Cómplices en la rica escena underground nacional, siempre mutando en infinitas direcciones, si en algo coinciden murcianos y barceloneses es por no atarse a ninguna tendencia genérica concreta y encapsular un sentido del humor surrealista muy suyo. Porque en cuanto a la música, son en realidad muy diferentes: unos parten de la disciplina rítmica y melódica, otros de una (aparentemente) anárquica deconstrucción de géneros.

Con Trópico Lumpen (gran título que, en realidad, no verá la luz hasta el año próximo) y Loloismo (Gandula, 15) como armas discográficas más próximas, las dos bandas mostraron sus credenciales complementarias. Era como si, por una noche, un espacio alternativo se hubiera teletransportado a una gran sala convencional. Lo cual, de vez en cuando, tiene bastante gracia. Además, la entrada, formada por un público sanamente intergeneracional, no estuvo tan mal como se había temido: son fechas complicadas.

 

Lo de Za!, hace tiempo que no es ningún secreto. El pollo que montan estos dos chalados sobre el escenario no tiene parangón en España y (por eso lo flipan también fuera) el extranjero. Apoyados por un sonido impecable de gran pegada, ataviados con camisas hawaianas y shorts, Papa DuPau y Spazzfrika Ehd se encargaron de poner patas arriba el creciente aforo de la sala, que veía con asombro e incontenible gozo cómo daban un uso visceral, casi físico, de su arsenal de samplers, loops, sintes marcianos, guitarras, batería, trompetas, silbidos, palmas y ruidillos. Pasando, con pasmosa fluidez, de unos Beastie Boys enloquecidos, al math-rock demencial de patrones intrincados (¡qué batería!) o incluso Jimi Hendrix. No tiene mucho sentido dar referencias, porque hacen lo que les da la gana con un sentido musical, lúdico y orgánico apabullante. Homenaje surrealista incluido a una maleta de sus interminables giras para la que pidieron un himno de despedida. Enormes.

No es fácil salir a tocar después de los barceloneses, y Perro cumplieron bien. A pesar de que su actuación sufrió de cierta arritmia, más por algunos problemillas técnicos que por los constantes cambios de instrumentos del cuarteto. La energía primaria de sus canciones se libera desde la precisión de sus dos baterías perfectamente sincronizadas y la economía de sus patrones y estructuras. Tienen las cosas muy claras, lo cual siempre es una ventaja, y el poso de frescura pop de muchas de sus melodías le llega bien a la gente. Su concierto, en el que metieron dos prometedores cortes de su inminente disco, fue de menos a más, con continuas coñas a su origen murciano -la flamante bandera autonómica fue enarbolada al final-; no tomarse a uno muy en serio, sí hacerlo con la música que uno hace, es siempre buena señal.

En el final frenético los más incondicionales, que corearon con ganas el homenaje friki-futbolero de su hit, el kraut asilvestrado Marlotina (George Finidi, Valeri Karpin…), montaron un muy respetable pogo, y hasta hubo algún conato de salto desde el escenario, aunque la cosa (en cuanto a densidad) no estaba como para tantas alegrías. Qué buena manera, en todo caso, de empezar las fiestas.