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Enfrentarse a construir una novela gráfica sobre la Familia Carter se me antojaba, antes de leer este volumen, algo directamente imposible. Solo hay que visualizar el árbol genealógico de los Carter que encontramos en las primeras páginas de esta rocosa y fascinante obra. Por ello, y ante el resultado, no es de extrañar que estemos hablando de una obra acumuladora de premios.

Disculpen, pero en un acto de ombliguismo tomaré prestado un texto incluido en mi libro “Guía del Country Rock” (Ma Non Troppo) para definir a la familia Carter. “Pocas dudas habría a la hora de nombrar al grupo más influyente de la música country. El hipotético trofeo se lo llevaría The Carter Family por unanimidad. Introdujeron el hillbilly al folk pausado, creando estilo, convirtieron las armonías vocales en parte esencial de la música tradicional y modificaron la manera de tocar la guitarra dando forma a lo que se conoció como “Carter picking” por no hablar de un tipo de afinación que se convertiría en básica para el bluegrass, y junto a Jimmie Rodgers modernizaron un género que corría el peligro de caer en el hastío. Integrado originalmente por Alvin P. Carter, su esposa Sara y su cuñada Maybelle. Es difícil decir si el country existiría o no si no hubiera existido primero una familia Carter pero lo que es seguro es que no sería lo mismo”.

Una vez colocado el personal pasemos a la obra. Magnífica, sin duda. Los autores toman, como no podía ser de otra manera, la figura de Alvin Pleasant (A.P.) Carter como punto de referencia para todo el relato. Necesitaban un guía espiritual para ir descubriendo a toda la familia y A.P. cumple a la perfección con ese papel. Gracias a él vanos conociendo a Sara, su mujer, o a la prima de esta, Maybelle, y a sus tres hijas, Helen, Anita y June, a la postre mujer de Johnny Cash. Pero lo mejor de esta fascinante obra es que no nos limitamos a conocer los recovecos de una familia básica para entender el desarrollo de la cultura en Norteamérica, sino que aprovechamos su historia para descubrir también las primeras compañías de discos, las primeras formas de grabar música, las primeras relaciones entre grupos y locutores de radio y, en definitiva, el nacimiento de un negocio que hoy mueve miles de millones de dólares.

Con un dibujo magistral, no por su pericia técnica, sino por su adecuación a lo que quiere transmitir en una época que desde la primera de las viñetas entendemos como lejana. Por eso no es de extrañar que se haya comparado este volumen con tótems del comic yanqui como Robert Crumb o Frank King y su “Gasoline Alley”. No es exagerado, sino tan merecido como adecuado. Un diez.

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