Lo cierto es que, a estas alturas, un concierto de Sex Museum alberga pocas sorpresas entre sus particularidades, pero no es menos cierto que la efectividad y el disfrute desinhibido vienen siempre garantizados con cualquier actuación de los madrileños. Y es que, independientemente del número de veces que se haya repetido la experiencia, las dos horas de ininterrumpida electricidad con sabor añejo y pose clásica del rock continúa convenciendo sin atisbo de duda.

La enésima visita del grupo a La Cueva del Jazz se enmarcaba dentro de la gira con la que la mítica formación está celebrando (como mejor sabe, esto es, sobre los escenarios) sus treinta años de carrera. Hablamos por tanto de perros viejos, capaces de aunar (con soltura y solidez) una interpretación cuidadísima con ese realismo visceral marca y seña de la casa. La sección rítmica de lujo formada por Javi Vacas al bajo y Loza a la batería encaja a la perfección con la pretendida aspereza de Fernando Pardo a la guitarra, y la imprescindible presencia de Marta Ruiz tras el Hammond. La creíble presencia escénica del vocalista Miguel Pardo completa la ecuación, si bien su propia interpretación resulta sometida ante las redes tejidas por sus compañeros.

Blues, garage y Rock & Roll fluyen y se entremezclan con naturalidad a generoso volumen, arrastrando tras de sí a un oyente noqueado y que tampoco osa oponer resistencia. Todo bien sudado y rodado en temas del tipo de “Seven Days”, “Red Ones”, “Landlords” o “Minnesota Strip”, además de las siempre celebradas versiones de The Sonics, Electric Six y una simbiosis de Deep Purple y Beastie Boys. Efectivamente, nada nuevo en la propuesta, pero bajar a los personales infiernos propuestos por la banda continua siendo un placer de inhabitual efecto sanador.