Paul Weller vino, como en anteriores ocasiones, a no dejar prisioneros. La excusa esta vez fue el lanzamiento de su último trabajo publicado el pasado 12 de mayo, “A Kind Revolution” –y ya van 13 largos en su carrera en solitario- , un disco que condensa el mejor Weller en todos sus desdoblamientos sonoros desde los días que formaba parte de The Jam -en pleno revival mod a finales de los 70- hasta los días de su prolífica carrera en solitario, que inició en 1992 con la publicación del sublime “Paul Weller”.

The Modfather es un perro viejo, ya son 40 años de carrera, y sabe como organizar un set para que le salgan todas las carambolas bien y que el público se sienta lo más satisfecho posible. Abrió fuego con “White Sky”, el que fuera primer single de su anterior trabajo Saturns Pattern”, y ya conectó con el numeroso grupo de seguidores que abarrotaron la sala grande de Razzmatazz. El set pivotó entre los hits de siempre y las gemas de su cancionero más reciente, concentrándose estas últimas en la primera parte del concierto, como “Long Time”, “I’m Where I Should Be”, “Nova” o esa balada ascendente con tintes 70s que es “Saturn Patterns”. En este tramo también hubo tiempo para la revisión de dos clásicos de su etapa con The Style Council, “My Ever Changing Moods” y “Shout to the Top!”, mientras que en la segunda parte despachó hits de los 90 a diestro y siniestro: “Into Tomorrow”, “Above the Clouds”, “You Do Something to Me”, “Porcelain Gods”, “Peacock Suit” y “Whirlpool’s End”, estas tres últimas enlazadas justamente antes de hacer un descanso previo a los bises.

El ritmo del concierto fue en progresión empinada, y para el primer bis siguió la misma fórmula: sosiego con “These City Streets” y “Broken Stones”, y despegue con “Start!” de The Jam y “Come On Let’s Go”. El bis final fue de traca, con el doblete invencible compuesto por “The Changingman” y “Town Called Malice” que puso a todo el Razz a bailar. Fueron dos horas intensas. De nuevo, Paul Weller lo bordó, todo salió al dedillo. La banda sonó perfecta, él cantó y tocó el piano y la guitarra con una profesionalidad al alcance de pocos, y el set no cayó en la fórmula fácil de los viejos “Greatest Hits”. Aunque tanta perfección acabó por traducirse en frialdad en alguno de los momentos, y seguramente éste fue el único “pero” del concierto.