENCE Tour”, pero nada de ello ha limado la confianza de Bono, The Edge, Adam Clayton y Mullen en el disco y en la gira. Lo primero no tengo tan claro que merezca tanto esfuerzo, lo segundo –visto el primero de los cuatro conciertos de la banda en Barcelona- se entiende mucho más. Porque los irlandeses nunca fallan a la hora de dar forma a sus espectáculos de rock de estadio (aunque esta vez apostasen por un espacio más reducido y más fechas), algo que consigue mantenerles en la cresta de la ola en ese ámbito pese a lo que les decía de “Songs Of Innocence”. Ahí pocos hay que les hagan sombra. Su show sorprende en muchos momentos, aunque peca de ambigüedad en otros. Lo primero no es noticia puesto que los irlandeses siempre han sabido ofrecer espectáculo para grandes audiencias y un paso por delante de la mayor parte de sus competidores; lo segundo, menos, así que no se me lleven las manos a la cabeza. Una vez aceptadas las reglas de los conciertos del cuarteto, todos sabemos de qué va la cosa. Y son ya muchos años de giras. Quizás en esta ocasión a Bono se le haya ido un pelín la mano con el mensaje o con la forma de presentarlo, pero eso es y siempre ha sido parte de la banda. Así que no entenderlo es no entender lo que U2 llevan siendo treinta y cinco años. Para lo bueno y para lo malo. Aunque volvamos al espectáculo. Hubo grandes momentos de puro entertainment como los paseos de Bono a través de las calles de Dublín (proyectadas en la inmensa pantalla central situada sobre las cabezas del público; una idea imaginativa y que cuento ya entre los mejores momentos de su historia sobre el escenario) o el muro de Berlín sobre el que se proyectaban los irónicos mensajes de “The Fly” (que sonó sin la banda sobre el escenario), y también hubo algunosmás populistas (la conexión en directo vía Internet con los fans tuvo gracia, pero que fuese con “Mysterious Ways” y con una chica bailando desenfadada sobre el escenario algo menos). El “iNNOCENCE & xPERIENCE Tour” no supone la cima de los directos de U2, aunque mantiene el nivel sobradamente. El mayor pero que a uno se le puede ocurrir -puestos a sacarle fallos a la noche- es que Bono pretenda ser todavía quien algún día fue y desgraciadamente su forma física ya no es la misma. No hace falta ser el rey del rock’n’roll para protagonizar un concierto que deje a la gente contenta. No sé, da la impresión de que Larry Mullen y The Edge le han alquilado el cuadro a Dorian Gray y que Bono derramó por accidente parte de su elixir de la eterna juventud en alguna calle de Dublín. Los U2 de 2015 no son ya la banda enérgica de “Zoo TV”, sin duda la gira más inspirada de su carrera, pero mantienen la dignidad.

Como comentaba unas líneas más arriba, en cierta manera todos sabíamos a lo que íbamos al Palau Sant Jordi. Todos sabíamos en qué forma podían estar U2 y todos sabíamos que habría bajona de excitación cuando sonasen algunos temas. Pero también teníamos muy claro que la gente se vendría arriba cuando arremetiesen con sus clásicos y con los hits que han ido sembrando uno a uno incluso en sus discos más irregulares. Por supuesto, el cuarteto era consciente de ello, por eso los fue colocando estratégicamente a lo largo del show para dotarlo de un ritmo que solamente se resintió en los momentos más bajos. Y esos los tengo claros: “Every Breaking Wave” en el innecesario y siempre presente set acústico, los momentos edulcoradísimos de “Iris (Hold Me Close)” y “Song For Someone”, o una versión de “Sunday Bloody Sunday” a la que faltó parte de la energía que siempre tuvo. Pero durante el resto de la noche las cosas funcionaron más que bien.

El pistoletazo de salida con “The Miracle (Of Joey Ramone)”, “Electric Co.”, “Vertigo” y “I Will Follow” puso al recinto en ebullición, como también lo conseguirían “Bullet The Blue Sky”, “Pride” o esa “Where The Streets Have No Name” que supuso el primer momento de indisoluble comunión entre la banda y su audiencia. También funcionaron muy bien canciones de una supuesta segunda fila como “Until The End Of The World” o “Raised By Wolves”. Y como no podía ser de otro modo, los minutos finales con “Beautiful Day” y “One” provocaron la locura colectiva. Sirvieron como colofón a una noche protagonizada por una banda que, pese a no estar en su mejor momento de forma, es consciente de que el espectáculo debe continuar.