A priori, un cartel con un muy esperado cabezón de cartel y unos cuantos grupos ya vistos en el festival, no parecía un reclamo demasiado atractivo para asistir a la decimosexta edición del Azkena Rock. Sin embargo, realizando un balance global, la cita estuvo a la altura de las circunstancias.

Tras la inesperada ausencia de última hora de los Meteors, no había duda de que The Godfathers iban a convertirse en la primera opción del viernes. Nos dieron lo que fuimos a buscar, rock garajero y actitud punk. Peter Coyne, con su inseparable ceño fruncido, cantó con ganas algunos de sus temas más conocidos, como “Cause I Said So” y “She Gives Me Love”. Dijo que el amor había muerto y nos despachó con la imprescindible y realista “Birth, School, Work, Death”

The Soulbreaker Company siempre son profetas en su tierra. Los gasteiztarras tiraron de influencias setenteras y no dejaron sin tocar casi ningún palo de esa época. Crearon atmósferas hipnóticas con su psicodelia de dos caras, pesada o ambiental según lo requiriese la ocasión, y en algunos momentos dieron la impresión de estar al borde del trance. Destacaron dos canciones de su disco “La Lucha”, “Black Wool Yarn” y la épica “The Kid Out Of His Land”, ambas con la presencia de Txus, cantante de Arenna, a los coros.

Llamar la atención de Tom Petty y conseguir que te apadrine y te produzca un disco, supone una buena carta de presentación para cualquier banda. The Shelters se encuentran en pleno aprovechamiento de esa ola y defienden su trabajo con determinación. Su show desprende aroma de rock americano clásico, pero no renuncia a parecer moderno y juvenil, y acercarse a sonidos que se podrían definir como indies. El cantante y guitarrista principal Josh Jove tiene madera de estrella y lo sabe. En la parte final del concierto se adueñó de la situación y eclipsó a sus compañeros sin rubor.

Existen grupos musicales desconocidos para el gran público, y cuya propuesta no es lo suficientemente directa como para enganchar a la primera. Es el caso de King´s X. A pesar del buen nivel vocal e instrumental, dejaron fríos a todo el mundo, excepto a los fans de la primera fila. Lograron conectar algo más con algún llamativo pasaje progresivo y con algún tema suelto como “Black Flag”.

Llegó el turno de los veteranos norteamericanos Cheap Trick (foto superior). Superaron las expectativas con su mezcla de glam rock y power pop de estribillos. Con el punto hortera justo, no cayeron en la autoparodia y demostraron estar en muy buena forma. La chispeante ” California Man” fue la primera en caldear el ambiente, y posteriormente se unieron a la fiesta clásicos como “If You Want My Love” y “Dream Police”. También pudimos disfrutar de “Long Time Coming”, enérgico adelanto de su inminente nuevo disco, y de una curiosa versión de “I´m Waiting For My Man”, de la Velvet Underground, que el bajista Tom Petersson se llevó al terreno de su peculiar voz. La balada “The Flame” resultó excesivamente empalagosa, pero el público volvió a venirse arriba coreando la mítica “Surrender”.

Los suecos Graveyard usaron el arma de la contundencia para ofrecer un buen concierto. Su poderoso hard rock setentero se apoya en la gran labor del vocalista, capaz de cambiar fácilmente del registro agudo al grave. Incluso las canciones lentas golpean con garra, alguna con regusto de blues arrastrado y otras con alma de balada revientaestadios.

El momento más esperado de la noche lo protagonizó John Fogerty (foto encabezado), líder y cantante de los venerados Creedence Clearwater Revival. El espectáculo, completado con una pantalla en la que se proyectaron acertadas imágenes vintage de la propia CCR y de acontecimientos socioculturales de los años 60 y 70, comenzó como un tiro con “Born On The Bayou” y “Travelin’ Band”, y continuó con una lista interminable de hits de la banda californiana. La voz de Fogerty flojeó al principio, con algún amago de gallo incluido, pero por suerte se fue engrasando poco a poco. Lo que se mantuvo en todo momento fue su impresionante capacidad guitarrística y la solvencia de todos sus músicos. Pero esa gran virtud llegó a convertirse en defecto cuando alargó hasta la extenuación alguna canción como “I Heard It Through The Grapevine”, engullida en un mar de solos de teclado y bajo. La escucha de “Have You Ever Seen The Rain” palió el sabor agridulce que se estaba instalando en el ambiente, y la traca final, encabezada por “Fortunate Son” y concluida con “Proud Mary”, nos dejó satisfechos.

Después se produjo mi reconciliación con Hellacopters (foto superior). También es cierto que era complicado que repitiesen el fiasco del año pasado en el escenario situado enfrente del que tocaron en esta ocasión. Si hace un año sonaron de pena, esta vez el sonido les acompañó y no dejaron títere con cabeza, desplegando su imparable colección de cañonazos guitarreros. El teclado saltarín aportó frescura, y les quedaron especialmente bien las interpretaciones de “Toys And Flavors” y “I’m In The Band”, antes de la apoteosis final con los arietes “By The Grace Of God” y “(Gotta Get Some Action) Now!.

La jornada del sábado empezó con la música, enraizada en la cultura norteamericana, de Buck & Evans. Una buena dosis de hard blues, rock sureño y soul, realzada por la excelente voz,cálida y llena de matices, de Sally Ann Evans. La guitarra de Chris Buck no se queda atrás, destacando sobre todo en los instantes más rockeros.

Tenía cierta curiosidad por ver al bueno de Captain Poon liderando a Bloodlights. El antiguo miembro del torbellino noruego Gluecifer, rodeado de varios tipos tan macarras como él, no aportó gran cosa y facturó hard rock escandinavo melódico y de andar por casa. Lo mejor fue “New Rose”, versión de los Damned.

Que Loquillo nunca defrauda es una verdad como un templo. Un tipo que con su sola presencia llena cualquier escenario, y que con un mínimo gesto se mete a la audiencia en el bolsillo, merece todo el respeto del mundo. Y si al carisma se le unen una gran actitud rockera y una banda que le arropa incondicionalmente con su buen hacer, la victoria está asegurada. La limitada duración del concierto, poco más de una hora, le ayudó. Sólo hubo cabida para grandes éxitos como ” Carne para Linda” o “Feo, Fuerte Y Formal”, por no hablar de otros que forman parte de la cultura popular de varias generaciones: “El Rompeolas”, “Quiero Un Camión” o “El Ritmo Del Garaje”.

El londinense Michael Kiwanuka (foto inferior) comenzó de manera brillante con esa maravilla que es “Cold Little Heart” y su preciosa intro espacial instrumental que podrían haber firmado los Pink Floyd más etéreos, y alargó ese momento mágico con “One More Night”, cantada con una pasión tierna y desgarradora al mismo tiempo. A continuación, atacó la reivindicativa y antirracista “Black Man In A White World”. Hubo tiempo también para pop con tintes africanos, y en ciertos momentos me vino a la cabeza el Ben Harper más descarnado. El soul espiritual dio paso a momentos de una quietud tan extrema que el tiempo pareció detenerse, y creo que el entorno de un macrofestival de rock no es el idóneo para disfrutarla al máximo. En otro contexto más íntimo, la satisfacción hubiese sido más plena. El honor de cerrar el set correspondió a “Love & Hate”, memorable composición, con esos contagiosos coros infinitos.

A Ebbot Lundberg le gusta mucho Euskadi. Nos ha visitado varias veces, con The Soundtrack Of Our Lives y con sus Indigo Children, proyectos bastante diferentes a estos resucitados Union Carbide Productions. El sonido se asemejó bastante al de sus discos de estudio En la crudeza y en la suciedad es donde mejor se desenvuelven, sobre todo cuando emulan el protopunk de los Stooges y martillean los tímpanos sin piedad, como en la machacona y sincopada “Ring My Bell”. Ebbot se encontró en su salsa, casi siempre lo hace, y ejerció de reverendo y maestro de ceremonias, demostrando su capacidad camaleónica para adaptarse a cualquier estilo musical.

Lo de Chris Isaak (foto inferior) no tiene nombre. Mejor dicho, tiene muchos. Elegancia, saber estar, carisma, gen artístico…. Se cumplían siete años de su anterior visita al festival y de su espectacular actuación de entonces y, como no podía ser menos, volvió a derrochar toneladas de esa clase que se le va cayendo a cada paso. Sonó todo a la perfección, como si estuviésemos escuchando sus discos en el salón de casa. Rocanroleó, nos hizo bailar con “Ring Of Fire”, se puso melancólico con “Somebody’s Crying” y ” Blue Hotel”, derritió los cascotes polares con la majestuosa “Wicked Game”, y se erigió en padrino del soul, homenajeando a James Brown con “I’ll Go Crazy”. Incluso cantó en castellano durante un miniset acústico de aires fronterizos, completado con la evocadora “Blue Spanish Sky”. Mención especial para los dos trajes que lució para la ocasión, solamente aptos para encajar en la percha de este romántico empedernido.

“Wild Flower” y “Rain” dieron una pista de cómo se iba a desarrollar la nueva aparición de The Cult en tierras vitorianas. Ian Astbury se dejó la voz sin necesidad de recurrir a tantos aspavientos como antaño, y la guitarra de Billy Duffy bramó como en sus mejores tiempos. Nos colaron alguna canción prescindible de su época más reciente, que terminó sepultada bajo el peso de himnos imperecederos como “She Sells Sanctuary” o “Love Removal Machine”, con la que concluyeron una actuación que se hizo corta. Nos quedamos con ganas de un bis que nunca llegó, a pesar de que tienen material suficiente como para otro concierto del mismo nivel.

Punto final al ARF de este año, la edición de sonido mejorado y de los eskerrik asko con los que dieron las gracias la mayoría de los artistas. Esperando ya el sweet seventeen.