Si durante el concierto uno se abstraía del sonido de la música, daba la impresión de que Orlando Julius se encontraba desorientado sobre el escenario. Este nigeriano septuagenario se movía con torpeza y se comunicaba en un inglés bastante complicado. De hecho, la corista y bailarina que le acompañaba le robaba el protagonismo cada vez que le quitaba el micrófono para hablar con el público o le indicaba en qué lugar debía situarse. Sin embargo, no hacía falta más que escucharle cantar y sobre todo tocar el saxo como un salvaje para caer rendido ante él.

Julius, historia viva de la música africana, mantiene el poderío que le convirtió en uno de los padrinos del afrobeat en la década de los setenta. Y lo consigue en gran medida gracias al respaldo que le brinda el sólido y versátil sexteto londinense The Heliocentrics. Entre todos reproducen con fidelidad los patrones clásicos del estilo, en los que funk y jazz se ven empapados en el sudor que emana del clamor de los metales y el trenzado rítmico de las percusiones. La misma banda dejó caer guiños a lo largo del repertorio con los que indicaron que sus coordenadas musicales se sitúan en algún punto entre Fela Kuti, James Brown y Bob Marley.

Paradójicamente, a pesar de todo lo que un concierto así tiene de reivindicación africanista, la única persona negra que llegué a atisbar entre el público fue una niña que disfrutaba rodeada de blancos. Y esta no fue la única (pequeña) decepción: las sillas dispuestas por todo el auditorio disuadieron a la mayoría del público de dejarse llevar por la música, y los que se animaron a bailar permanecieron en el fondo de la sala. Y es una lástima, porque este bucle sonoro infinito no está concebido para la escucha individual y reposada a la que invita un auditorio como este, sino para el goce colectivo de los cuerpos en movimiento. Así que resulta un tanto extraño que un sonido que nace del calor de la tierra, del sol y del sexo despierte una respuesta tan fría entre el público.

Eso sí, la sala entera se puso en pie fue cuando los músicos dejaron los instrumentos y se les despidió con una larga y sentida ovación. Porque cada uno disfruta de la música como mejor sabe (o, como en este caso, de la manera en que le permite el espacio en el que se encuentra). Y en este caso quedó patente que todo el auditorio había gozado de buena manera con un espectáculo sonoro a todas luces excepcional.

Heliocentrics