A la generación que recuerda
el cartel de Pennywise en Minuesa o el de NOFX en el Templo del Gato le costará
un poco entender que Green Day llenen el Palacio de los Deportes en 2009. Pero
así es, y así deberá constar en el capítulo de las visitas de los clásicos del
punk rock americano a nuestras tierras. Da la impresión de que Billie Joe
Armstrong recuerda la sala Revolver donde presentó aquel disco perfecto
titulado “Dookie”
hace más
de quince años. Los músicos tienen muy buena memoria con las salas y las
ciudades y él hizo un comentario que permite añadirle a la lista. Por aquel
entonces, el sesenta por ciento del público que llenó el Palacio no había
nacido o acababa de hacerlo. La generación de “American Idiot”
ha disfrutado de otros Green Day, más líricos y
hechos y compactos y compositores. Con más sonido y más grandes en directo,
lógicamente. Apoyados por tres músicos y unos cuantos petardos, Green Day suben
el volumen y se tiran más de dos horas sin parar gracias ante todo a la
generosidad de un Armstrong que toca con la vitalidad y la ilusión del primer
día y encima canta bien. Se mete a la pandilla en el bolsillo literalmente, y
hasta les deja su micro y su guitarra. La clásica “Longview” permitió comprobar
una vez más que el público sabe cantar, pero las personas solas no tanto. La
cosa no resultó y tuvo que despedir a las afortunadas tal y como merecían,
aunque más tarde sí encontró un buen guitarra rítmico. Con tantas gargantas
entregadas, las canciones no fallaron. El último disco de Green Day es una gran
excusa para montar estas fiestas, pero es un peñazo y su buen concierto lo
confirmó. No han dado con la pegada instantánea de “American Idiot”
, de la magníficamente interpretada “Boulevard Of
Broken Dreams”. Sólo al final vistió bien la suave “21 Guns”, pero para
entonces todo estaba dicho después de una sesión de bufonadas y de unas cuantas
piezas memorables del pasado con “Basket Case” en el lugar (alto) que le
corresponde.