Ajeno al cordón de seguidores que bordeaba el Palacio de Congresos, J volvía como si nada de tomarse la caña de rigor y se colaba de incógnito ante una pasarela entre la que destacaba la figura del diputado socialista Eduardo Madina. Con los haters fuera, Los Planetas comparecían de nuevo en Granada tras más de dos años. Jugaban en casa, delante de 2.000 prosélitos que pagaron unos 40 euros por la entrada. Y había ansias de cotejar en vivo las piezas de Zona Temporalmente Autónoma –lo tocaron prácticamente entero–, noveno álbum de una banda que va para treinta años. El esquema se mantiene: el fárrago jondo al principio, el reguero pop después.

De manera que asistimos a dos conciertos. El primero, ceremonioso, salmodiado, envuelto en un abigarramiento de electricidad marca de la casa. Un trance que abrieron con Islamabad y que dejó al público al fin levantado de las butacas a la undécima canción, Santos que yo te pinte. Por el camino, todo un tratado sobre el amor y el desamor con desabrimiento flamenco. Nadie lo dice, pero la obra de Los Planetas va de eso: sentimientos tan humanos como universales. Letras claras y meridianas con el tino de la lírica popular. Y en esta defensa del rock granadino, el grupo alcanzó algunas cimas de emoción rotunda. El eco de Enrique Morente en el éxtasis que se desató con Ya no me asomo a la reja. La delicadeza confesional en Porque me lo digas tú. La mención expresa del homenaje a Agujetas que guarda Libertad para el solitario, un fandango noise. También maravillosas las evocaciones de Corrientes circulares en el tiempo, cuando en el I can’t hide de Flamin’ Groovies coronaba las noches en el Ruido Rosa. O la conmovedora letra –esa letra– de Hierro y níquel mientras Florent taquigrafiaba con guitarra y pedalera.

El rearme del combo y el insólito ritmo de actuaciones en las últimas fechas ayudaron a la fluidez de esta versión engrasada de Los Planetas. En directo, el papel de J se ciñe al encaje de versos, a la encuadernación de conceptos, al estampido de melodías que andan solas en mitad del fragor. Eric, espectacular en su rol; cómodo en unas baterías mucho menos templadas que en el disco y espléndido cuando abrazó la catarsis en Segundo premio. Y la segunda parte resultó una fiesta, un guateque de treintañeros y cuarentones fundidos en abrazos beodos. Títulos recientes como Ijtihad o Espíritu olímpico se trenzaron sin flaquear entre briosos clásicos de los noventa como Rey Sombra, David y Claudia o Jose y yo. En los bises, Soleá Morente se llevó una ovación cuando salió a cantar Una cruz a cuestas. La traca de cierre incluía Un buen día, Pesadilla en el parque de atracciones, Amanecer, Soy un pobre granaíno, De viaje… Y un inopinado final con Los poetas, para poner las cosas como empezaron: en la lectura del Corán. Antes, los teloneros, Apartamentos Acapulco, presentaron con robustez sus Nuevos Testamentos. Coherencia total. Herederos de la escuela que implantaron Los Planetas en España cuando el indie todavía era indie, los locales fueron un aperitivo inmejorable. La psicodelia es salir de un concierto de Los Planetas en Granada y cruzarte por la calle con Ricky Martin y Los Secretos. Pero esa es otra historia.