Cada vez resulta más complicado ver a Los Planetas fuera del circuito de festivales, por lo que su presencia dentro de las fiestas patronales de Valladolid se acogía con ilusión, más aún cuando la banda hacía años que no visitaba la ciudad. A las once de la noche y con extrema puntualidad, los granadinos aparecían en el imponente escenario levantado en la Plaza Mayor, para comenzar con la no menos majestuosa “Islamabad”. Buen sonido y potencia suficiente en un inicio prometedor, que dio paso a otros temas nuevos como “Porque Me Lo Digas Tu”, “Seguiriya de los 107 Faunos” o “Hierro y Níquel” con los que el quinteto se recreó en esa faceta más ambiental y etérea que completan con influencias aflamencadas.

Un bucle que resultó alargado y demasiado tedioso incluso (o sobre todo) para los seguidores más veteranos, que seguramente buscaban un reencuentro tirando a nostálgico, no necesariamente basado en los cortes más reconocidos del grupo, pero sí de mayor complicidad. Si de algo no se puede acusar a Los Planetas es de complacientes, y respetando que el grupo se encuentra presentando su último y reciente álbum, “Zona Temporalmente Autónoma” (El Ejercito Rojo, 17), fue precisamente eso lo que hicieron la pasada noche en la capital castellana. El error de cálculo vino en cebarse demasiado en el asunto, apostando por una distribución del set plagada de medios tiempos brumosos y que terminó derivando en cierta inercia.

Tuvo que pasar casi una hora para que el combo al fin decidiese meter una marcha adicional al tiempo de echar la vista atrás, despertando (ahora sí) a un público que ya comenzaba a echar de menos desesperadamente esa faceta de la formación. Un segundo tramo que contó con éxitos indisimulados como “Un Buen Día”, “Segundo Premio” o “David y Claudia”, junto a otros que no lo fueron tanto pero que calaron igualmente en la vieja guardia, caso de “Santos que yo te Pinté”, “Corrientes Circulares en el Tiempo”, “Jose y yo” o “Parte de lo que me Debes”. Ya en los bises, el grupo tampoco ofertó concesiones y volvió a optar por composiciones recientes antes de soltar “De Viaje” y la definitiva “Pesadilla en el Parque de Atracciones”.

Se cerraba así una actuación que dejó la impresión de que J y compañía pueden ofrecer una interpretación solvente e (intermitentemente) atractiva, incluso con el piloto automático activado parcialmente. Un concierto cumplidor de cerca de dos horas, que dejó esa misma sacudida agridulce que propicia el reencuentro, varios años después, con un amigo de juventud, y tras la que sólo queda asumir que hay cosas que han cambiado sin remisión. Y no es que eso sea mejor ni peor, pero sí diferente, en una sensación que termina por generar cierto quemazón sentimental.