Tras la jornada gratuita y muy pasada por agua del miércoles en el Fórum que sirvió para que lo más intrépidos calentaran motores con grupos como Stromae, Holy Ghost! y la joven Sky Ferreira, el pistoletazo de salida de la jornada del jueves lo daba el saxo esquizoide de Colin Stetson en el Auditorio del festival. El de Michigan está acostumbrado a participar en discos y giras de Arcade Fire o Bon Iver, pero lo suyo dista mucho de cualquier acomodo melódico. Su apabullante interpretación le bastó para que él solo con su saxofón, fuera capaz de crear un ambiente cargado de drones que nos llevarían por un inquietante viaje pleno de tensión. Las notas bailaban como la paleta cromática de un pintor abstracto que te golpea con su obra aunque distes mucho de comprenderla.

Al poco, y ya en el exterior, le tocaba a El Petit de Cal Eril intentar dejar su huella a una hora en la que solo cerca de un millar de acólitos lo arroparon en primera línea de fuego. No lo hizo mal el de Guisona echando mano de canciones infalibles de su último trabajo como “Amb Tot”, “Com un plom” o “Estramoni (finis laus deo)”, aunque en algún momento le faltó algo de ritmo festivalero a la hora de enlazar sus canciones. Tras el catalán, los chilenos Föllakzoid se asomaban al escenario ATP para dejar constancia de su propuesta repleta de kraut rock lisérgico, pero como el sonido no acompañaba del todo nos desplazamos a toda prisa de nuevo al auditorio para ver como Julian Cope se lanzaba con la única compañía de su eléctrica a defender las canciones de su último disco, el más que recomendable “Revolutionary Suicide”. Un álbum que defendió con entereza y tablas, arrancando incluso las sonrisas del respetable con sus comentarios y dando pie a la nostalgia con algún regalo de su extenso cancionero como “Sleeping Gas” o la celebrada “Sunspots”.
De nuevo en el exterior, Rodrigo Amarante nos meció con la dulzura de su voz educada en la bossa y con esa torna de tonadas tiernas, emocionantes y apocadas que, como la bella “Tardei”, conforman “Cavalo”, su último disco y que, posiblemente, hubieran tenido mejor cabida en el espacio cerrado del que habíamos salido unos minutos antes. Los que no tuvieron problemas de encaje fueron Midlake (en la foto), quienes iban a protagonizar la primera gran actuación de la jornada. Con un sonido apabullante y nítido, dejaron constancia de su técnica, profesionalidad y horas de vuelo para desplegar canciones irrefutables. Temas de encaje folk-progresivo ensoñador y lisérgico como “Provider” o un “We Gathered In Spring” en la que empastaron a la perfección sus voces y se dejaron llevar por un crescendo final que empalmaron con la inquietante “Antiphon“. Aunque sin duda el momento de la tarde vino cuando echaron mano de dos de sus temas estrella “Roscoe” y “The Old And The Young”, los que mejor sintetizan lo bien que han sabido superar la baja de una pieza clave, su anterior vocalista y guitarra Tim Smith, de la que se han recuperado sin aparentes rasguños.

 

Otros que también estuvieron a la altura de lo esperado fueron los neoyorquinos Caveman quienes, al contrario que Midlake unos minutos antes, nos ofrecieron una cara menos nítida y ensoñadora para lanzarse con acierto a embarullar sus guitarras y sinte, creando una atmósfera cargada de una bella electricidad culminada con canciones de la efectividad de “In The City” que es lo que más cerca han estado de tener un single para las masas. Los que nunca estuvieron para muchas mayorías y sin embargo gozan hoy en día de un estatus de culto mayoritario, son Neutral Milk Hotel y lo cierto es que estuvieron a la altura tanto de la leyenda como de lo que se esperaba de ellos. Ya desde el principio con “The King of Carrot Flower” dejaron claro que el viaje en el túnel del tiempo iba a dar buenos resultados y que, lejos de caer tan solo en el ejercicio de nostalgia, ejercería de vindicación de una banda que, al igual que Violent Femmes o REM una década antes, abrirían el camino a muchas otras que posteriormente han afianzado el indie-folk con excelentes resultados. Solo hay que dejarse llevar por el tramo comprendido por “Two Headed Boy”, la funebre “The Fool” o la celebrada “In The Aeroplane Over The Sea” para darse cuenta de ello.

Queens Of The Stone Age por su parte mostraron su parte más sofisticada y elegante, la misma que ha dominado a la bestia que un día habitó en su interior y que hoy en día solo pega algún zarpazo gracias al contundente y certero golpeteo de Jon Theodore, batería que vino de Mars Volta. Aun así, los de Josh Homme no decepcionaron sobre todo cuando echaron mano de canciones inapelables como “Smooth Sailing” con ese sonido arrastrado, sexual y sucio tan característico; la ya inevitable semi-balada “…Like Clockwork“; la sinuosa, oscura y algo chulesca “If I Had A Tail” o la agradable sorpresa de la más soulera “Make It Wit Chu“ que se erigió en uno de los mejores momentos de un show, que encaró su recta final con temas como “I Sat By The Ocean”, “Sick, Sick, Sick” o la frenética “Go With The Flow” para finalizar con un “Song For the Dead” que nos recordó que un día QOTSA recogieron el testigo de Black Sabbath para llevarlo a otra dimensión quitándole la gruesa capa de polvo que lo cubría. Texto: Don Disturbios

 

A primera hora de la tarde y en un Sony Club de reducidas dimensiones nos enfrentamos ya al pop electrónico aún por madurar de Barcelona82 y el indie rock rabioso y fresco de Lost Fills, dúo que no se anda con remilgos a la hora de recuperar el sonido del indie rock estadounidense de los noventa e inyectarle dosis elevadas de acento y actitud totalmente mallorquinas.

El primer concierto internacional del escenario Heineken, el del quinteto Real Estate, subrayó dos cosas, que sigue habiendo un lugar destacado para propuestas de pop nada pirotécnicas y en las que la canción es el elemento fundamental, pero también que formaciones como la que conforman los de New Jersey deben ocupar horarios relativamente tempranos para no provocar fuga de audiencia. En todo caso, los firmantes de “Atlas” han dado un paso de gigante en solidez desde “Days”, dotando a su pop de cuerpo y alma. Su actuación no estuvo entre las favoritas del festival, pero sí justificó sobradamente su paso por el escenario Heineken.

En estudio, los neoyorquinos Antibalas han sido capaces de demostrar una calidez, una pasión rítmica y un conocimiento de las herramientas para obligarnos a bailar que jamás podrá ser puesta en duda. Su recuperación del afrobeat tiene un punto de aquellos años en los que la ciudad que les cobija era un auténtico hervidero de descargas latinas, pero esta vez, sobre el escenario les faltó algo. Sonaron mucho menos convincentes de lo que esperábamos y, por momentos, dio la impresión de que más que ante unos músicos de nivel que han pasado por sellos como Anti y ahora mismo por Daptone estábamos ante una docena de turistas y amigos que se habían reunido para pasar un buen rato tocando sus canciones. Faltó nervio, faltó emoción y sobre todo faltó energía mántrica que nos hiciese meternos en esas bacanales rítmicas que suelen moverse alrededor de los ocho minutos de duración. Y eso es algo que sí tuvieron apenas unos minutos antes los holandeses The Ex. Arnold de Boer continúa sin alcanzar las cotas de emoción de emoción a las que solía llegar G. W. Sok y, de algún modo, da la impresión de que el resto de The Ex ha bajado la intensidad de su rabia para ponerla al nivel de Boer más que al contrario. Por suerte, cuando atronan las disonancias y los guitarrazos empiezan a cortar, volvemos a encontrarnos ante una formación que se ha ganado su merecida reputación a base de algo muy sencillo y al mismo tiempo tan complicado de obtener como es transmitir toda su honestidad y emoción de la forma más intensa posible. Solamente los jovencitos irlandeses Girl Band se acercaron remotamente a aquellas horas de la tarde a la crudeza de The Ex. Les falta mucho camino por recorrer, pero agradecimos encontrarnos a un grupo joven que sonase rasposo y, por momentos, algo incómodo. Veremos hacia dónde continúan su camino y si consiguen evitar la sensación de monotonía que afectó a parte del show que vimos ayer.

Quienes no decepcionaron y subrayaron también el sólido paso adelante que han dado con su nuevo trabajo fueron Future Islands (enla foto). Los de Baltimore no han conseguido solamente que “Singles” sea su disco más redondo, el más comercial y el que más canciones memorables reúne, sino que también han conseguido que ese repertorio haya encajado a la perfección en el directo de una banda que si algo destila es clase a raudales. Su recuperación del pop ochentas más estilizado y pulido tiene mucho de personal y muy poco de circunstancial. Y eso es algo que sus directos subrayan aun más. Más allá de su peculiar forma de bailar y moverse, Samuel T. Herring consiguió erigirse como una de las mejores voces y uno de los mejores frontman de la jornada. Fueron cuarenta y poco minutos, suficientes para evidenciar que se han ganado a pulso lo que tienen. En unos meses, de nuevo en sala.

 

De camino hacia la dosis necesaria de hardcore del día, pudimos disfrutar de algunas canciones de Charles Bradley, un verdadero soul man y todo un nómada que se ha recorrido escenarios y ciudades de todo el mundo. Se mueve e interpreta como el género pide a gritos, pero suena y canta con el corazón. A sus sesenta y pico años de edad demuestra que la música es algo que se vive o no, algo que buena parte de los jovencitos que inundan los escenarios de este y muchos otros festivales deberían aprender antes de echarse a la carretera. En ocasiones a uno diría estar ante un impersonator de James Brown de segunda fila, pero Bradley es tan de verdad que ni eso vamos a echarle en cara.

Se suponía que Arcade Fire iban a tenerlo complicado para enfrentarse a ese encontronazo que iba a suponer actuar minutos después de Queens Of The Stone Age, pero resultó que no. Dejando a un lado a un lado la demostración de fuerza de Jon Theodore, los de Josh Homme no alcanzaron a superar ni por casualidad a los canadienses. A estos, podremos echarles muchas cosas en cara (mismo repertorio prácticamente que en su gira anterior, espectáculo que eclipsa parte de la interpretación, set demasiado estudiado…), pero nos equivocaremos en la mitad. De hecho, Win Butler y su numerosa banda marcaron un nuevo tope para la jornada, justificando su popularidad y sobre todo la masiva afluencia de público a su actuación. Abrieron con “Reflektor” y abandoné su concierto con “No Cars Go”, pero entre ambos temas lo que pude ver fue una demostración de profesionalidad fuera de toda duda. Ofrecieron una actuación sólida en la que los temas se sucedían uno tras otro sin apenas descanso, un show cuidado al detalle y una interpretación sin fisura alguna. Faltó algo de intensidad de la de verdad, de la que eriza el vello, pero fue tanta su profesionalidad y el respaldo de la audiencia coreando muchas canciones que esta vez se lo perdonamos todo. Quizás una próxima visita en las mismas condiciones y con un repertorio similar (algo que parece bastante probable, la verdad) le reste muchos enteros a su concierto, pero no estamos hablando del futuro, estamos hablando del aquí y el ahora. Y si a eso nos ceñimos, Arcade Fire ayer demostraron estar a un nivel que muchos envidian justificadamente. El día de mañana, Dios dirá.
Tras las elevadas dosis de épica de Arcade Fire, nada mejor que desengrasarse totalmente con todo lo contrario. Los californianos Touché Amoré (en la foto) llegaban por primera vez a Barcelona para recordarnos por qué motivos se les considera principales espadas de ese nuevo movimiento hardcore que se ha dado por llamar The Wave. Guitarras a punto de descuajaringarse en todo momento, un batería que pasa de 80 a 140bpm en apenas unas milésimas de segundo y sobre todo un vocalista, Jeremy Bolm, que se deja la piel en cada chillido, en cada salto, en cada movimiento. Touché Amoré son lo más cercano que podamos encontrar ahora mismo a aquello que nos conquistó del emo gritón de los noventa. Situémosles en algún lugar entre Fucked Up y At The Drive-In y sobre todo disfrutemos cada vez que nos visiten. Los minutos finales con Bolm navegando sobre la audiencia y cantando a grito pelado sin micrófono fue sin duda una de las imágenes que un servidor recordará de esta edición del festival.

 

Casi a la misma hora, en el escenario Pitchfork, The Range (léase el estadounidense James Hinton) se las vio y se las deseó para mantener al poco más de centenar de personas que decidieron apostar por verle sobre el escenario. No fue su noche, pero por lo menos intentó que la oportunidad no se le escapase por entre los dedos. Texto: Joan S. Luna